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jueves, 3 de enero de 2013

at dusk niley- capitulo 58


Dana  apretó  el  gatillo  y  envió  un  fuerte  chorro  de  agua  hacia  los
profesores. El señor Yee y el profesor Iwerebon retrocedieron de inmediato
gritando de dolor como si los hubieran rociado con ácido.
—¡Así se hace! —aulló Kate.
Sin  embargo,  cuando Dana volvió a disparar,  el  siguiente  chorro no
alcanzó  su  destino.  El  aire  estaba  caldeándose  tanto  que  el  agua  se
evaporaba al instante.
Las  vigas  de  madera  del  techo  crujieron  de  manera  alarmante.  El
profesor  Iwerebon seguía  gritando  de dolor  y el  señor  Watanabe  tosía
profusamente  por  culpa  del  humo.  Las  tablas  del  suelo  estaban
empezando  a  calentarse.  Dejé  de  preguntarme  qué  bando  caería  y
empecé a cuestionarme si no lo haríamos todos.
—¡Salgo! —grité—. ¡Voy a salir!
—¡No, Miley! —La luz  que desprendía el  fuego bañaba el  rostro de
Nick de rojo y dorado—. ¡No puedes irte!
—Si no me voy, moriréis. Todos. No puedo permitirlo.
Nuestras miradas se encontraron.  Jamás había imaginado cómo sería
tener que despedirse de Nick, pues dicha despedida me habría parecido
imposible.  No  solo  formaba  parte  de  mi  vida,  formaba  parte  de  mí.
Separarme  de  él  era  como  cortarme  una  mano  y  tener  que  serrar
tendones  y  huesos:  sangriento,  desgarrador,  aterrador.  Sin  embargo,
habría hecho cualquier cosa por Nick y eso significaba que incluso podía
hacer aquello.
—No —murmuró  Nick.  Su  voz  apenas  era  audible  por  encima  del
rugido de las llamas. Los miembros de la Cruz Negra estaban reuniéndose
en el centro de la sala para defenderse—. Tiene que haber otro modo.
Negué con la cabeza.
—No, no lo hay. Lo sabes igual que yo. Nick, lo siento, lo siento mucho.
Nick dio un paso hacia mí y estuve tentada de echarme en sus brazos
y volver a abrazarlo al menos una última vez. Sin embargo, sabía que si lo
hacía no podría irme nunca. Tenía que ser fuerte, por el bien de ambos.
—Te quiero —dije, antes de dar media vuelta y salir corriendo hacia mis
padres.
La mano de mi padre se cerró sobre mi brazo al tiempo que mi madre y
él tiraban de mí hacia fuera. La puerta se cerró detrás de nosotros.
—¡Miley! —Mi madre me abrazó con fuerza y comprendí que lloraba.
Su cuerpo se agitaba con cada sollozo—. Mi niña, mi niña, creíamos que no
volveríamos a verte.
—Lo siento. —Yo también la abracé, sin soltar la mano de mi padre, cuya
cara magullada y ojos oscuros veía por encima del hombro de mi madre.
En vez de la furia o el rencor que hubiera esperado, solo descubrí alivio en
su mirada—. Os quiero mucho a los dos.
—Cariño, ¿estás bien? —preguntó mi padre.
—Estoy bien, lo prometo. Dejadles ir, por favor. Hacedlo por mí. Dejadles
ir.
Mis padres asintieron con la cabeza y si a Balthazar no le pareció bien,
al  menos  no  lo  expresó  en  voz  alta.  Nos  dirigimos  hacia  las  puertas
delanteras del centro cívico. El humo denso que escapaba por el tejado se
alzaba en una gruesa y oscura columna ensortijada. Una transeúnte ya se
había puesto a gritarle al teléfono móvil  desde el coche, aparcado en la
calle de enfrente. Los bomberos no tardarían en aparecer.
Los tres subimos a la acera todavía abrazados. Balthazar nos seguía
muy de cerca. La señora Bethany se dirigió a nosotros sin perder tiempo,
con sus largas faldas agitándose tras ella.
—¿Qué están haciendo? —preguntó—.  ¡Vigilen la retaguardia! ¡No les
dejen salir!
—¡No! —grité—. No puede hacer eso. ¡No puede matarlos!
—Es lo que ellos harían con nosotros —replicó la señora Bethany con
voz áspera. Sus labios esbozaron una sonrisa forzada.
—No, déjeles irse —dijo mi madre, respirando hondo.
Mi padre la miró un segundo, pero no puso objeciones; se limitó a no
soltarme la mano.
—Ya me han oído. —La señora Bethany se acercó a nosotros y clavó sus
ojos oscuros en mí como lo haría un halcón antes de lanzarse en picado
sobre su presa—. ¿Acaso cuestionan mi autoridad? ¡Soy la directora de
Medianoche!
Fue Balthazar quien contestó, cargando el arco con toda naturalidad, de
modo  que  acabó  apuntando  directamente  a  la  señora  Bethany.  No la
estaba amenazando de manera explícita, pero estaba claro que no iba a
echarse atrás. Al tiempo que la señora Bethany se erguía de un respingo,
conmocionada, Balthazar dijo, alargando las palabras:
—Ahora no hay clases.
La señora Bethany frunció el ceño, pero no dijo nada; ni siquiera hizo
intención de moverse cuando oímos la furgoneta en la  parte de atrás,
señal inequívoca de que los miembros de la Cruz Negra escapaban. Cerré
los ojos  con fuerza  y deseé oír  las  sirenas  de los bomberos para que
ahogaran las pisadas de Nick alejándose de mí para siempre.
—Sus padres dicen que la secuestraron.
La señora Bethany estaba sentada detrás del escritorio de su despacho,
el de la cochera de Medianoche. Yo había tomado asiento delante de ella,
en una incómoda silla de madera. Llevaba la ropa arrugada y manchada
de hollín.  Estaba helada hasta los  huesos,  extenuada,  y tenía  hambre,
tanto de algo sólido como de sangre. Los últimos rayos de luz anaranjados
se colaban a través de los  cristales.  No habían  pasado ni  veinticuatro
horas desde que mi mundo se había desmoronado y la verdad acerca de
Nick  había  salido  a  la  luz.  Sin  embargo,  tenía  la  sensación  de  que
hubieran pasado siglos.
—Exacto —contesté, sin convicción—. Nick me obligó a irme con él.
Sentada en su silla, la señora Bethany hacía correr el relicario de oro de
un lado a otro de la cadena una y otra vez, adelante y atrás, por lo que
tenía el débil ruidito metálico metido en los oídos. A diferencia de mí, ella
tenía un aspecto impecable, incluso el encaje de volantes del cuello seguía
almidonado, aunque olía a humo y no a lavanda.
—Es curioso que no supiera defenderse. Después de todo, es usted un
vampiro.
«¿Lo soy?». Ya ni siquiera estaba segura de eso.
—Es un miembro de la  Cruz  Negra  —contesté—.  Y tiene  alguno  de
nuestros poderes. Pudo con mi padre y con Balthazar a la vez. ¿Qué iba a
hacer?
—Veo que ya ha aprendido a contestar preguntas comprometidas con
otra pregunta. —La señora Bethany soltó un hondo suspiro y, por primera
vez, vi un atisbo de humor sombrío en su mirada—. Ya veo que ha dejado
de ser la pusilánime de siempre. Al menos este año ha aprendido algo.
Recordé  lo  que  Nick  me había  dicho  la  noche  anterior:  la  señora
Bethany había cambiado unas normas de cientos de años de antigüedad
para admitir  alumnos humanos en Medianoche. El no había conseguido
descubrir por qué y yo no sabía por dónde empezar. Mientras la miraba,
solo podía pensar en que era más vieja, más fuerte y más taimada de lo
que nunca había imaginado.  Sin embargo,  ya no le tenía miedo porque
sabía que incluso la señora Bethany era vulnerable.
Si había permitido la entrada de alumnos humanos en Medianoche era
porque necesitaba algo, desesperadamente, y eso significaba que tenía
una debilidad, lo que la igualaba a los demás. Consciente de ello, ahora
podía mirarla a la cara.
Me levanté de la silla sin pedir permiso para irme.
—Buenas noches, señora Bethany.
Sus  ojos  oscuros  lanzaron  un  brillo  peligroso,  pero  se  limitó  a
despedirme con un gesto de la mano.
—Buenas noches.
Esa noche, mis padres me mimaron como no lo habían hecho desde que
era niña:  me buscaron unos calcetines  que abrigaran, unas almohadas
bien  mullidas  y me calentaron un vaso  de sangre en el  microondas a
temperatura corporal. No tuve que preguntarles si de verdad creían que
Nick me había secuestrado, habría sido un insulto para su inteligencia.
Sabía  que  no  lo  entendían;  cualquier  simpatía  que  Nick  pudiera
despertarles  quedaba aniquilada por  el  odio que sentían  hacia la  Cruz
Negra.  Sin  embargo,  aunque  no  compartieran  mis  decisiones,  me
perdonaron y eso fue más que suficiente para recordarme lo mucho que
me querían. Incluso se apoltronaron en la cama, uno a cada lado, mientras
Rosemary Clooney daba vueltas en el tocadiscos de la otra habitación, y
me contaron viejas historias sobre qué aspecto tenían los campos de trigo
de Inglaterra,  historias  amables ajenas  a peligros,  historias  inmutables,
bellas.  Y siguieron hablando  largo rato  hasta  que el  dolor  se rindió  al
cansancio y al final, por fin, conseguí dormirme.
Esa noche volví a soñar con la tormenta, con el arbusto trepador que
encerraba a Medianoche en un cerco de zarzas y con las misteriosas flores
negras que florecían bajo mis manos. Incluso en el sueño era consciente
de que ya lo había visto antes. Había sido avisada de que las flores no
eran para mí incluso antes de conocer a Nick, y aun así, a pesar de las
espinas y de la tormenta, intenté cogerlas.
—Ya vuelves a soñar despierta.
Las palabras de Raquel me devolvieron a la realidad. Estábamos en el
lindar del bosque, donde empezaban los terrenos de la escuela, bajo los
brotes de las hojas nuevas y lozanas, tan suaves que se rizaban en los
bordes. No sé cuánto tiempo llevaba inmóvil, con la mano apoyada en una
rama. Raquel era una buena amiga, sabía cuándo necesitaba espacio y me
lo prestaba, y cuándo era el momento de devolverme a la tierra.
—Lo siento.  —Echamos a andar con paso relajado sin tomar ninguna
dirección en particular—. No sé en qué estaba pensando.
—Estabas  pensando  en  Nick.  —Raquel  no  se  dejaba  embaucar  así
como así—. Ya han pasado casi seis semanas, Miley. Tienes que olvidarlo
y lo sabes.
Raquel solo sabía lo que los alumnos como ella sabían: que Nick había
incumplido un montón de normas y  que se había  fugado  después  de
agredir a mi padre en su huida. Tal vez aquello encajara a la perfección en
su  amargada  visión  del  mundo  donde  los  secretos  solo  encubrían
violencia. Me había advertido acerca de Nick muchas veces. ¿Por qué no
iba a creer que se hubiera fugado? Sin embargo, jamás le oí nada que ni
siquiera se le pareciera a un «te lo dije». Raquel era demasiado buena
para eso.
Vic no se lo tomó tan bien. Nick era su mejor amigo en Medianoche y
ahora había un vacío en la vida de Vic que no estaba en mis manos poder
llenar. Le había intentado convencer como había podido de que Nick era
una  buena  persona  y  que  tenía  sus  motivos  para  irse,  sin  desvelarle
ningún secreto que hubiera podido ponerlo en peligro. Pensaba que Vic me
había creído, pero ya no sonreía tanto como antes, y no me habrían venido
nada mal algunas de sus sonrisas.
Los demás  vampiros,  tanto  alumnos como profesores,  sabían más  o
menos la verdad. Sabían que Nick era miembro de la Cruz Negra y que
ahora compartía parte de la fuerza y el poder de un vampiro gracias a mí.
Antes,  Courtney y sus  amigos se limitaban  a despreciarme; ahora  me
odiaban, simple y llanamente.
No obstante, y para mi sorpresa, el grupo de Courtney era una minoría.
Mis padres me habían perdonado, por descontado, y Balthazar culpaba a
Nick  de  todo,  por  lo  que  me  trataba  con  mayor  delicadeza  para
compensar la supuesta crueldad de Nick. No obstante, también recibí el
consuelo y el apoyo de otros: del profesor Iwerebon, quien había impartido
varias clases fuera del programa sobre la traicionera Cruz Negra mientras
gesticulaba con sus manos vendadas; o de Patrice, quien insistió en que
no podía considerarse responsable a ninguna chica por enamorarse por
primera  vez.  Supuse  que,  para  ellos,  enfrentarme  a  la  Cruz  Negra
significaba estar aún más de su lado. Un vampiro más puro que antes.
Yo era la  única que sabía  toda la verdad sobre Nick:  quién era en
realidad y qué sentíamos el uno por el otro. Esa certeza era lo único que
me quedaba de él y tendría que acarrear con ella yo sola.
—Deberíamos volver adentro. —Raquel me dio un ligero codazo, que era
la máxima muestra de afecto que pudiera pedírsele. La pulsera de cuero
marrón  bailaba  de  nuevo  en  su  muñeca.  Le  había  dicho  que  había
aparecido en objetos perdidos—. Pronto llegará el correo.
—¿Esperas un paquete? —Los padres de Raquel la habían defraudado
en muchas ocasiones, pero al menos sabían cocinar—. Si va a haber más
galletas de avena...
Raquel se encogió de hombros.
—Será mejor que estés cuando abra la caja o me las zamparé en un
abrir y cerrar de ojos.
—Aprende a controlarte un poco, anda.
Sentí  que  una  sonrisa  intentaba  dibujarse  en  mi  cara  cuando
empezamos a atravesar los jardines. Por primera vez era capaz de pasar
junto al cenador sin esperar ver a Nick en cualquier momento.
—Conocerse  a  sí  mismo  es  mejor  que  controlarse,  en  eso  no  hay
discusión —afirmó Raquel—, y me conozco lo suficiente para saber cómo
me comporto cuando se trata de galletas.
Entramos  en  el  gran  vestíbulo  cuando  los  primeros  paquetes  con
envoltorio de papel marrón y sobres de FedEx empezaban a viajar entre
los presentes. Tal como había dado a entender, Raquel  recibió una caja
enorme y ambas nos dirigimos a la escalera que subía hasta su habitación
para dar cuenta de las galletas. Sin embargo, no había acabado de poner
el pie en el primer peldaño cuando alguien me tiró del brazo.
—¿Miley? —Vic se retiró el flequillo rubio hacia atrás para apartárselo
de la cara y sonrió indeciso—. Eh, ¿podemos hablar un segundo?
—Claro, ¿qué pasa?
Parecía nervioso e incómodo.
—Esto... ¿A solas?
Recé para que a Vic no se le hubiera pasado por la cabeza la peregrina
idea de pedirme salir de rebote.
—Vale,  de acuerdo.  —Me encogí  de hombros y me dirigí  a Raquel—.
Será mejor que queden galletas cuando vuelva.
—No prometo nada.
Subió corriendo la escalera sin mí y decidí tardar lo menos posible.
Vic me llevó al otro extremo del salón, cerca de la única ventana de
cristal transparente, la que había roto Nick y, mucho tiempo atrás, otro
miembro de la Cruz Negra. En vez de sus habituales andares desgarbados,
Vic estaba tenso y un poco raro. Bueno, más raro de lo habitual.
—Oye, ¿estás bien? —le pregunté.
—¿Yo? Sí,  claro.  —Miró a su alrededor,  se convenció de que por  fin
estábamos  solos  y  luego  sonrió—.  Y  tú  vas  a  estar  muchísimo  mejor
gracias a algo que he encontrado en mi paquete.
—¿A qué te refieres...?
Fui quedándome sin voz cuando Vic me deslizó algo en el bolsillo de la
chaqueta.
«Día de entrega de correo. Nick debió de suponer que comprobarían
las cartas que yo recibiera, pero no las de Vic.  Si Nick quisiera llegar
hasta mí, es así cómo lo haría.»
Puse  una  mano  sobre  el  bolsillo,  que  ahora  abultaba  con  un  sobre
grueso y acolchado. Vic asintió rápidamente.
—Vale, pues sí, entonces así está bien. Me alegro de que nos hayamos
entendido. ¡Nos vemos!
Respiré hondo mientras lo veía alejarse a grandes zancadas. Creí que se
me iba  a  salir  el  corazón  del  pecho,  pero  subí  la  escalera  con  toda
tranquilidad hasta llegar a los alojamientos de mis padres. No había nadie,
seguramente estarían abajo, corrigiendo trabajos y preparando los finales.
Entré en mi habitación, cerré la puerta y, tras un momento de vacilación,
bajé la persiana para que ni siquiera la gárgola pudiera verme. Luego, abrí
el sobre con dedos temblorosos.
Dentro había una cajita blanca. Al abrirla, algo oscuro cayó en mi mano
extendida: mi broche. Las flores negras lanzaron un destello en mi palma,
tan perfectas y hermosas como siempre.
«Lo prometió. Nick prometió que lo recuperaría para mí, y lo ha hecho.
Ha cumplido su palabra.»
Por un momento no pude pensar en nada más que en el broche. Deseé
prendérmelo en la camisa de inmediato, donde siempre lo llevaba, pero
donde ya no podría hacerlo nunca más. Demasiada gente sabía que había
sido un regalo de Nick, y si alguien descubría que él y yo seguíamos en
contacto, la señora Bethany y sus acólitos lo utilizarían para ir tras él. No,
tenía que esconderlo por  el bien de Nick,  tenía que guardarlo a buen
recaudo.
Puede  que  nunca  más  volviera  a  tener  nada  de  él,  pero  al  menos
contaba con aquello para recordarme algo que nadie más comprendería:
que Nick y yo nos queríamos de verdad y que siempre lo haríamos.
Envolví el broche con sumo cuidado en una de mis bufandas y la metí
en el fondo de un cajón del tocador.  Estaba a punto de arrojar el sobre
para ocultar las pruebas, cuando descubrí que dentro había algo más: una
postal.  Era una de esas postales  caras  que venden en los  museos, de
papel blanco, grueso y satinado, con una ilustración en el frente:  El beso
de Klimt. Levanté la vista para ver el póster idéntico colgado junto a mi
cama, la misma lámina que él había contemplando mientras estuvo allí,
compartiendo risas, conversaciones y besos durante esos breves meses
que pasamos juntos.  Con reverencia,  giré la  postal  y leí  lo  que había
escrito:
Miley,  he de ser  breve.  Tienes  que destruir  esta postal  en cuanto
acabes de leerla porque sería peligroso para ti que la señora Bethany la
descubriera. Sé que si me extendiera demasiado, te aferrarías a ella para
siempre, por peligroso que fuera.
No pude por menos que sonreír. Nick me conocía a fondo.
Estoy bien, igual que mi madre y mis amigos, y todo gracias a ti. Fuiste
más fuerte de lo que yo podría haberlo sido ese día. Yo no habría tenido el
valor de despedirme de ti.
Y tampoco pienso hacerlo ahora.
Volveremos a estar juntos, Miley. No se dónde, ni cuándo, ni cómo,
pero lo sé. No podría ser de otro modo.
Necesito que lo creas. Porque creo en ti.
—Lo creo, Nick —murmuré.
Habíamos vuelto a encontrarnos, y lo  único que tenía que hacer era
aguantar  hasta  que  llegara  ese  momento.  Algún  día,  Nick  y  yo
encontraríamos el modo de volver a estar juntos.
Fin

at dusk niley- capitulo 57



Nick nunca había mencionado que tuviera un padrastro. Por lo visto no 
le entusiasmaba la idea de tener que considerarlo un miembro más de la
familia. La sonrisa de Nick era poco convincente.
—Tuve que sacar a Miley de allí. Sé que me he saltado el protocolo al
hablarle de la Cruz Negra, pero confío en ella.
—Espero  que  Nick  no  se  haya  equivocado  contigo,  Miley  —dijo
Eduardo,  entrecerrando  los  ojos  y  clavándolos  en  mí  antes  de  mirar
fijamente a Nick. La amenaza era clara: por mi bien, más me valía que 
Nick tuviera razón. Desvelar secretos no era algo que esa organización
se tomara a la ligera, sobre todo Eduardo y Kate, quienes parecían ser los
cabecillas—. Si queremos ponernos en marcha, tendremos que acelerar
las explicaciones.
Todo el mundo empezó a bombardear a Nick con preguntas sobre la
huida intempestiva. A pesar de ser consciente de que yo también debía
responder a sus cuestiones, aunque solo fuera para ayudar a Nick con la
historia  que tendría que inventarse, algo me impedía concentrarme. Mi
vida  estaba  cambiando  en  cuestión  de  segundos  y  me alejaba  a  tal
velocidad de lo que había sido mi mundo hasta entonces que sentía una
especie de bloqueo. Aunque no solo por eso. También percibía una especie
de zumbido sordo del que era incapaz de establecer su procedencia; era
como si el suelo vibrara suavemente. A pesar de que casi llevaba un día
entero sin comer,  tenía el estómago revuelto.  En ese lugar ocurría algo,
algo muy extraño.
Entonces, al mirar a un lado vi una silueta que se dibujaba en el yeso,
más clara que el resto de la pared, donde durante años hubo colgado algo
que había impedido el paso de la luz. Una cruz.
Demasiado tarde comprendí que no nos encontrábamos en un simple
centro cívico abandonado. Siglos atrás, muchos de esos edificios también
habían  servido  para  otras  funciones.  Durante  la  semana  eran  lugares
donde la comunidad se congregaba para debatir sus problemas, donde se
interpretaban obras  de teatro o incluso  se celebraban  juicios;  pero los
domingos esos edificios se convertían en iglesias.
Una iglesia...  ¡qué horror!  Los vampiros no ardían al  tocar una cruz,
como tanto les gustaba proclamar en las películas de terror, pero eso no
significaba que se lo pasaran bien en las iglesias. Estaba un poco mareada
y aparté la vista de la forma en cruz.
—¿Miley?  —Los  dedos  de Nick  me acariciaron la  mejilla—.  ¿Estás
bien?
—No puedo quedarme aquí. ¿No hay otro sitio al que podamos ir?
—No puedes irte  ahora,  no es seguro.  —Para mi sorpresa,  fue  Dana 
quien respondió—. Olvida a esos cabrones de Medianoche. La mala noticia
ha llegado a la ciudad y ya tenemos suficientes problemas con ella.
Debería haber preguntado qué era esa «mala noticia», o podría haber
fingido que conocía  un lugar  seguro al  que ir,  cualquier  cosa,  pero el
zumbido que tenía metido en la cabeza era cada vez más intenso...  La
tierra consagrada me ordenaba que me fuera. Lo que estaba sintiendo
apenas  podía  empezar  a  compararse  con  lo  que  mis  padres
experimentaban  en  las  iglesias,  pero  era  suficiente  para  aturdirme y
debilitarme.
—¿Y si vuelvo al motel? No hemos devuelto la llave.
—¿Un motel? Madre de Dios. —El señor Watanabe parecía escandalizado
—. Hoy en día crecen muy deprisa.
—Tendríamos que llevar a Miley a un lugar seguro. —El duro tono de
Kate  convertía  una  mera  sugerencia  en  una  orden—.  Debemos
concentrarnos y sospecho que Nick no podrá mientras ella esté aquí.
—Estoy bien. —Era evidente que Nick había recibido el comentario de
Kate como una crítica—. Miley me ayuda a pensar con claridad. Estoy
mejor cuando estoy con ella.
El señor Watanabe lo miró con una amplia sonrisa y yo lo habría imitado
si no me hubiera superado la necesidad de salir de allí cuanto antes.
—No pasa nada —aseguré—. Puedes venir a buscarme después. Debería
volver al motel.
Eduardo negó con la cabeza.
—Los vampiros podrían haberos seguido hasta allí. Deberíamos llevarte 
a un lugar seguro. ¿Qué me dices de tu casa?
La  sola  idea  me  cortó  la  respiración.  Mi  hogar  —mis  padres,  mi 
telescopio, mi póster de Klimt, los discos antiguos e incluso la gárgola—
me parecía el lugar más seguro del mundo y el más alejado de todos.
Pocas veces me había sentido tan sola.
—No puedo volver allí.
—Si te preocupa lo que vas a decir, podemos ayudarte —insistió Kate, 
poco dispuesta a dar su brazo a torcer—. Solo tenemos que llevarte con tu
familia. ¿Dónde están tus padres?
La puerta trasera se abrió de golpe y dio paso a la luz y el aire frío de la
calle, que se colaron en la sala. Di un respingo, pero fui la única. Todos los
miembros de la Cruz Negra, Nick incluido, se pusieron inmediatamente
en guardia, empuñando sus armas, para enfrentarse a los enemigos que
habían aparecido en la puerta. Los vampiros.
Mis padres iban al frente.
B ianca! —gritaron al unísono mi padre y Nick.
Ambos trataban de advertirme sobre el otro y me sentí como si estuviera
dividida en dos. Los demás también empezaron a gritar; sus palabras se
solapaban y el zumbido de mi cerebro mezclado con el pánico me impidió
distinguir sus voces individualmente.
—¡Suéltala!
—¡Largo de aquí!
—Atrás o moriréis. No lo repito.
—Si le haces daño...
—Miley. ¡Miley! —gritó mi madre.
Me  concentré  exclusivamente  en  ella.  Estaba  en  la  entrada,
tendiéndome la mano. La luz de la mañana irisaba su cabello acaramelado
haciendo que pareciera rodeada por un halo.
—Ven aquí, vida mía. —Abrió tanto la mano que se le tensaron todos los
músculos y tendones, tanto que tenía que dolerle—. Ven.
—Ella no va a ninguna parte. —Kate dio un paso al frente y se interpuso
entre nosotras, con las manos en jarras. Había dejado uno de sus dedos
sobre la empuñadura del cuchillo que llevaba en el cinturón—. Se acabó lo
de seguir engañando a esta niña. De hecho, se acabó todo, punto.
—Tenéis diez segundos —les advirtió mi padre con voz ronca.
—¿Diez  segundos  para  qué?  ¿Para  que  tomes  la  casa  por  asalto  y
acabes con todos nosotros? —Kate extendió los brazos en un gesto que
abarcaba toda la sala, incluyendo la silueta desdibujada de la cruz en la
pared—. Eres más débil en la casa de Dios. Lo sabes tan bien como yo, así
que adelante, entra, pónnoslo fácil.
A mi alrededor,  todos los miembros de la  Cruz Negra iban armados.
Eduardo empuñaba un cuchillo enorme y Dana blandía un hacha como si
estuviera  acostumbrada  a  usarla.  Incluso  el  pequeño  señor  Watanabe
sostenía una estaca. ¿Cómo era posible que unas personas tan agradables
pudieran  transformarse  en  un  instante  en  los  asesinos  de  mis  seres
queridos? Vi  el perfil de Balthazar en la puerta, detrás de mis padres. Él
había  aceptado  mi  rechazo  con  resignación,  había  seguido  siendo  mi
amigo e incluso había arriesgado su vida para protegerme. Se merecía
algo mejor que aquello. Igual que Nick. A pesar de lo claro que lo veía,
parecía invisible para los demás.
—No entraremos nosotros. —Torció el gesto en una extraña sonrisa; la
nariz rota cambiaba su aspecto—. Seréis vosotros los que saldréis.
—Cuidado.
Nick me puso una mano en el brazo, aunque no se había dirigido a mí.
¿Qué habría visto?
Acto  seguido,  Balthazar  se  descolgó  un  arco  del  hombro  con
movimientos precisos y apuntó con él, dándole el tiempo justo a mi madre
para encender la punta de la saeta con un mechero plateado antes de que
la flecha incendiaria saliera disparada y cruzara la habitación, una centella
de luz y calor, para alcanzar la pared, que se prendió de inmediato.
Fuego. Una de las pocas cosas que podía acabar con nosotros, una de
las  pocas  cosas  que  todos  temíamos.  Sin  embargo,  Balthazar  siguió
disparando  una  flecha  tras  otra  al  interior  de  la  iglesia,  sin  apuntar
directamente ni a nadie ni a nada en concreto, con la única intención de
prenderle  fuego  al  lugar,  mientras  los  miembros  de  la  Cruz  Negra  se
agachaban e intentaban esquivarlas. Mi madre no se movió de su lado,
creando la salva de fuego con su encendedor sin vacilar un solo instante.
Uno de los proyectiles hizo añicos la lámpara de lo alto y envió esquirlas
de  cristal  en  todas  direcciones;  la  punta  ardiendo  se  hundió
profundamente en el techo.  A nuestro alrededor, la vieja y seca madera
del centro cívico prendió de inmediato y el fuego empezó a extenderse. El
humo, denso y oscuro, había comenzado a oscurecerlo todo.
—¡Corred!  —gritó  Kate,  volviéndose  hacia  las  amplias  puertas
delanteras, que el señor Watanabe ya estaba abriendo.
Sin embargo, alguien más los esperaba cuando acabaron de abrirlas: la
señora  Bethany,  el  profesor  Iwerebon,  el  señor  Yee  y  unos  cuantos
profesores más  formaban una hilera  sombría e imponente. Ninguno de
ellos iba armado, aunque tampoco necesitaban de sus armas para que la
amenaza fuera evidente.
—¡Esperad! —Dana se desprendió del hacha y cogió lo que parecía ser
una enorme pistola de agua—. ¡Vamos a darles una buena ducha a esos
cabrones!
—¿Agua bendita? —oí decir a la señora Bethany por encima del rugido
de las llamas. No pude verla con claridad, sobre todo porque me escocían
los ojos con tanto humo, pero imaginé sin esfuerzo el gesto irónico que
debía de lucir su rostro—. No vale la pena. Podríais hundirnos en las pilas
de todas las iglesias de la cristiandad y aun así no funcionaría.
—Apenas  quedan  curas  que  puedan  bendecir  el  agua  —convino
Eduardo. Por el tono de su voz parecía estar divirtiéndose y eso era algo
bastante perturbador—. La mayoría de los predicadores de la fe que sea
no son verdaderos siervos de Dios, pero los hay... Como estáis a punto de
comprobar.