miércoles, 23 de enero de 2013

What A Feeling- Capitulo 29




Miley se pasó todo el fin de semana con Anthony, pero no se quedó a
dormir en su casa porque, a pesar de que él se lo había ofrecido, no quería
que cuando ella se fuera Nick  y él  dejaran de ser amigos.  Anthony la
consoló lo mejor  que pudo,  y le dijo que estaba seguro de que Nick
también  lo  estaba  pasando  muy  mal,  si  no,  no  le  habría  hecho  ese
comentario tan desagradable sobre ellos dos. Ella no estaba tan segura.
Miley no tenía ni idea de lo que Nick había hecho durante el fin de
semana. Lo único que sabía era que había dormido en el piso, porque tanto
el sábado como el domingo por la mañana vio que se había duchado. De no
haber  sido por  ese detalle,  habría creído que no estaba.  Aunque apenas
había dormido en los últimos dos días, el lunes por la mañana se levantó, se
vistió y se fue a trabajar como siempre.  Miley no iba a permitir que su
historia con Nick  le estropeara también eso.  Trabajar  en la revista le
gustaba realmente; sus compañeros eran fantásticos y estaba aprendiendo
mucho. No quería que nadie se diera cuenta de que tenía el corazón hecho
añicos.  No porque se avergonzara,  sino porque no quería que Nick  se
enterara.  Si  él  era  capaz  de  ignorar  lo  que  había  entre  ellos  dos  sin
parpadear,  ella no iba a ser menos.  Así  que,  cada noche,  se repetía a sí
misma que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no tendría
tantas ganas de abrazarlo, y que cuando lo viera ya no se le aceleraría el
corazón.
Por su parte, Nick estaba agotado. Se había pasado prácticamente
todo el  fin de semana escondido en el  gimnasio.  No pensar en Miley lo
estaba consumiendo y ya se le estaban acabando las ideas. Se levantaba
antes que ella, pero el cuarto de baño estaba repleto de sus trastos, y cada
día tenía que controlarse para no oler su champú o su colonia.  Nunca lo
lograba. Los olía. En la revista, estaba un poco mejor, pero cuando alguien
le comentaba lo bien que Miley hacía su trabajo o lo dulce que era, volvía a
empeorar. Por suerte, ella parecía ser capaz de ignorarlo, y casi no le dirigía
la palabra, porque cuando lo hacía, Nick  tenía que concentrarse en no
mirarle los labios y pensar en lo bien que sabían. Para evitar encontrarse
con Miley en el piso, de noche iba al gimnasio un par de horas a ver si así
se cansaba y podía dormir, pero ni así lo lograba. Lo único positivo de todo
aquello era que, a ese ritmo, recuperaría los abdominales de cuando tenía
veinte años. Al salir del gimnasio se compraba algo de comer e intentaba
prepararse para el  peor momento del  día: entrar en casa. Cada noche se
decía a sí mismo que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no
sentiría esas ganas de besarla, y que cuando la viera ya no se le aceleraría
el corazón.
El  miércoles,  Miley estaba almorzando con Jack y Amanda en una
cafetería al lado del trabajo y Jack le cogió la mano, la miró a los ojos con  cara de preocupación y le preguntó:
—Miley, ¿qué pasa con Nick?
Haciendo  uso  de  sus  recientemente  adquiridas  dotes  dramáticas,
respondió:
—Nada, ¿por qué lo preguntas?
—¿Nada? —Jack le soltó la mano enfadado—. ¿Cómo que nada? ¿Acaso
no lo ves? ¡Está agotado, más delgado y con un humor de perros!
—Miley, Jack tienen razón, algo le pasa —añadió Amanda—. Estamos
preocupados por él. Es nuestro amigo, y no tenemos ni  idea de lo que lo
tiene tan agobiado. Además, con los problemas que tenemos ahora en la
revista necesitamos que esté al cien por cien.
Miley necesitó unos segundos para procesar toda la información. Ella
sabía que era imposible que ellos supieran nada de su relación —Nick
nunca se lo habría contado, y Anthony había jurado guardar el secreto—, así
que no tenía ni idea de qué estaban hablando.
—¿Qué  tipo  de  problemas?  —A Miley  ya  le  estaban  sudando  las
palmas de las manos.
—Bueno, no sé si debería contártelo, es una especie de secreto, pero
ya que eres tan amiga de Nick,  supongo que puedo confiar  en ti  —dijo
Amanda—. ¿Conoces la revista The Scope?
—Sí, bueno, la he visto en los quioscos y Nick  tiene algunas en el
piso. —Miley estaba perpleja—. ¿Por qué?
—Últimamente,  algunos  reportajes  que  teníamos  previsto  publicar
aparecen «milagrosamente» en esa revista una semana antes que en la
nuestra —añadió Jack también susurrando.
Miley, que ya estaba al tanto de lo del  robo de los artículos, decidió
disimular y fingir que no sabía nada. Por el  modo en que Jack y Amanda
hablaban de ello, llegó a la conclusión de que Nick no les había contado
que ella lo sabía y, como no quería tener otro conflicto con él, optó por no
decir nada y hacerse la inocente.
—Bueno,  somos una revista de información de actualidad,  es lógico
que los reportajes se parezcan. No es que haya muchos temas para tratar,
¿no?
—No, Miley, no es que se parezcan, es que son los mismos reportajes,
las mismas fotografías, el mismo ángulo de opinión, las mismas entrevistas.
Los mismos. Nos los roban. ¿Lo entiendes ahora? —Jack y Amanda estaban
tensos.  Miley  no  podía  quitarse  de  la  cabeza  que  toda  la  escena  le
recordaba a  Matrix.  Allí  estaba ella,  atónita,  sentada delante de Jack y
Amanda como Neo ante Morfeo y Trinity cuando éstos le revelan la verdad.
—¿Lo entiendes ahora? —repitió Amanda.
—Sí, claro.
—Como  ves,  Nick  tiene  muchas  preocupaciones.  Para  todos
nosotros, la revista es importante, pero para él es su vida —dijo Jack—. Ya
que tú vives con él, ¿podrías averiguar qué le pasa?
Miley notó cómo se sonrojaba de la cabeza a los pies.
—¿Yo? —carraspeó ella—.  Sí,  bueno,  podría intentarlo.  Pero no creo
que sirva de mucho. Tal vez deberías hablar con Monique. —Miley no pudo
resistir la tentación de hacer ese comentario.
—¿Monique? —preguntó Jack perplejo—. No digas chorradas.
—Si tú no eres capaz de convencerlo de que cambie de actitud, nadie
podrá hacerlo —añadió Amanda sonriendo.
—¿Por qué dices eso?
—Vamos, Miley, todos sabemos que haría cualquier cosa por ti. —Jack
le golpeó cariñosamente el  hombro—. No te hagas la tonta.  Por cierto —
miró el reloj—, deberíamos regresar al trabajo.
—Sí, claro, seguro que Sam ya ha vuelto. —Amanda se levantó y salió
apresurada, dejando a Miley sola con Jack.
—¿De verdad estás preocupado por Nick? —se atrevió entonces a
preguntarle.
—Sí. Estos días se lo ve muy cansado y menos concentrado. No sé qué
le pasa; no creas que no se lo he preguntado, pero su respuesta estándar es
«Nada.  Todo va bien,  como siempre».  En fin,  espero que tú tengas más
suerte y que averigües algo. Vamos, tenemos que regresar.
Miley volvió al  trabajo,  pero pasó la tarde pensando en cómo podía
ayudar a Nick. Una cosa era que él no la quisiera, ni como amiga ni como
nada,  pero otra que,  con su intento de evitarla a todas  horas,  acabara
agotado y pusiera en peligro su trabajo. Tenía que hablar con él.
Nick tuvo, otra vez, un día horrible. Había empezado muy pronto, y
nada más llegar a la revista, Sam lo llamó a su despacho.
—¿Puedo hablar contigo?
—Sí, claro.
—Siéntate. ¿Has visto el número de esta semana de The Scope? —A la
vez que se lo preguntaba, le acercaba un ejemplar.
—¿Qué es esta vez? —Nick se puso las gafas y empezó a hojear la
revista.
—Esta vez son de nuevo dos artículos. El de la entrevista con el primer
ministro y el  de los bodegueros británicos.  Nick,  tenemos que parar esta
mierda.  Nos hundirán,  no podemos seguir rellenando nuestra revista con
artículos rancios, tenemos que averiguar quién nos roba, cómo lo hace y por
qué. Esto no puede seguir así. —Sam se reclinó en su asiento, mala señal;
se aflojó la corbata, pésima señal; y sentenció—: Nos dan seis meses más,
si no, cerrarán The Whiteboard.
Nick notó en ese momento cómo se le helaba la sangre y la espalda
le quedaba empapada de sudor; contradictorio pero propio de él.
—No nos cerrarán.  Averiguaré quién lo hace,  y por  los artículos de
relleno no te preocupes, tengo un par de buenos reportajes «escondidos».
Ahora te los traigo para que puedas leerlos, a ver qué te parecen.
—¿Escondidos? ¿De dónde han salido?
—Los he escrito yo, ya sabes, para eso me contrataste.
—¿Tú?
—Sí,  yo,  últimamente no duermo mucho,  y escribir me relaja.  No te
rías. ¿Se puede saber de qué te ríes? ¡Estamos en medio de una crisis!
—De ti, Nick, me río de ti. Tus problemas de insomnio no tendrán nada
que ver con esa chica que tiene cara de duende, ¿no? Miley, eso es, me
encanta el nombre. Creo que deberías presentármela. De hecho, creo que
los dos deberíais venir a cenar a casa un día de éstos.  Silvia y las niñas
estarán encantadas de conocer a la mujer que ha logrado quitarte el sueño.
—Sam seguía riéndose.
—No, Miley no tiene nada que ver en esto. No sé por qué lo dices. En
fin, será otra muestra de tu edad senil. Voy a buscar los artículos antes de
que digas más tonterías. —Y salió apresurado del despacho de Sam.
—¡Nick! ¡Piensa en lo de la cena! —Pero ya le hablaba a su espalda.

What A Feeling- Capitulo 28



Empezaron a bailar suavemente. Miley apoyó su mejilla en el pecho de
Nick  y notó cómo latía su corazón, cómo le temblaba la respiración. Él
bajó la cabeza para así poder notar su perfume, el olor de su pelo y, a la
vez, besarle el cuello, el hombro que lo había vuelto loco durante la cena, la
mejilla. Le acariciaba la espalda, primero por encima de la sudadera, hasta
que el tacto del algodón no fue suficiente, y decidió arriesgarse y tocarla de
verdad, por debajo, sentir su piel. Al notar la mano de Nick por debajo de
la camiseta,  Miley se apartó sorprendida,  pero no tuvo tiempo de decir
nada, pues Nick la besó con todas sus fuerzas, como si la vida le fuera en
ello.
Ella le respondió. Le encantaba cómo la besaba, como si la necesitara
para  respirar.  Un  beso  siguió  a  otro,  Nick  seguía  acariciándola  y
besándola, primero en la boca, luego en el cuello. La canción ya se había
acabado, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Miley quería tocarlo
a él,  así  que también se atrevió a meter  las  manos  por  debajo de la
camiseta. Sonrió al notar cómo Nick se estremecía. Era increíble, tenía un
torso único y no tenía bastante con tocarlo, quería verlo, así que se arriesgó
y le quitó la camiseta.
—Miley, ¿no te han dicho nunca que es de mala educación mirar así a
alguien?  —bromeó  él  mientras  le  besaba  los  nudillos  de  la  mano  y
empezaba a recorrerle el brazo con los labios.
—Ah, sí, no sé. Creo que lo que de verdad sería de mala educación es
no mirar. Y, sin duda, no besarte sería aún peor.
Él  apartó la cabeza al  oír  ese comentario y la atrajo hacia él  para
besarla  como  hacía  horas  que  deseaba  hacer.  Seguro  que  luego  se
arrepentiría,  pero por  el  momento,  estaba en el  cielo.  Nick  se apartó
entonces un poco,  lo suficiente para poder  quitarle a ella la camiseta,  y
entonces fue él quien se quedó sorprendido. La noche en que se acostaron,
la habitación estaba muy oscura y apenas había podido apreciarla. Miley,
incómoda, se sonrojó e intentó recuperar su camiseta.
—No,  por  favor.  Deja  que  te  mire.  Eres  perfecta.  —La  recorrió
lentamente con la mirada y con las manos,  acariciando cada centímetro,
como si quisiera aprenderse sus formas de memoria—. Princesa, no tienes
ni  idea de todo lo que tengo ganas de hacerte.  Primero voy a tocarte,  a
acariciarte, después voy a besarte. Por todo el cuerpo. Y luego, cuando ya
no podamos aguantarlo más, haremos el amor. Hasta el amanecer.
—Hablas demasiado, Nicky.
Miley  lo  besó  como  nunca  antes  había  besado  a  nadie.  A  él  le
encantaba cómo  lo hacía,  cómo  su cuerpo se adaptaba al  suyo,  cómo
respondía a sus caricias, pero lo que más le gustaba era el calor que sentía
cuando lo llamaba «Nicky»; era como saber que todo iba a ir bien. Necesitaba
estar con ella,  tocarla,  saber que ella lo deseaba tanto como él.  Dejó de
besarla, tenía que recuperar un poco el control o todo acabaría demasiado
pronto. Sorprendida, Miley preguntó:
—¿Te pasa algo? —Le acariciaba la nuca y le besaba el cuello.
—No,  nada malo.  —Él  también le besaba el  cuello dirigiéndose hacia
los pechos.
—¿Y bueno? —Miley se estremeció al notar cómo le desabrochaba el
sujetador.
—¿Bueno?
Nick no tenía ni idea de lo que le preguntaba; apenas podía recordar
su propio nombre.
—Sí, tonto, ¿te pasa algo bueno? —Miley tenía el pulso acelerado y las
piernas ya no le respondían.
—Ah, sí, compruébalo tu misma. —Cogió la mano de Miley y la guió
hasta su entrepierna—. Tócame.
—Claro, siempre que tú hagas lo mismo.
Se atrevió a meter la mano por dentro del pantalón de Nick.
—Dios, Mils, para. No,  no pares.  Vamos a mi  habitación.  Quiero que
estés en mi cama ya.
La cogió en brazos, besándola con toda la pasión que sentía.
Y entonces sonó el  teléfono.  Los tres primeros timbrazos no los oyó
ninguno de los dos, pero el cuarto logró captar su atención.
—Nick, el teléfono. —Miley intentaba zafarse del abrazo para que él
pudiera contestar.
—No voy a cogerlo, ahora mismo estoy ocupado. —Siguió besándola en
el ombligo.
—Cógelo,  a lo mejor  es importante.  —Aunque la verdad era que no
quería que él dejara lo que estaba haciendo.
—Esto sí  que es  importante.  —Empezó a bajarle el  pantalón—.  Ya
saltará el contestador automático, princesa.
Y  eso  fue  exactamente  lo  que  pasó,  que  saltó  el  contestador
automático y Guillermo empezó a hablar por el  altavoz.  Nick  se quedó
paralizado.
—Hola, Nick, supongo que para variar no estás en casa. He llamado
al  móvil  y tampoco te he localizado,  supongo que estarás por  ahí,  con
alguno de tus ligues. —Al oír la palabra «ligues» Miley se separó de Nick
como si tuviera una enfermedad contagiosa—. En fin, sólo te llamaba para
preguntar  cómo estaba Miley,  ya sabes que es mi  debilidad.  No quiero
llamarla a ella para no parecer  el  típico hermano mayor  histérico,  pero
como lo soy, he decidido llamarte a ti. Volveré a intentarlo más tarde. Cuida
de mi pequeña. Adiós.
El pitido del contestador sacó a Miley del estado de trance en el que
había entrado.  Nick,  por  su parte,  estaba ya completamente vestido;
había recuperado su camiseta y su actitud de témpano de hielo al segundo
de oír la voz de Guillermo.
—Miley, vístete, por favor. —Le acercó el sujetador y la camiseta. Le
temblaba un poco el pulso, pero su cara no mostraba ninguna emoción más
allá del enfado y la vergüenza.
—¿Se puede saber  qué te pasa? ¿Por  qué pones esa cara? Nick,
respóndeme,  por favor.  No entiendo nada. Hace un momento,  estábamos
tan  bien,  y  ahora  parece  que  no  puedas  soportar  estar  en  la  misma
habitación que yo. —Notaba cómo la voz empezaba a temblarle de rabia y
de algo más complicado que por el momento no quería analizar—. ¿Es por
Guillermo?
Nick levantó la cabeza, que hasta ese momento había tenido entre
las manos, y la miró. Durante un segundo fue como si quisiera abrazarla,
pero en seguida desvió la mirada hacia el despertador y respondió:
—No.
—¿NO?
—Está bien, sí, pero sólo en parte. —Se levantó de la silla y empezó a
pasear  por  la habitación—. No sé qué me pasa contigo,  pero me está
volviendo loco y no me gusta nada.  Nada.  Cuando eras pequeña ya me
pasaba.  Siempre estaba preocupado por  saber  dónde estabas,  si  te veía
sonreír me ponía nervioso, Dios, incluso le hablé de ti a Nana. Cuando había
tan mal ambiente en casa, pasar un rato contigo bastaba para que volviera
a tener un poco de confianza en el amor. Hubo un momento en que pensé
que era tan evidente lo que me pasaba que si  la policía lo descubría me
arrestarían.  —Miley  estaba  paralizada,  no  se  atrevía  a  interrumpirle—.
¿Sabes que cuando vine a vivir a Inglaterra te echaba de menos? Tú eras
una adolescente y yo te echaba de menos; patético.
—No  es  patético.  A mí  también  me  pasaba  todo  eso.  —Miley  se
levantó y  empezó a andar  hacia  él.  Decidió ser  igual  de sincera—. Yo
también me estoy volviendo loca, también te echaba de menos y aún me
pongo nerviosa si me sonríes. —Se atrevió a poner la mano en su espalda y
notó que estaba rígido.
—No lo entiendes,  Miley, yo no quiero sentirme así.  He visto lo que
hace el amor, he visto cómo aniquila todo lo que toca y no lo quiero en mi
vida. Ni ahora ni nunca. No soy capaz. —Sonrió, una sonrisa que a Miley le
rompió el  corazón—. Hasta ahora me ha ido bien, siempre he estado con
mujeres que sólo querían pasar el rato, divertirse. Contigo no sé si podría
controlarlo. Y si saliera mal, no sólo nos haríamos daño, sino que perdería al
mejor amigo del mundo, y tu familia nunca podría perdonármelo.
Se apartó de ella.
—¿No has pensado que podría acabar bien? ¿Que podrías ser feliz? —
Miley se notaba los ojos llenos de lágrimas que no tenía ninguna intención
de derramar.
—El  riesgo no merece  la pena.  —Suspiró y  cerró los  párpados  un
instante—. Creo que lo mejor será que no volvamos a estar solos. Está visto
que eso nos trae problemas. Mira, en estas últimas semanas casi no hemos
coincidido, de modo que lo único que tenemos que hacer es seguir así hasta
que te vayas. —Al ver que ella no decía nada, preguntó—: ¿En qué piensas?
—Pienso que eres un cobarde y un exagerado. Podríamos intentarlo. La
vida no es un culebrón; si sale mal, mi hermano no vendrá a matarte o a
pedir que te cases conmigo. Y si sale bien, ¿quién sabe?, a lo mejor incluso
eres feliz. Nicky, cariño —añadió—, nunca he sentido por nadie lo que siento
por ti. Ni cuando era pequeña ni ahora. —Intentó abrazarlo, pero él volvió a
apartarse, y entonces ella comprendió que nada de lo que pudiera decir o
hacer lo haría cambiar de opinión.
—No.  Prefiero  dejar  las  cosas  como  están.  Lo  mejor  es  que  nos
vayamos a dormir. —Se levantó y le abrió la puerta de la habitación—. Esto
ha sido un error, sólo tenemos que olvidarlo y actuar como compañeros de
piso. Mañana será otro día.
Viendo que Nick daba por terminada la conversación, Miley lo miró
una vez más a los ojos, para ver si veía algo que le recordara al hombre que
hacía sólo unos minutos la besaba como si  la necesitara para sobrevivir.
Pero él ya no estaba allí. Entonces decidió decirle lo del piso.
—Esta semana he visto unos cuantos pisos que podría alquilar.
Si a Nick le sorprendió la noticia, lo disimuló a la perfección.
—No es necesario —dijo tras unos segundos.
—Sí lo es.
—Puedes quedarte aquí. —Nick se frotó los ojos—. No me importa.
—A mí  sí. —Miley se obligó a mantener la mirada fija en sus ojos—.
Supongo que la semana que viene ya lo tendré todo listo, entonces me iré.
—Él seguía sin inmutarse—. Como mañana es sábado, si quieres me iré a
pasar el fin de semana a casa de Anthony.
Al  oír el  nombre de su amigo,  a Nick  le tembló un músculo de la
mandíbula.
—Ya te he dicho que no es necesario. —Apretaba el pomo de la puerta
con tanta fuerza que empezaba a tener los nudillos blancos—. No creo que
a él le guste ser plato de segunda mesa.
De la rabia que sintió, a Miley se le llenaron los ojos de lágrimas, pero
se negó a derramar  ninguna delante de Nick  e irguió en cambio la
espalda para contestarle:
—Mira, una cosa es que tú seas un cobarde y que sólo te encuentres
cómodo acostándote con mujeres por las que no sientes nada. Pero no te
atrevas a insinuar que yo hago lo mismo. —Estaba furiosa, y al ver que a él
le dolía esa acusación, sintió un poco de alivio.
—Lo siento, no quería decir eso —se disculpó Nick a media voz. En
el  mismo instante en que pronunció las  palabras,  sabía que se estaba
equivocando. Miley era incapaz de utilizar a Anthony, pero una parte de él
había querido hacerle daño, había querido que ella dejara de mirarlo con
aquellos ojos llenos de comprensión, porque sabía que, de lo contrario, él no
iba a poder alejarse.
—Yo en cambio sí quería decir lo que he dicho. —Y con esto, salió de la
habitación sin mirar atrás.
Como era de esperar, ninguno de los dos durmió.
Nick  pasó toda la noche recordando cómo las discusiones de sus
padres le había arruinado la infancia, pero si era sincero, eso no había sido
lo  peor.  Lo  peor  había  sido  ver  cómo  su  padre,  aún  completamente
enamorado de su mujer, se había ido consumiendo hasta morir. A Rupert
Trevelyan no le había importado nada, ni su propia madre, que lo apoyaba,
ni su hijo. Se había dedicado a beber hasta perder el sentido y, cuando lo
consiguió,  decidió que ese estado etílico se iba a convertir en su estado
habitual. Incluso ahora, Nick tenía que esforzarse por recordar a su padre
sobrio. Por suerte, Nana siempre había estado a su lado, y lo ayudó a no
odiarlo. Con Miley entre sus brazos, sentía como hacía años que no sentía.
No sólo porque lo excitaba más allá de la razón, sino porque con ella tenía
ganas de temblar, de emocionarse, de arriesgarse a bajar la guardia; pero si
valoraba todas las consecuencias,  bueno,  era mejor  así.  Sí,  sin duda no
arriesgarse era la mejor decisión. No entendía por qué el corazón le daba un
vuelco al pensarlo, y por qué su entrepierna se negaba a aceptarlo. En fin,
ya lo lograría de alguna manera.

What A Feeling- Capitulo 27


Nick sonrió.
Esa tarde, Miley fue a visitar un par de pisos más y, cuando le contó a
Anthony lo de los e-mails, casi le dio un ataque de risa. Cuando consiguió
calmarse, lo único que dijo fue:
—¿Lo ves, Miley? Yo tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo de Nick. Sabía que estaba loco por ti.
Ella decidió ignorar ese comentario, pero tenía que reconocer que cada
vez tenía menos ganas de encontrar el piso perfecto.
El jueves, a eso de las tres, Miley aún no había recibido ningún e-mail
y supuso que Nick ya se había cansado, pero a las tres y media vio que
se había equivocado:
Oh, bella doncella, estoy preso en una celda con el malvado tirano Sam
y la bruja Amanda. ¿Seríais tan gentil de venir a rescatarme? Os prometo
que luego os llevaré a la mejor posada del feudo.
SIR NICK (caballero de la Mesa Redonda)
Miley tuvo que morderse los labios para no reír. Se había olvidado de
que Nick  y Sam tenían una reunión muy importante,  y seguro que no
había tenido ni un momento libre. Contestó en menos de dos minutos:
Oh, sir Nick, me temo que deberéis liberaros solo. Me atrevería a
sugerir que utilicéis vuestra espada, pero una doncella como yo no sabe de
esas cosas.
LADY MILEY
Nick se sonrojó al leerlo, y cuando Sam le preguntó qué pasaba, lo
único que se le ocurrió decir fue que tenía calor. Y vaya si lo tenía. Miley
seguía sin querer hacer nada con él, pero al menos esa vez había tardado
menos de dos horas en contestar, lo cual ya era una victoria. Esa noche, él
volvió a llegar tarde y, muy a su pesar, vio que Miley ya se había acostado.
Al día siguiente volvería a intentarlo.
El  viernes a las nueve de la mañana Miley abrió ansiosa su correo
electrónico y vio que aún no había recibido ningún e-mail de Nick. Tal vez
se lo enviaría más tarde. A las once seguía sin haber recibido nada. Ni a las
once y media. Se juró a sí misma que no volvería a consultar el correo hasta
las doce y media y se obligó a esperar hasta entonces. A esa hora sí había
un e-mail de Nick:
Echo de menos hablar contigo.
NICK
Miley  casi  se  cayó  de  la  silla.  Los  otros  mensajes  habían  sido
simpáticos,  medio en broma.  Aquello no se lo esperaba.  Antes  de que
pudiera pensarlo mejor, contestó:
Yo también.
MILEY
Nick abrió el mensaje de Miley y respiró aliviado. Se había pasado
toda la noche pensando qué escribir.  Nada le parecía lo suficientemente
ingenioso, así que al final optó por decirle sinceramente lo que pensaba. Por
suerte, Miley había sido igual de sincera y por fin había bajado un poco la
guardia. Como no quería que ella tuviera tiempo para cambiar de opinión, le
mandó en seguida otro e-mail.
Llegaré tarde a casa.
¿Te importaría esperarme despierta?
Nicky
Cuando Miley vio que él le había mandado otro e-mail en apenas cinco
minutos de diferencia, le dio un vuelco el corazón. Sonrió no sólo por lo que
le  decía,  sino  también  porque  había  firmado  «Nicky».  Ella  sólo  lo  había
llamado así la noche que se acostaron. No estaba segura de qué pretendía
Nick con ese cambio de actitud, pero decidió arriesgarse.
Te esperaré.
MILEY
Miley pensó que si tenía que esperarlo, bien podía hacerlo con estilo, y
decidió cocinar algo.  A ella siempre le había gustado cocinar, la relajaba;
muchas de las mejores decisiones que había tomado en su vida, las había
tomado delante de un horno o unos fogones. Por su parte, Nick se pasó
toda la reunión mirando el  reloj.  Cuando por  fin terminó,  se despidió de
todos los directivos sin perder un minuto y salió a toda prisa del  edificio.
Estaba impaciente por  llegar  a casa y hablar  con Miley.  Lo tenía todo
pensado;  primero se disculparía otra vez por  lo de esa noche,  luego se
disculparía por su comportamiento de las últimas dos semanas, y más tarde
le  advertiría  sobre  Anthony.  Seguro  que,  después,  todo  volvería  a  la
normalidad: ellos dos serían amigos de nuevo y, dentro de más o menos
cuatro meses, ella regresaría a Barcelona y él seguiría allí, con su corazón
intacto y su vida tal como a él le gustaba.
—¿Hola? —saludó Nick al abrir la puerta.
—Hola, ¿qué haces ahí quieto en la entrada? ¿Te pasa algo? —Miley
había salido de la cocina.  Llevaba un pantalón de algodón gris con una
sudadera  rosa  que le dejaba  un hombro  al  descubierto,  y  blandía  una
cuchara en la mano.
—No. No me pasa nada. ¿Ese olor viene de mi cocina?
—Sí. Hacía tiempo que me apetecía comer lubina al horno y hoy me he
decidido a prepararla. Espero que te guste.
—Sí,  claro.  Me sorprende que el  horno funcione,  creo  que eres  la
primera persona que lo utiliza. Huele muy bien.
—Gracias.  La verdad es que me ha costado un poquito encenderlo,
pero ahora lo único que me falta es poner la mesa. ¿Quieres cenar conmigo
o ya has cenado? —Miley volvió a la cocina para comprobar que el pescado
estuviera en su punto.
—No.  Quiero decir,  sí.  —Nick  titubeaba,  no tenía ni  idea de cómo
reaccionar. El discurso que había preparado se le olvidó por completo y en
lo único que era capaz de pensar era en dos cosas: la primera, Miley iba
vestida con una camiseta que daba ganas de empezar a besarle el hombro,
el cuello... y la segunda, tenía que cambiar la dirección de su pensamiento o
iba a tener problemas. Ellos dos sólo iban a ser amigos.
—No  te  entiendo.  —«Cosa  que  ya  es  habitual»,  pensó  Miley—.
¿Quieres o no quieres cenar?
—Sí, quiero cenar. No, no he cenado antes, y si me das cinco minutos,
me cambio de ropa y pongo la mesa. ¿Te parece bien?
—Sí, me parece perfecto, pero que sean dos minutos, el pescado casi
está.
En su habitación, Nick se cambió de ropa, se puso un pantalón de
algodón que utilizaba a veces para ir a correr,  y una camiseta,  e intentó
borrarse de la cabeza la insinuante imagen del hombro de Miley. No pudo.
Salió de la habitación y puso la mesa.
—¿Puedo hacer algo más? —preguntó luego.
—No, ya está. Siéntate. Pero luego tú te encargas de recoger los platos
y limpias la cocina.
—Claro,  si  tú cocinas,  yo limpio.  Como debe ser,  ¿no? —dijo él,  y le
guiñó un ojo.
Miley sirvió la comida y los dos empezaron a cenar.  Nick  fue el
primero en romper aquel cómodo silencio:
—¿Aún sigues enfadada?
—Nunca he estado enfadada. —Al ver que él levantaba una ceja añadió
—: Es sólo que, en estas últimas dos semanas, no hemos coincidido mucho.
—Miley había decidido seguir los consejos de Anthony y fingir que ella no lo
había echado de menos.  Según Anthony,  nada ponía más nervioso a un
hombre que sentirse ignorado.
—Ya. —Como no sabía qué más decir, optó por seguir con el pescado.
—Esto era lo que querías,  ¿no?  —Miley bebió un poco de agua y
continuó—: Volver a tener tu espacio, recuperar tu vida. Al menos eso me
pareció entender, y creo que tenías toda la razón. —No estaba dispuesta a
que él creyera que ella no pensaba lo mismo que él.
Nick  la miró estupefacto.  Se había estado comportando como un
idiota; la había estado evitando para nada. Entonces se dio cuenta de que
había música, y sonrió.
—¿Sinatra?
—Sí, es ideal para cocinar y para bailar. Tiene un ritmo especial, como
si te guiara. No sé.
—¿Sabes  que eres  la única persona que conozco que considera la
música de ese modo? En fin, creo que sólo hay una manera de comprobar
tu teoría de Sinatra y,  como no tengo ni  idea de cocinar,  ¿quieres bailar
conmigo?
Nick se levantó de su silla y le tendió la mano mientras sonaba Fly
me to the moon.
—¿Te has vuelto loco? ¿Bailar aquí?
—Sí, claro. Vamos, no seas cobarde. —La miró a los ojos, desafiándola.
—Está bien, pero luego no digas que soy yo la que hace cosas raras.
Se levantó de la silla y aceptó el reto.
Miley estaba de pie frente a Nick. Él le cogió las manos y las colocó
alrededor de su cuello y, con las suyas, le recorrió lentamente la espalda
para acabar apoyándose justo en sus caderas.
—Miley, te he echado de menos.  Baila conmigo.  Por favor. —Nick
sabía que eso le iba a causar problemas, y que era justo lo que no tenía que
hacer, pero no pudo evitarlo.
—Yo también te he echado de menos.