sábado, 2 de junio de 2012

at dusk niley- capitulo 24


Cuando Balthazar dijo «adecuada» no se refería a los más ricos o a los
más populares, se refería a los que realmente valía la pena conocer. Hasta
el momento, el único de los alumnos típicamente de allí que pudiera valer
la pena conocer era el propio Balthazar, así que pensé que tampoco lo
estaba haciendo tan mal.
—No creo que Medianoche sea adecuada para nadie —le confesé—. Al
menos seguro que para mí no. Sé que cumple con su cometido, pero te
aseguro  que  cuando  acaben  las  clases  seré  la  persona  más  feliz  del
mundo.
—Yo también, pero no por la misma razón. —Balthazar caminaba a mi
lado con paso lento, midiendo su larga zancada con cuidado para que yo
no me quedara atrás. A veces me sorprendía lo grande que era, alto y
fornido, de constitución fuerte, y sentía un extraño y pequeño hormigueo
en el estómago—. Gracias a Medianoche, tengo la sensación de que puedo
llegar  a comprender  el  mundo, a manejarme en él  sin  problemas. Las
materias nuevas que estudio, todo lo que aprendo... Es como si estuviera
impaciente por salir ahí fuera para probarlo por mi cuenta.
Su  entusiasmo  no  bastaba  para  conseguir  reconciliarme  con  la
academia, pero me hizo sonreír por primera vez en lo que ya me parecían
siglos.
—Bueno, al menos uno de los dos es feliz.
—Espero que ambos lo seamos dentro de poco —contestó Balthazar, en 
voz baja.
Tenía  sus  ojos  negros  clavados  en  mí  y  volví  a  sentir  el  cálido 
hormigueo.
Habíamos llegado al  pasadizo abovedado que conducía al  ala de los 
dormitorios de las chicas, y Balthazar se detuvo justo en la frontera. Era
fácil  imaginárselo en el  siglo  XIX,  con sus  finos  modales.  Una sonrisa
asomó a mis labios al pensar en él haciendo una reverencia.
Balthazar parecía a punto de decir algo, pero en ese momento apareció
Patrice, quien por lo visto ya había acabado de estudiar.
—Ah, Miley,  estás  aquí.  —Entrelazó  su  brazo  con  el  mío con  toda
naturalidad, como si  fuéramos amigas íntimas—. Tienes que explicarme
los deberes que nos han puesto en Tecnología moderna, no entiendo nada.
—Esto... De acuerdo. —Volví la vista atrás mientras me arrastraban por
el  pasillo y  le  dije  adiós  con la  mano a Balthazar,  quien  parecía  más
divertido que molesto—. Estábamos hablando —le susurré a Patrice.
—Ya me he dado cuenta —respondió del mismo modo—. Así se quedará
con las ganas de seguir hablando contigo y, cuantas más ganas tenga,
antes irá a buscarte.
—¿De verdad?
—Te lo digo por experiencia.  Además,  no es broma, necesito que me 
ayudes con los deberes.

No era la primera vez que tenía que auxiliar a Patrice en esa asignatura
en concreto, ni la última que me preguntaba por qué me molestaba en
decir que sí a todo.
—Ningún problema —contesté en un suspiro.
Patrice rió tontamente y por un momento casi me pareció una cría.
—Si te interesa mi opinión, Balthazar es el hombre más atractivo de la 
escuela. No es que sea mi tipo precisamente, pero ¿has visto qué espalda?
¿Y esos ojos oscuros? Te lo has montado bien.
—Solo  somos  amigos  —protesté,  mientras  regresábamos  a  nuestro
cuarto.
—Solo amigos, ya —dijo Patrice, con ojillos traviesos—. Me pregunto si
Courtney estaría de acuerdo.
Levanté las manos para intentar cortar esa conversación antes de que
se volviera más incómoda de lo que ya era.
—No le digas nada a Courtney de esto, ¿vale? No quiero problemas.
Patrice enarcó una ceja.
—¿Que no le hable de qué? Creía que me habías dicho que no había 
nada que contar.
—Si quieres que te  ayude con los deberes,  será mejor que dejes el 
tema. Ya.
Ligeramente ofendida, Patrice se encogió de hombros.
—Como quieras. Yo en tu lugar estaría encantada de atraer la atención 
de un tipo como Balthazar, pero, de acuerdo, hablemos de los deberes en
su lugar.
Para ser sincera, me halagaba gustarle a Balthazar. No tenía demasiado
claro  que  él  quisiera  ser  otra  cosa  más  que  amigos,  pero  estaba
convencida de que a veces tonteaba conmigo. Después del desastre con
Nick,  sentaba muy bien  que alguien  coqueteara conmigo como si  de
verdad fuera guapa y fascinante en vez de la chica tímida y patosa del
rincón.
Balthazar era amable, inteligente y tenía un sentido del humor muy fino.
Le caía bien a todo el mundo, seguramente porque todo el mundo parecía
caerle bien a él. Incluso Raquel, quien detestaba a prácticamente todos los
alumnos «legítimos», lo saludaba por los pasillos y él siempre respondía.
No era ni un pedante ni se comportaba de manera fría y distante. Además
de ser irresistible.
En definitiva: era todo lo que una chica podía pedir. Pero no era Nick.
En  mi  antiguo  colegio,  los  profesores  siempre  decoraban  las  aulas
cuando llegaba Halloween. Se colocaban calabazas de plástico naranja en 

las ventanas para llenarlas de caramelos y barritas de chocolate, y las
brujas de papel volaban por todas las paredes. El año pasado, la directora
había colgado luces de colores en el marco de la puerta de su despacho,
en la que también había un cartel que decía en letras verdes de caligrafía
irregular: ¡Uh! Siempre me había parecido una horterada y jamás se me
habría pasado por la cabeza que algún día lo echaría de menos.
No se colgaban adornos en Medianoche.
—Igual creen que las gárgolas ya dan bastante miedo —sugirió Raquel 
mientras comíamos en su dormitorio.
Recordé la que había al otro lado de la ventana de mi habitación y traté 
de imaginarla envuelta en lucecitas de colores.
—Sí, ya sé a qué te refieres. Cuando la escuela ya es una mazmorra 
espantosa, húmeda y oscura de por sí, sobran los adornos de Halloween.
—Qué lástima que no podamos montar una casa encantada. Para los 
niños pequeños de Riverton,  digo.  Podríamos adornarla  para que diera
mucho miedo y disfrazarnos de demonios un fin de semana. Algunos de
estos capullos ni siquiera tendrían que esforzarse demasiado.  Podríamos
recaudar dinero para la escuela.
—No creo que la Academia Medianoche ande escasa de fondos.
—Vale, tienes razón —admitió—, pero tal vez podríamos recaudar dinero 
para la  beneficencia.  Como un teléfono de ayuda, o un teléfono de la
esperanza  o algo  así.  Supongo que a la  gente de aquí  le  importa  un
pimiento  la  beneficencia,  pero  tal  vez  lo  harían  para  ponerlo  en  sus
solicitudes  de  ingreso  universitarias.  Todavía  no  he  oído  mencionar  la
universidad a ninguna de ellas, seguramente porque esas estúpidas brujas
tendrán parientes en Harvard o en Yale, o en una de esas, pero de todos
modos tendrán que rellenar la solicitud, así que tal vez aprueben la idea,
¿no?
Veía pasar las imágenes a toda velocidad en mi cabeza: telarañas en las
escaleras,  las  risas  demoníacas  de  los  alumnos  rebotando  contra  las
paredes del vestíbulo principal e inocentes niños pequeños mirándolo todo
con ojos desorbitados por el terror mientras Courtney o Vidette agitaban
unas uñas largas y negras sobre sus cabezas.
—Aunque  ya  es  un  poco  tarde,  solo  quedan  dos  semanas  para
Halloween. Tal vez el año que viene.
—Si el año que viene vuelvo a estar aquí, por favor, pégame un tiro —
rezongó Raquel, dejándose caer en su cama—. Mis padres dicen que voy a
tener que aguantarme, que para eso me saqué una beca, para venir aquí,
y que si no ya sé lo que me toca: volver a mi antiguo instituto público con
sus detectores de metales y olvidarme de obtener una titulación. Pero es
que tengo este sitio atragantado.
Me rugieron las tripas. La ensalada de atún y las galletas saladas que
Raquel  y yo habíamos compartido  apenas  habían  conseguido matar  el 

hambre. Tendría que comer algo más en mi habitación, pero no quería que
Raquel se enterara.
—Seguro que la cosa mejora.
—¿Lo crees de verdad?
—No.
Nos miramos sin decir nada y de pronto estallamos en carcajadas.
A medida que las risas fueron apagándose, empecé a oír unos gritos, 
aunque alejados, al  otro lado del vestíbulo  principal.  Raquel  se alojaba
junto al pasadizo abovedado central que comunicaba los dormitorios de
las chicas con la zona de aulas, de donde me parecía que procedían los
gritos.
—Eh, ¿oyes eso?
—Sí. —Raquel se enderezó para prestar atención, apoyándose en los 
codos—. Creo que es una pelea.
—¿Una pelea?
—Confía  en una persona  que antes  iba  al  peor  instituto  público  de 
Boston. Reconozco una pelea cuando la oigo.
—Vamos.
Cogí la bolsa de los libros y me dirigí a la puerta, pero Raquel me agarró 
por la manga del jersey.
—¿Qué haces?  ¿No querrás  meterte en medio de una pelea?  —dijo, 
mirándome con los ojos abiertos como platos—. No te busques problemas.
Tenía  razón,  pero  no  la  escuché.  Si  había  una  pelea,  tenía  que 
asegurarme, por completo, de que Nick no estaba implicado.
—Quédate si quieres, yo voy.
Raquel me dejó ir.
Me dirigí a la carrera hacia el lugar del que procedían los gritos y ahora 
incluso chillidos.
—¡Acaba con él! —oí rugir a Courtney, como si estuviera disfrutando.
—¡Tíos, eh, tíos! —resonó la voz de Vic en el pasillo—. ¡Dejadlo ya!
Doblé la esquina con el corazón en un puño justo a tiempo de ver a 
Erich dándole un puñetazo en la cara a Nick.
Nick cayó de espaldas y quedó despatarrado en el suelo delante de 
todo el colegio. Los alumnos prototípicos de Medianoche se echaron a reír
y Courtney incluso aplaudió. Nick tenía los labios manchados de sangre,
que contrastaba fuertemente sobre su piel clara. Cuando me vio entre la
gente,  cerró los  ojos  con fuerza.  Quizá  la  vergüenza dolía  más que el
puñetazo.
—No vuelvas  a insultarme —le avisó  Erich,  levantando  las  manos y
mirándolas  como si  estuviera  satisfecho  de lo  que acababan de hacer. 

Tenía los nudillos manchados con la sangre de Nick—. O la próxima vez te
callaré la boca para siempre.
Nick se enderezó sin apartar la mirada de Erich y un extraño silencio
se instaló entre los presentes. Como si de repente todo fuera mucho más
serio  de lo  que parecía,  como si  la  pelea  no hubiera  hecho más  que
empezar.  Sin  embargo,  no  fue  miedo  lo  que  sentí,  sino  expectación.
Impaciencia. Deseo de venganza.
—La próxima vez te aseguro que acabará de otra manera.
—Sí, no lo dudo —contestó Erich,  con desenfado—, la próxima vez te 
dolerá de veras.
Erich se marchó a grandes zancadas, siendo considerado como un héroe 
por  Courtney  y  quienes  lo  siguieron.  Los  demás  se  apresuraron  a
desperdigarse antes de que apareciera algún profesor. Solo nos quedamos
Vic y yo.
Vic se arrodilló junto a Nick.
—Por cierto, menuda pinta, das pena.
—Gracias por la delicadeza.
Nick respiró hondo y soltó un gruñido. Vic le sirvió de apoyo y le ofreció 
un pañuelo de papel acolchado para que se limpiara la  sangre que le
goteaba de la nariz.
Yo no sabía qué decir, solo podía pensar en el aspecto lastimoso que
tenía Nick. Estaba claro que Erich había podido con él.
Desde el incidente en la pizzería, consideraba a Nick un tipo más duro
de lo que había creído en un principio, alguien que se metía en peleas a la
primera de cambio porque sí,  sin  motivo alguno.  Y ahora  acababa de
meterse en otra. ¿Acaso no demostraba eso que yo tenía razón? ¿O el
hecho de que se hubiera llevado la peor parte demostraba que, después
de todo, Nick no era el tipo duro que había imaginado?
—¿Estás bien? —le pregunté al fin.
—Sí, no pasa nada. —Nick ni siquiera me miró—. En realidad solo se 
necesitan un par de muelas, las demás son de recambio.
—¿Te ha saltado un diente? —preguntó Vic, palideciendo por momentos.
—Me baila uno, pero creo que aguantará. —Nick esperó unos segundos 
antes de dirigirse a mí—. Te dije que esto ocurriría tarde o temprano.
Me había  dicho  que algún día  sería  un marginado en Medianoche y 
estaba claro que ese día había llegado, pero ¿por qué intentaba dar a
entender que había sido él quien me había dejado por mi propio bien? Era
yo la que había roto nuestra relación.
—Lo importante es que estés bien —dije.
Volví  a  dejarlo,  esta  vez  despatarrado  en  el  suelo.  Tal  vez  así 
comprendería cuál de los dos estaba dejando a quién.




at dusk niley- capitulo 23


¿Por qué había empezado Nick a criticar a mis padres? La única vez
que nos había visto a todos juntos había sido en el cine y ellos se habían
mostrado cordiales y afectuosos. Nick había dicho que se guiaba por mi
patético intento de fuga del primer día de clase, pero no sabía si creerle. Si
tenía algún problema con mis padres, era obvio que se lo había inventado
él por alguna extraña y paranoica razón con la que yo no quería tener
nada que ver.
Posibles explicaciones acudieron a mi mente sin ser invitadas. Tal vez
había tenido una novia  antes de mí, por Europa, una chica elegante y
sofisticada que había viajado alrededor del mundo, cuyos padres habían
sido unos pedantes y se habían comportado injustamente con él. Quizá le
habían  cerrado  la  puerta  en las  narices,  o incluso  le  habían  prohibido
volver a ver a su hija nunca más, y por eso ahora estaba escarmentado y
no confiaba en nadie.
La historia que había acabado de inventarme no me ayudó en lo más
mínimo. Primero: me hizo sentir mal por Nick, como si comprendiera por
qué se había comportado de ese modo tan extraño cuando él no era así en
realidad.  Y  segundo:  me hizo  sentir  insegura  al  compararme con  una
teórica novia europea y sofisticada... ¿Y qué hay más patético que sentirse
amenazada por una persona que ni siquiera existe?
Creo que hasta ese momento, hasta separarnos y tener razones de peso
para mantenerme alejada de él, no comprendí lo importante que Nick era
para mí. La clase de Química, la única a la que íbamos juntos, era una
hora de tortura diaria. Era como si  lo sintiera cerca de mí igual que se
siente el calor que desprende el fuego de un hogar en una habitación fría.
Sin embargo, no me dirigí a él en ningún momento, y él hizo otro tanto,
respetando  el  silencio  que  yo  había  impuesto  y  que  mantenía.  Me
resultaba imposible imaginar que él estuviera sufriendo más que yo.  La
lógica dictaba que lo mejor para mí era alejarme de él, pero la lógica me
importaba  bien  poco.  Lo  echaba  de  menos  a  todas  horas  y  daba  la
impresión  de  que,  cuanto  más  me decía  que  lo  dejara  en  paz,  más
deseaba estar con él.
¿Se sentiría él igual? No tenía ni idea; lo único que sabía era que se
equivocaba respecto a mis padres.
—¿Cómo estás, Miley? —me preguntó mi madre con ternura, mientras
aclarábamos los platos de la cena del domingo.
No había dormido bien, apenas había probado bocado y lo único que me
apetecía era esconder la cabeza debajo de una manta los siguientes dos
años más o menos. Sin embargo, por primera vez en mi vida no tenía
ganas de compartir mis preocupaciones con ellos. Eran sus profesores y no
sería justo para él que les contara lo que Nick opinaba de ellos. Además,
hablar del hecho de que Nick y yo al parecer habíamos acabado incluso
antes de empezar solo habría conseguido ahondar en la herida.
—Estoy bien.
Mis padres intercambiaron una mirada. Sabían que estaba mintiendo, 
pero no me presionaron.

—¿Sabes qué? No hace falta que te vuelvas ya a tu habitación —dijo mi
padre, dirigiéndose hacia el equipo de música.
—¿De verdad?
Por  lo  general, según las normas de la  cena de los domingos, debía 
regresar a mi dormitorio para ponerme a estudiar poco después de acabar
de cenar.
—La noche está despejada y se me ha ocurrido que tal vez te gustaría
echar una ojeada por el  telescopio.  Además,  estaba a punto de poner
Frank Sinatra y sé lo que te gusta la voz.
—Fly Me to the Moon —le pedí, y al cabo de escasos segundos Frank
cantaba para nosotros.
Les enseñé la galaxia de Andrómeda. Les pedí que primero buscaran
Pegaso en el firmamento y que luego se dirigieran hacia el noreste hasta
que toparan con el  suave y difuso resplandor de un billón de estrellas
lejanas. Después de eso, pasé un buen rato paseándome por el cosmos y
saludando a las estrellas conocidas como a mis viejas amigas.
Al día siguiente, vi a Nick en el pasillo de camino a la clase de Historia
en el mismo momento en que él me vio a mí. La luz tamizada por los
cristales de la vidriera lo bañaba con los colores del otoño, y pensé que
nunca había estado tan guapo.
Sin  embargo,  cuando  nuestras  miradas  se encontraron,  el  momento
perdió  toda  su  belleza.  Nick  parecía  resentido,  y  tan  desorientado  y
desamparado  como  yo  desde  la  pelea  del  restaurante,  que  por  un
angustioso momento me sentí responsable de su desdicha. Sin embargo,
en  sus  ojos  también  adiviné  el  sentimiento  de  culpabilidad,  aunque
enseguida  apretó  la  mandíbula  y  dio  media  vuelta,  con  los  hombros
ligeramente  vencidos.  Segundos  después,  había  desaparecido  entre  la
marea de uniformes, una persona invisible más de Medianoche.
Tal vez estuviera repitiéndose una vez más que lo mejor era mantenerse
alejado de la gente. Recordé cómo se había comportado estando juntos,
mucho más relajado y feliz, más libre, y la idea de que yo hubiera podido
obligarle a apartarse de los demás se me hizo insoportable.
—Nick está de un bajón que no veas —me informó Vic ese mismo día,
cuando nos topamos en la escalera un poco después. Por una vez en su
vida, Vic iba vestido de manera formal, al menos de los tobillos para arriba
porque las deportivas rojas de bota que llevaba en los pies definitivamente
no formaban parte del uniforme—. Vale, de todos modos el tío siempre ha
tenido sus rollos  raros, pero es que está raro que te cagas.  Superraro.
Megarraro. Rarito extremo.
Vic hizo una cruz con los brazos para dibujar la «x» de extremo.
—¿Te ha enviado para que defiendas su caso? —dije, con intención de 
parecer desenfadada, aunque creo que no me salió muy bien; tenía la voz 

tan carrasposa que cualquiera habría adivinado que había estado llorando,
incluso alguien tan despistado como Vic.
—No me ha envidado él, no le pega. —Vic se encogió de hombros—. Es
que me preguntaba de qué va este drama.
—No hay ningún drama.
—Ya lo creo que sí, un dramón, y ya veo que tú no vas a soltar prenda; 
pero, eh, no pasa nada, porque no es asunto mío.
Menudo chasco. Me habría enfadado si Nick hubiera enviado a Vic para 
discutir el asunto en su nombre, pero aun fue peor comprender que Nick
iba a darse por vencido sin luchar.
—Vale.
Vic me dio un codazo amistoso.
—Tú y yo seguimos siendo amigos, ¿no? Que sepáis que en este divorcio 
tenéis la custodia compartida. Amplios derechos de visitas.
—¿Divorcio? —Me eché a reír a mi pesar. Solo a Vic se le ocurriría llamar 
divorcio al resultado de una primera cita que había salido mal—. Seguimos
siendo amigos.
En realidad antes tampoco habíamos sido exactamente amigos, así que
lo de «seguir siéndolo» era un poco exagerado, pero habría resultado de
muy mal gusto sacar aquello a relucir. Además, Vic me gustaba.
—Excelente. Los bichos raros tienen que mantenerse unidos en estos
sitios.
—¿Me estás llamando bicho raro?
—Es  el  mayor  honor  que  puedo  concederte.  —Extendió  los  brazos 
mientras caminábamos por los pasillos, abarcándolo todo en ese gesto: los
altos techos, las oscuras volutas de madera que enmarcaban vestíbulos y
puertas, y la luz tamizada que se filtraba a través de los viejos ventanales
y que dibujaba largas e irregulares sombras en el suelo—. Este lugar es la
capital de lo raro.  Lo que es raro aquí es normal en cualquier otro sitio.
Bueno, al menos esa es mi opinión.
Suspiré.
—¿Sabes? Creo que tienes más razón que un santo.
Vic tenía toda la razón del mundo al decir que me convenía tener todos 
los amigos que pudiera en un lugar como la Academia Medianoche. No es
que ese sitio me hubiera gustado nunca, pero el poco tiempo que había
pasado con Nick me había hecho comprender lo que se siente cuando no
se está completamente sola, y ahora que lo había perdido, el relieve de mi
desamparo resaltaba con mayor nitidez. Saber lo distinto que podría haber
sido solo conseguía que fuera aun más duro soportar la hostilidad y la
intimidación que se respiraba en ese lugar.
El  cambio de estación  tampoco resultaba  de mucha ayuda. El  estilo
gótico del edificio había quedado ligeramente suavizado por la exuberante 

hiedra y las lomas cubiertas de césped. Los ventanales estrechos y la luz
de  tintes  extraños  no  habían  conseguido  enmascarar  por  completo  el
fulgor del sol de finales de verano. Sin embargo, ahora anochecía cada vez
más  pronto,  lo  que  hacía  que  Medianoche  pareciera  más  aislada  que
nunca.  A  medida  que  bajaban  las  temperaturas,  un  frío  perpetuo  se
deslizaba en las aulas y los dormitorios y a veces parecía que los flecos de
la escarcha en los cristales estuvieran intentando abrirse camino a través
del vidrio. Incluso las bellas hojas otoñales susurraban estremecidas por el
rumor  solitario  del  viento.  Ya  habían  empezado  a  caer  y  dejaban  las
primeras ramas desnudas como garras descarnadas que escarbaban en un
cielo encapotado.
Me pregunté si  los fundadores de la  academia habrían instaurado el
Baile de otoño para levantar el ánimo de los estudiantes en un momento
del año tan lánguido.
—No creo —opinó Balthazar.
Compartíamos mesa en la biblioteca. Me había invitado a estudiar con él 
un par de días después del fatídico viaje a Riverton. En mi antiguo colegio
no  había  estudiado  con  nadie,  porque  «estudiar»  normalmente  se
convertía  en  «hablar  y  gandulear»,  y  luego  los  trabajos  se  hacían
interminables. Prefería  llevarme los deberes y hacerlos yo sola.  Resultó
que Balthazar era de la misma opinión y habíamos pasado un montón de
tiempo juntos en las últimas dos semanas, trabajando el uno al lado del
otro sin  apenas intercambiar una palabra  durante horas.  De hecho, no
hablábamos hasta que empezábamos a recoger los libros.
—Sospecho que los fundadores de la academia adoraban el otoño. Creo
que saca a relucir la verdadera naturaleza de Medianoche.
—Por eso necesitarían animarse.
Balthazar sonrió y se colgó la cartera de cuero al hombro.
—No es la peor academia sobre la faz de la tierra, Miley. —Balthazar 
solo quería provocarme, aunque su preocupación por mí era genuina—. Me
gustaría que te lo pasaras mejor aquí.
—Ya somos dos —dije, echando un vistazo al rincón donde unos minutos
antes había visto que Nick estaba leyendo.
Seguía allí. Su cabello reflejaba la luz de la lamparilla, pero él ni siquiera
se dignó a volver la vista hacia nosotros.
—Podría gustarte si  de verdad le dieras una oportunidad. —Balthazar
sujetó la puerta de la biblioteca para que yo pasara—. Deberías explorar
un poco más y poner un poco más de tu parte para conocer gente.
Me lo quedé mirando.
—¿Como Courtney?
—Corrijo:  poner  un  poco  más  de  tu  parte  para  conocer  a  la  gente 
adecuada.



at dusk niley- capitulo 22


Nick se inclinó sobre la mesa, me cogió la mano con fuerza y me miró
fijamente con sus ojos verde oscuro. Llevaba toda la noche deseando que
me mirara de esa manera, pero no en esas circunstancias.
—Intentaste huir de tu familia y le restaste importancia como si  solo
fuera una mala pasada que quisieras jugarle a alguien.
—Porque no fue más que eso.
—Pues yo creo que fue algo más, que no ibas desencaminada respecto 
a Medianoche. Y creo que deberías escuchar más tu propia voz y dejar de
escuchar tanto la de tus padres.
No era posible que Nick estuviera diciéndome aquello. Si mis padres le
oyeran hablar así... No, no quería ni imaginarlo.
—Que Medianoche sea una mierda no significa  que mis padres sean
malos padres, y hay que tener morro para criticarlos cuando apenas los
conoces. No sabes nada de mi familia y, además, ¿a ti qué te importa?
—Me importa  porque...  —se interrumpió,  como si  no  se  atreviera  a
seguir—. Me importa porque me importas tú.
¿Por qué tuvo que decirlo en ese momento? De esa forma. Sacudí  la
cabeza.
—Lo que dices no tiene sentido.
—Eh. —Uno de los obreros de la construcción acababa de pinchar una 
de esas machaconas canciones heavy de los ochenta en la gramola y se
dirigió a nosotros, tambaleante—. ¿Estás molestando a la señorita?
—No pasa nada —me apresuré a decir.  No había peor momento para
descubrir que la caballerosidad no se había extinguido—. De verdad, no
pasa nada.
Nick reaccionó como si no me hubiera oído.
—No es asunto tuyo —le espetó, fulminándolo con la mirada.
Fue como dejar caer una cerilla encendida en un tanque de gasolina. El 
tipo se acercó con paso vacilante y todos sus amigos se levantaron.
—Cuando alguien trata así a su novia en público, maldita sea, ya lo creo 
que es asunto mío.
—¡No me estaba molestando!  —Seguía enfadada con Nick,  pero la 
situación  estaba saliéndose  de madre—. Está  muy bien que, esto...  os
preocupéis por las mujeres, de verdad, es fantástico, pero no pasa nada.
—No te metas en esto —dijo Nick con voz grave. Detecté algo en su
tono de voz que no había oído antes,  una fuerza casi sobrenatural. Un
escalofrío me recorrió la espalda—. Ella no es asunto vuestro.
—¿Es  que crees que te  pertenece o algo  así  y que por eso puedes
tratarla como te venga en gana? Me recuerdas al cerdo de mi cuñado. —El
obrero parecía más enfadado que nunca—. Y si crees que no vas a recibir
lo mismo que él, tú sueñas, chaval.

Desesperada, miré a mi alrededor en busca de un camarero o del dueño
del local. O de mis padres. O de Raquel. En dos palabras, esperaba que
alguien, me daba igual quién fuera, pusiera fin a aquello antes de que
aquellos obreros borrachos hicieran papilla a Nick, porque eran enormes
y eran cuatro y en esos momentos estaba claro que todos tenían ganas de
pelea.
Aunque jamás habría imaginado que Nick sería el primero en empezar.
Se movió con tanta rapidez que ni  lo  vi.  Pasó junto a mí como una 
exhalación y,  segundos después,  el  obrero caía  de espaldas  sobre sus
compañeros. Nick tenía el brazo extendido y el puño cerrado, pero aun
así necesité unos segundos para comprender lo que había sucedido. Por
Dios, acababa de pegarle a alguien.
—Ahora verás.
Uno de los obreros se abalanzó sobre Nick, quien lo esquivó con tanta 
agilidad que fue visto y no visto.  Se había hecho a un lado,  lo  que le
permitió empujar a su adversario con tanta fuerza que creí que acabaría
en el suelo.
—¡Eh! —Un hombre de unos cuarenta años, con un delantal repleto de
manchas de tomate, apareció en el salón. Me dio igual si se trataba del
dueño, el cocinero o el señor Pizza Hut, pero lo cierto es que en mi vida
me había alegrado tanto de ver a alguien—. ¿Qué está pasando aquí?
—¡No pasa nada! —Sí, mentí, pero qué más daba. Salí del cubículo y
empecé a retroceder hacia la puerta—. Nos vamos, ya está.
Los obreros y Nick seguían mirándose fijamente,  como si  quisieran
matarse, pero gracias a Dios Nick me siguió. Cuando la puerta se cerró
detrás de nosotros, oí que el dueño farfullaba algo sobre los crios de esa
maldita escuela.
Nick se volvió hacia mí en cuanto estuvimos en la calle.
—¿Estás bien?
—¡No gracias a ti! —Eché a andar a toda prisa hacia la calle principal—. 
¿Se puede saber qué pasa contigo? ¡Has empezado una pelea con ese tipo
porque sí!
—¡La empezó él!
—No, él empezó la discusión, pero tú empezaste la pelea.
—Estaba protegiéndote.
—El también creía que me protegía. Puede que estuviera borracho y que 
fuera un poco basto, pero no pretendía hacerle daño a nadie.
—No tienes ni idea de lo peligroso que es el mundo en realidad, Miley .
Siempre que Nick me había hablado así, como si fuera mucho mayor 
que yo y quisiera enseñarme algo y protegerme, me había hecho sentir
arropada y feliz, pero en esa ocasión me sacó de quicio.

—¡Te  comportas  como  si  lo  supieras  todo  y  luego  actúas  como  un
imbécil y te pones a pelear con cuatro tíos! Y me he fijado en cómo peleas.
No es la primera vez.
Nick caminaba a mi lado,  pero poco a poco fue quedándose atrás,
como si se hubiera quedado pasmado.  Enseguida comprendí que lo que
realmente  lo  había  sorprendido era  que hubiera  adivinado  algo  por  el
estilo. Tenía razón: Nick ya se había peleado antes, y más de una vez.
—Miley...
—Ahórratelo.
Levanté una mano y me dirigí en silencio al autobús alquilado, que ya 
estaba rodeado por los estudiantes que se arremolinaban a su alrededor,
la mayoría de ellos con bolsas de compra y refrescos en las manos.
Nick se sentó junto a mí, como si todavía albergara la esperanza de
poder hablar conmigo, pero me crucé de brazos y no despegué la mirada
de la ventanilla. Vic se sentó de un bote en el asiento de delante y se
volvió hacia nosotros.
—Eh, tíos, ¿qué pasa? —nos saludó, antes de fijarse en nuestras caras
—. Vale, esto tiene pinta de ser el momento perfecto para contar una de
mis largas y liosas historias que no llevan a ninguna parte.
—Genial —contestó Nick, sin más.
Fiel  a su palabra, Vic empezó a hablar sin parar de tablas de surf, de 
Panic! At The Disco y de un sueño raro que tuvo una vez, y no paró hasta
que llegamos a la escuela. Eso me ahorró tener que dirigirle la palabra a
Nick, quien, por otro lado, tampoco abrió la boca.

espués del viaje a Riverton, me sentí como la imbécil que había roto
con Nick por una tontería.D
Esos tipos de la construcción habían estado bebiendo y, además, ellos
eran cuatro y Nick solo uno. Tal vez había tenido que demostrarles que
sabía  lo que se hacía para que no lo molieran a palos. Si  no le  había
quedado más remedio, ¿qué derecho tenía yo a juzgarlo?
—¡Ni hablar! —dijo Raquel,  cuando me confié a ella  al  día siguiente,
paseando por las inmediaciones del internado. Las hojas habían acabado
de cambiar de color, por lo que los montes distantes ya no eran verdes,
sino rojizos y dorados—. Si un tío se pone violento, te las piras. Y punto. Ya
puedes dar gracias de haber descubierto cómo es en realidad antes de ser
tú el blanco de su ira.
Su vehemencia me dejó atónita.
—Parece como si supieras muy bien de lo que estás hablando.
—¿Es que nunca has visto un telefilme? —Raquel no me miró a los ojos 
y siguió jugueteando con la pulsera trenzada de cuero que llevaba en la
muñeca—. Todo el mundo lo sabe: los hombres que pegan no son buenos.
—Ya sé que se pasó tres pueblos, pero  Nick jamás me haría daño.
Raquel se encogió de hombros y se arrebujó aun más en su chaqueta, 
como si le hubiera entrado frío, aunque fuera se estaba bien. Hasta ese
momento,  no  me  había  preguntado  hasta  qué  punto  su  discreto
comportamiento y su aspecto masculino no responderían a un deseo de
desviar una atención que no deseaba.
—Nadie piensa que va a ocurrir algo malo hasta que ocurre. Además, no
paraba de decirte que la gente de aquí daba asco y que no debías intimar
ni con tu compañera de cuarto ni con nadie, ¿no es así?
—Bueno... Sí, pero...
—Pero nada. Nick ha estado intentando aislarte de todo el mundo para 
poder tener más poder sobre ti. —Raquel sacudió la cabeza—. Estás mejor
sin él.
Yo  sabía  que  se  equivocaba  respecto  a  Nick ,  pero  también  era 
consciente de que no había pasado tanto tiempo a su lado para conocerlo
a fondo.



at dusk niley- capitulo 21


—En el caso de que quisierais evitarnos, cosa que no me extrañaría,
nosotros  vamos a ir  a la  platea,  que es  donde estarán  casi  todos  los
alumnos —dijo mi madre.
Mi padre asintió.
—Las plateas son poderosas tentaciones y ejercen una intensa atracción 
gravitacional sobre las bebidas sostenidas por manos adolescentes. Yo he
sido testigo.
—Creo haberlo estudiado en alguna clase de ciencias del instituto —dijo
Nick, muy serio.
Mis padres rieron y yo me dejé arropar por una cálida oleada de alivio.
Nick les gustaba y puede que no tardaran mucho en invitarlo a comer
algún domingo.  Ya nos estaba viendo juntos a todas horas y en todas
partes, a mi lado, amoldado a mi vida.
Nick no parecía tan convencido como yo —tenía una mirada cautelosa
al  entrar  en el  cine—,  pero  di  por  hecho  que se  trataba  de  la  típica
reacción del chico ante los padres de su pareja.
Escogimos las butacas que quedaban debajo de la platea, donde era
imposible que mis padres pudieran vernos. Nick y yo nos sentamos muy
juntos, con el cuerpo medio inclinado hacia el otro, de modo que nuestros
hombros y rodillas se rozaban.
—Nunca había hecho esto —dijo.
—¿Nunca habías ido a un cine antiguo? —Miré embelesada las volutas 
doradas que decoraban las paredes y la platea, y el telón de terciopelo
granate—. Son preciosos.
—No me refiero a eso.  —A pesar  de su agresividad innata,  a veces
incluso  podía  parecer  tímido;  aunque eso  solo  ocurría  cuando hablaba
conmigo—. Nunca había llegado a... Salir con una chica.
—¿También es tu primera cita?
—Cita. ¿La gente todavía utiliza  esa palabra? —Me habría muerto de 
vergüenza si Nick no me hubiera dado un codazo socarrón—. Me refiero a
que nunca me había sentido así con nadie, sin presiones ni temiendo tener
que mudarme otra vez al cabo de un par de semanas.
—Hablas como si  nunca te hubieras sentido como en casa en ningún
sitio.
—Hasta ahora no.
Lo miré con escepticismo.
—¿Te sientes como en casa en Medianoche? Venga ya.
Una leve sonrisa apareció lentamente en el rostro de Nick.
—No me refería a Medianoche.

En ese momento las luces del cine empezaron a bajar de intensidad, y
menos mal, porque si no seguramente me habría dado por decir alguna
tontería en vez de disfrutar del momento.
Sospecha era una de las películas de Cary Grant que no había visto. La
mujer,  Joan  Fontaine,  se  casaba  con  Cary  a  pesar  de  que  él  era  un
irresponsable y despilfarraba mucho dinero, pero lo hacía de todos modos
porque se trataba del macizo de Cary Grant, y eso bien valía quedarse sin
blanca. A Nick no pareció convencerle mi razonamiento.
—¿No crees que es un poco extraño que él investigue sobre venenos? —
me susurró—.  ¿Quién  estudia  los  venenos  como  si  se  tratara  de  un
pasatiempo? Al menos admite que tiene un entretenimiento un poco raro.
—Un hombre con esa planta no puede ser un asesino —insistí.
—¿Te han dicho alguna vez que confías en la gente demasiado deprisa?
—Que te calles.
Le  di  un  codazo  y  varias  palomitas  saltaron  de  la  bolsa.  Estaba 
disfrutando de la película, pero aún más de estar tan cerca de Nick. Era
increíble  lo  mucho  que  podíamos  decirnos  sin  abrir  la  boca,  solo
necesitábamos una divertida mirada de soslayo o el modo natural en que
nuestras  manos se rozaron y él  entrelazó  sus dedos con los  míos.  Me
acarició la palma de la mano con su pulgar, dibujando circulitos y si eso
solo ya fue suficiente para que se me desbocara el corazón, ¿qué debía de
sentirse entre sus brazos?
Al  final  se  demostró  que  no  estaba  equivocada:  por  lo  visto  Cary
estudiaba  los  venenos  para  suicidarse  y  así  evitar  que  la  pobre  Joan
Fontaine  tuviera  que  cargar  con  las  deudas.  Ella  insistía  en  que
encontrarían  una solución y se iban juntos en coche. Nick sacudió la
cabeza con el fundido de la última toma.
—No es el  verdadero final,  ¿sabes? Hitchcock quería que él  fuera el
culpable, pero el estudio le obligó a salvar a Cary Grant al final para que le
gustara al público.
—Si se acaba así, es el verdadero final —insistí. Encendieron las luces
unos momentos, antes del inicio de la siguiente sesión—. Vamos a otro
sitio,  ¿vale?  Todavía  queda un buen rato  antes  de que tengamos que
volver al autobús.
Nick echó un vistazo hacia arriba y adiviné que no le importaba lo más
mínimo alejarse un poco de los vigilantes paternos.
—Vamos.
Paseamos por la pequeña calle  principal  de Riverton,  donde daba la 
impresión de que no había tienda o restaurante que no estuviera tomado
al  asalto  por  los  refugiados  de  la  Academia  Medianoche.  Nick y  yo
pasamos por delante en silencio, buscando lo que realmente nos apetecía:
un lugar donde estar  solos. La idea de que Nick quisiera un poco de
intimidad  para  ambos  me  emocionó  e  intimidó  a  la  vez.  La  noche
refrescaba  y  las  hojas  otoñales  no  dejaban  de  susurrar  mientras 

paseábamos por la acera, lanzándonos miradas disimuladas sin apenas
intercambiar una palabra.
Por fin, justo al pasar la estación de autobuses, que delimitaba el final
de la calle principal, al doblar la esquina encontramos una vieja pizzería
que parecía intacta desde el día de su inauguración, que había sido en
1961.
En vez de pedirnos una entera, cogimos unos trozos de pizza solo de
queso y un refresco y nos fuimos a un compartimento. Nos sentamos uno
enfrente del otro en una mesa con un mantel a cuadros rojos y blancos y
una botella de chianti cubierta de cera de vela derretida. En la gramola del
rincón sonaba una canción de Elton  John  de antes  de que yo hubiera
nacido.
—Me gustan estos sitios —dijo Nick—. Parecen de verdad, no como si
un grupo de sondeo hubiera diseñado hasta el último detalle.
—A mí también. —Aunque si me lo hubiera pedido hasta le habría dicho
que me gustaba comer berenjenas en la luna. Sin embargo, en este caso
en concreto estaba diciendo la verdad—. Aquí puedes relajarte y ser tú
mismo.
—Ser tú mismo...  —Nick sonrió,  aunque de repente parecía estar a
kilómetros de allí, como si esas palabras le hubieran hecho gracia por algo
que solo él  conocía—. Algo que debería ser más fácil  de lo  que es en
realidad.
Sabía a qué se refería.
Estábamos prácticamente  solos  en la  pizzería.  Solo había  otra  mesa 
ocupada, a la que se sentaban cuatro tipos que parecían haber acabado
de trabajar en una obra. Tenían las camisetas cubiertas de polvo de yeso y
un  par  de  jarras  de  cerveza  vacías  testimoniaban  que  ya  estaban
borrachos. Se reían muy alto de sus propios chistes, pero me daba igual.
De hecho, eso me servía de excusa para inclinarme sobre la mesa y estar
un poco más cerca de Nick.
—Así  que  Cary  Grant...  —dijo  Nick,  espolvoreando  pimienta  negra
sobre su trozo de pizza—. Es tu tipo ideal, ¿eh?
—Hombre, yo diría que es el rey de los tipos ideales, ¿no? Estoy chiflada
por él desde que lo vi por primera vez en Vivir para gozar, cuando tenía
cinco o seis años.
Estaba segura de que Nick, el cinefilo, estaría de acuerdo, pero no fue
así.
—La mayoría de las chicas del insti se pirrarían por estrellas de cine que
todavía hicieran películas. O por alguien de la tele.
Le  di  un  bocado  a  mi  trozo  de  pizza  y  por  unos  instantes  estuve
demasiado liada intentando resolver una bochornosa situación relacionada
con unos alargados hilos de queso.
—Me gustan muchos actores —farfullé cuando por fin logré meterme la
pizza en la boca—, pero ¿quién puede decir que Cary Grant no es lo más?

—Aunque  estoy  de  acuerdo  en  que  es  una  tragedia,  asumámoslo:
mucha gente de nuestra generación ni siquiera ha oído hablar de Cary
Grant.
—Un crimen. —Intenté imaginar la cara que pondría la señora Bethany
si le sugiriera que hiciéramos Historia del cine como asignatura optativa—.
Gracias a mis padres he visto películas y he leído libros que les gustaban
de antes que yo naciera.
—Cary Grant fue muy famoso en los cuarenta, Miley. Hacía películas
hace setenta años.
—Que siguen emitiéndose por televisión. Es fácil encontrar una película
antigua si buscas un poco.
Nick me miró  dubitativo  y  sentí  un  miedo  repentino:  la  rápida  y
urgente necesidad de cambiar de tema y hablar de otra cosa, de lo que
fuera. Demasiado tarde, porque Nick se me adelantó.
—Dijiste que tus padres te trajeron a Medianoche para que conocieras a
más gente y tuvieras una perspectiva más amplia del mundo, pero tengo
la sensación de que han dedicado mucho tiempo a procurar que tu mundo
fuera lo más pequeño posible.
—¿Disculpa?
—Olvídalo.  —Suspiró profundamente mientras dejaba el reborde de su 
trozo de pizza en el plato—. No debería haber sacado ese tema ahora. Se
supone que deberíamos pasárnoslo bien.
Tal vez tendría que haberlo dejado correr porque lo último que deseaba
era discutir con Nick la primera noche que salía con él; sin embargo, no
pude evitarlo.
—No, no,  ¿a qué te  refieres? ¿Se puede saber qué sabes  tú de mis
padres?
—Sé que te enviaron a Medianoche, prácticamente el último lugar de la
Tierra al que todavía no ha llegado el siglo XXI: no hay móviles, no hay
inalámbrico,  solo  hay  Internet  en  una  sala  de  informática  con  ¿qué?,
¿cuatro ordenadores? No hay televisores, apenas se tiene contacto con el
mundo exterior...
—¡Es  un  internado!  ¡Se  supone  que  debe  estar  alejado  del  mundo
exterior!
—Quieren separarte del resto del mundo, por eso te han enseñado a
apreciar las cosas que les gustan a ellos, no lo que se supone que les
gusta a las chicas de tu edad.
—Soy yo la que decido lo que me gusta y lo que no. —Sentí que la rabia
me encendía las mejillas. Normalmente siempre acababa llorando cuando
estaba tan enfadada, pero esta vez estaba decidida a no derramar ni una
sola lágrima—. Además, es a ti a quien le gusta Hitchcok y las películas
antiguas. ¿Acaso significa eso que tus padres controlan tu vida?
___________________________________________
Olvide decir mmaratón de esta nove, dedicado a mi sister Yazi



at dusk niley- capitulo 20






Normalmente sería imposible despegar de delante del espejo a una
chica que ha de prepararse para su primera cita, pero cuando llegó
la noche del viernes, la de la escapada a Riverton, Patrice estaba 
tan ocupada mirándose que para el caso podría haberme vestido en la
oscuridad. Estuvo examinándose la cara y la figura en el espejo de cuerpo
entero,  volviéndose  a  un  lado  y  al  otro,  incapaz  de  encontrar  lo  que
estuviera buscando, ya fueran imperfecciones o belleza.
—Estás muy guapa —dije—. Come algo, ¿vale? Casi te transparentas.
—No queda ni un mes para el Baile de otoño. Quiero estar estupenda.
—¿Y de qué sirve ir al Baile de otoño si no puedes disfrutarlo?
—Así lo disfrutaré más. —Patrice me sonrió. Tenía el don de poder ser 
paternalista y completamente sincera  al  mismo tiempo—. Algún día  lo
entenderás.
No me gustaba cuando me hablaba de esa manera, con esos aires de
superioridad, pero ya la consideraba como a una amiga. Patrice me había
prestado un jersey muy suave de color marfil para mi cita como si fuera el
mayor favor  que alguien  pudiera  hacer  nunca a otra  persona.  Tal  vez
estuviera en lo  cierto.  Gracias a ese jersey, mi figura...  Vamos, que se
hacía evidente que tenía una, algo que las  sosas  faldas  plisadas y las
chaquetas de Medianoche ocultaban al mundo.
—¿Vosotros no vais a ir? —le pregunté, mientras trataba de hacerme
una trenza alta. No hacía falta que concretara a quién me refería.
—Erich  va  a  dar  otra  fiesta  junto  al  lago.  —Patrice  se  encogió  de
hombros. Todavía llevaba puesta la bata de satén rosa y una cinta que le
retiraba el pelo de la cara. Si ella ni siquiera había empezado a prepararse,
era señal de que seguramente la fiesta no empezaría hasta después de
medianoche—. La mayoría de los profesores estarán en la ciudad haciendo
de acompañantes y eso nos asegura una noche de primera aquí.
—Me cuesta  mucho imaginar  que en la  Academia Medianoche  haya
noches de primera.
—Ni que nos tuvieran encerrados en una jaula,  Miley.  Además,  ese
peinado no te favorece nada.
Suspiré.
—Ya lo sé, ya lo veo yo sólita.

—Espera.
Patrice se puso detrás de mí, deshizo las trenzas desiguales que había 
conseguido entretejer con muchos esfuerzos y pasó los dedos entre los
mechones de pelo. Luego me recogió el cabello en un moño flojo y muy
bajo, y unos cuantos mechones se soltaron y me cayeron sobre la cara.
Desenfadado, pero con estilo, como siempre había querido llevarlo. Al ver
la transformación en el espejo, pensé que casi parecía que me hubieran
arreglado el pelo por arte de magia.
—¿Cómo lo has hecho?
—Ya aprenderás con el tiempo.  —Patrice sonrió, más satisfecha de su 
trabajo que de mí—. Tienes un color de pelo precioso, ¿sabes? Tienes que
lucirlo más cuando te caiga sobre el jersey; mira qué contraste hace con el
color marfil, ¿lo ves?
¿Cuándo aquel tono rojizo se había convertido en un «color precioso» de
pelo? Le sonreí a mi reflejo pensando que, partiendo de que Nick y yo
íbamos a salir juntos, cualquier milagro era posible.
—Perfecto —dijo Patrice y, no sé por qué, pero supe que lo decía con
sinceridad.
No por eso el cumplido dejaba de ser impersonal. Estaba convencida de
que el concepto de perfección significaba más para ella que para mí, pero
Patrice no lo habría dicho si no lo pensara de verdad.
Cohibida y encantada, me quedé mirando mi reflejo en el  espejo.  Si
Patrice conseguía encontrarme guapa, entonces tal vez Nick también lo
haría.
—¡Estás estupenda! —exclamó Nick al verme.
Lo saludé con un gesto de cabeza, intentando no perder el contacto 
visual  mientras  nos  abríamos  paso  entre  los  alumnos  que  iban
apretujándose en el autobús que nos llevaría a la ciudad. La Academia
Medianoche no podía tener algo tan ordinario como un autobús escolar
amarillo  normal  y  corriente,  eso  por  descontado;  en  vez  de  eso,  nos
esperaba una pequeña lanzadera de lujo,  de las que suelen utilizar  los
hoteles de postín, que seguramente habrían alquilado para la ocasión. Yo
entré  a  presión  con  la  primera  oleada  de  estudiantes  mientras  Nick
seguía haciendo lo que podía por acercarse a la puerta. Al menos podía
verlo sonreír desde la ventanilla.
—De lujo.  —Vic se echó a reír,  dejándose caer en el asiento libre que
había a mi lado. Llevaba un sombrero de fieltro que parecía directamente
sacado de los cuarenta, y la verdad es que estaba muy guapo, pero aun
así no era la persona que deseaba como acompañante; y algo debió de
delatar  mi  expresión,  porque  me  dio  un  codazo  amistoso—.  No  te
preocupes, solo le estoy calentando el asiento a Nick.
—Gracias.

Si no hubiera sido por Vic,  no podría haberme sentado con Nick. La
gente se mataba por subir al autobús y parecía que unas veinte personas
—de hecho,  casi  todas  las  que no encajaban con el  típico  alumno de
Medianoche— estaban decididas a ir  a Riverton.  Teniendo en cuenta lo
aburrida  que  era  la  ciudad,  seguramente  lo  único  que  deseaban  era
alejarse de la  escuela y para eso cualquier lugar valía.  Sabía cómo se
sentían.
Vic cedió el asiento con galantería a Nik cuando este consiguió llegar
por fin hasta nosotros, aunque yo no diría que la cita empezó entonces.
Estábamos  completamente  rodeados  por  otros  compañeros  que  no
dejaban de reír,  hablar y gritar,  aliviados por poder salir  por fin  de las
claustrofóbicas propiedades de la escuela. Raquel se sentaba unas filas
más  adelante  y charlaba animadamente  con su compañera de cuarto;
debía de haber aplacado sus temores,  al menos por el momento.  Hubo
algunos que me lanzaron miraditas sorprendidas no demasiado amistosas.
Por lo visto seguía siendo sospechosa de formar parte de los «legítimos»,
algo tan absurdo que hasta tenía gracia. Vic se arrodilló en el asiento de
delante y se volvió hacia nosotros con la intención de hablarnos del ampli
que iba a comprarse en una tienda de música que acababan de abrir en la
ciudad.
—¿Qué vas a hacer con un ampli? —le pregunté, alzando la voz para
hacerme oír por encima del bullicio general, a medida que avanzábamos a
trompicones por la carretera en dirección a la ciudad—. No van a dejarte
tocar la guitarra eléctrica en la habitación.
Vic se encogió de hombros, pero no perdió la sonrisa.
—¡Me basta con poder mirarlo, tío! Y saber que tengo algo tan increíble. 
Así iré contento todos los días.
—Pero si tú siempre estás contento. Sonríes hasta en sueños.
A pesar del tono burlón en que Nick lo había dicho, estaba claro que en 
el fondo le gustaba Vic.
—Es lo que te mantiene vivo, ¿sabes?
Vic era justo lo contrario al típico alumno de Medianoche y decidí que a 
mí también me gustaba.
—¿Qué vas a hacer mientras nosotros estemos en el cine?
—Explorar, dar una vuelta, sentir la tierra bajo mis pies. —Vic enarcó las 
cejas repetidas veces—. Tal vez conocer a alguna tía buena en la ciudad.
—Entonces será mejor que compres el  ampli  después —dijo Nick—. 
Igual te corta el rollo tener que arrastrar esa cosa contigo.
Vic  asintió muy serio y tuve que cubrirme la boca con la mano para 
ocultar una sonrisa.
Es decir, que Nick y yo no estuvimos realmente solos hasta que no nos 
encontramos  paseando  por  la  calle  principal  de  Riverton,  a  una  sola
manzana del  cine.  Ambos nos alegramos  mucho cuando vimos lo  que
había anunciado en la marquesina.

—Sospecha —leyó—. Dirigida por Alfred Hitchcock, un genio.
—Con Cary  Grant.  —Cuando Nick me miró,  añadí—:  Tú  tienes  tus 
preferencias y yo las mías.
Había más alumnos pululando por el vestíbulo, algo que seguramente 
estaba  más  relacionado  con  que  Riverton  no  ofreciera  demasiados
entretenimientos que con un súbito y renovado interés en Cary Grant. Sin
embargo,  a  nosotros  nos  interesaba  de  verdad,  al  menos  hasta  que
comprobamos quiénes eran los profesores que harían de acompañantes
en el cine.
—Créeme, estamos tan sorprendidos como tú —dijo mi madre.
—Estábamos convencidos de que irías  a tomarte algo.  —Mi padre le 
había pasado el brazo por los hombros a mi madre, como si se tratara de
su cita y no de la nuestra. Estábamos todos plantados delante del cartel
del vestíbulo y Joan Fontaine nos miraba fijamente, escandalizada, como si
se  enfrentara  a  mi  dilema  en  vez  de  al  suyo—.  Por  eso  decidimos
encargarnos del cine. Ya hay otros encargándose de la cafetería.
—Todavía no es demasiado tarde para un pastelito —añadió mi madre,
intentando animarnos—. No nos ofenderemos.
—No os preocupéis.  —En realidad  sí  que era preocupante tener  que
pasar  mi primera cita  con mis padres,  pero ¿qué iba  a decir  si  no?—.
Resulta que a Nick le gustan las películas antiguas, así que...  No pasa
nada, ¿no?
—No, no pasa nada.
Aunque no parecía precisamente que no pasara nada; daba la impresión 
de que Nick estaba incluso más disgustado que yo.
—A no ser que te gusten los pastelitos —dije.
—No. Es decir..., sí, los pastelitos me gustan, pero me gustan bastante 
más las películas antiguas. —Levantó la barbilla como si estuviera retando
a mis padres a que intentaran intimidarlo—. Nos quedamos.
Mis padres, lejos de sentirse intimidados, sonrieron de oreja a oreja.
Les había contado que Nick y yo íbamos a ir juntos a Riverton durante 
la  comida  del  domingo  anterior.  No  les  di  más  detalles  por  miedo  a
paralizarlos de la impresión, pero quedó claro que no les había entrado por
un oído y salido por el otro. Para mi sorpresa y alivio, no me interrogaron;
de  hecho,  primero  intercambiaron  una  mirada,  calibrando  su  reacción
respectiva  delante  de  mí.  Probablemente  era  extraño  que  tu  «niña
milagro» ya  fuera  lo  bastante  mayor para  salir  con  alguien.  Mi  padre
mencionó  con  calma  que  Nick parecía  un  buen  chico  y  luego  me
preguntó si quería más macarrones con queso.
Resumiendo,  no  sé  que  tipo  de  exagerada  reacción  sobreprotectora
estaría esperando Nick , pero esta no se produjo.



The Bodyguard-prologo



Miley  James es una aplicada y solitaria estudiante con un
padre demasiado ocupado en sus investigaciones médicas. Su vida es
tranquila y plácida. Hasta que algunos extraños accidentes que
podrían haberle costado la vida, llevan a su padre a contratar a una
agencia de seguridad para que la proteja.  
La agencia elegida es Wind & Stone. Sus dueños, tres
hermanos que durante muchos años han sido agentes del FBI,
parecen ser la mejor opción para proteger a su hija, al menos los
próximos veinte días. Tiempo en que sus laboratorios serán los
dueños de una patente que ayudará a salvar muchas vidas y la razón
por la que ella se encuentra en peligro. 
Nick Jonas jamás falla en sus casos lo que ha
convertido a su agencia en la más conocida y reputada de Chicago. 
Nicholas, Kevin y Joe Windstone poseen extrañas
habilidades: un poder hipnótico que impide que nadie les mienta y la
capacidad de hacer ver o creer lo que ellos quieran unidas a un
instinto que les avisa del peligro. Estas habilidades los mantuvieron
vivos en las más difíciles misiones que llevaron a cabo dentro del FBI
y ahora son el principal capital en su Agencia de Seguridad y la causa
de su éxito. 
Cuando Nick acepta ocuparse de la seguridad de Miley
James jamás imaginó que lo impensado podría ocurrir. Ella es inmune
a cualquier tipo de sugestión. Por primera vez en su vida, alguien no
hace lo que Nick o sus hermanos quieren. 
Sólo Miley sabe que hay algo a lo que no es inmune: a su
magnífico cuerpo. 
_________________________________________
Bueno chicas nueva novela, espero que les guste
Y este es mi nuevo twitter 

@Sari_Cristal_BC El otro me lo suspendieron asi que algunas ya las sigo a otras no, pero ustedes diganme y yo las sigo


viernes, 1 de junio de 2012

no promises- capitulo- 31




EPILOGO
Cinco años más tarde.
—Un agente no entraría en un edificio de esa manera —dijo Miley , señalando a la televisión con un cuenco de palomitas en la mano.
—¿De verdad, mamá? —preguntó Carolina y Miley miró hacia su hija, que estaba sentada a su lado.
—Sí, cariño, mira —dijo señalando de nuevo—. Tendría que aparecer por el lado derecho y…
—Nos vas a estropear la película.
Ella miró a Nick y le pasó las palomitas.
—¿Quién nos estropeó Licencia para matar la semana pasada? ¿Eh?
El dejó el cuenco sobre la mesa y apretó a su mujer contra su pecho. Después le acarició el vientre redondo con satisfacción.
—Eso te pasa por ser un agente secreto —le susurró él.
Ella inclinó la cabeza.
—Prefiero ser solo tu mujer. Simplemente.
—Cariño, tú de simple no tienes nada.
La besó con ternura, mientras le acariciaba su vientre hinchado. Estaba deseando tener a su hijo en brazos, ver las facciones de Miley en el niño.
—Te quiero —susurró ella.
Él la miró a los ojos.
—Yo te quiero más.
Ella sonrió y se recostó contra él.
Nick suspiró pensando que su vida no podía ser mejor. Apretó a su familia con fuerza y recordó aquella noche lejana hacía diez años. Cuando sus destinos se cruzaron. cuando llegaron a enamorarse aun sabiendo que , de por medio, habia...NADA DE PROMESAS
...Y... la explosión de aquel encuentro todavía los bañaba con una lluvia de amor.








The end...