sábado, 29 de septiembre de 2012

What A Feeling- Capitulo 6



Nick le enseñó la habitación que iba a ocupar durante los seis meses. Era una habitación pequeña que seguro que él había estado utilizando como trastero, pero la cama era preciosa, y las sábanas combinaban con las cortinas que cubrían una ventana que daba a un pequeño jardín interior.
Miley lo miró sorprendida.
—Lo escogió Silvia —dijo Nick contestando a la muda pregunta que ella le había formulado con los ojos—. La mujer de Sam, el director de la revista.
—Dale las gracias de mi parte y dile que tiene muy buen gusto. —Miley se sentó en la cama. Era muy cómoda.
—Se lo podrás decir tú misma. Ellos también están impacientes por conocerte. —Nick se pasó las manos por el pelo—. Voy a salir a comprar, ¿te apetece algo en particular?
—Lo mismo que tú estará bien. —Miley hizo el gesto de coger su bolso pero la mano de Nick se cerró encima de la de ella.
—Espero que fueras a coger el móvil, porque si ibas a darme dinero tendré que adoptar medidas drásticas.
Volvió a guiñarle el ojo mientras con el pulgar le acariciaba el interior de la muñeca.
—¿Cómo de drásticas? —No podía creer que acabara de decir eso. ¿Cuándo había aprendido a flirtear?
Nick la soltó y se apartó de ella.
—No lo sé, pero seguro que se me ocurriría algo.
______

Miley se despertó desorientada. ¿Dónde estaba? Se levantó para ir al baño y, cuando se tropezó con su maleta, se acordó.
Londres. Nick.
Bueno, tenía que ducharse, cepillarse los dientes e intentar disimular las ojeras que seguro tenía. Sus dos hermanas, Martina y Helena, se despertaban siempre frescas como una rosa, herencia de su abuela materna. Pero lo único que Miley había heredado de su abuela era su afición al chocolate. La genética tiene un extraño sentido del humor. Abrió la maleta y rebuscó entre su ropa hasta encontrar el neceser; cogió lo que necesitaba y se dirigió al baño. Cuando abrió la puerta, se despertó de golpe.
—Buenos días. ¿Has dormido bien?
Nick estaba de pie delante del espejo, afeitándose, recién duchado. Llevaba únicamente una toalla atada a la cintura. Por la mente de Miley empezaron a desfilar imágenes de anuncios de colonias, de 9 semanas y media y de Dirty Dancing. Tenía que contestar algo, pero con aquellas gotas de agua que resbalaban por la espalda de Nick reclamando su atención no tenía ni idea de lo que él le había preguntado. Ante la duda, optó por lo seguro, no contestar nada.
—Buenos días. Iba a ducharme. Volveré más tarde —dijo ella dándose ya media vuelta.
—No te preocupes, yo ya me iba. Pasa. Entra y dúchate tranquila mientras yo preparo el desayuno. ¿De acuerdo?
Nick se echó agua en la cara, cerró el grifo y salió sin esperar a que Miley le contestara.
«Miley, tienes que serenarte —pensó ella para sí misma—. Martina y Helena tienen razón, hace demasiado tiempo que no sales con chicos; basta con que veas a uno medio desnudo para que no sepas ni caminar. Claro está que el espécimen que tienes delante es extraordinario. Menuda espalda, eso debería estar prohibido. En fin, lo mejor que puedes hacer es ducharte.»
Mientras seguía aleccionándose a media voz, se fue desnudando, y sólo calló para abrir el agua. Tenía que hacer un esfuerzo y tratar a Nick como si fuera su hermano. Lo conocía desde pequeña y ahora ya no era una adolescente; era perfectamente capaz de controlar la atracción que sentía por él. Tampoco había para tanto, seguro que durante aquellos meses conocería a alguien y ella y Nick sólo serían amigos.


Nick se vistió, ¿estaba hablando sola? Sonrió. Según Guillermo, Miley solía hacerlo a menudo. Aún se acordaba de un día de verano en que la oyó sermonearse durante horas por haber comido demasiado helado. Ante el recuerdo, sus labios esbozaron una sonrisa, y se dirigió hacia la cocina. Buscó la tetera, dos tazas y preparó unas tostadas; debería tener naranjas, pero estaba convencido de que en algún lugar había zumo, así que empezó a abrir los armarios de la cocina. Como era sábado y no tenían que trabajar, Nick pensó que podrían aprovechar el día para que Miley conociera un poco la zona o, si ella lo prefería, podían ir a Bath, a visitar a su abuela, y quedarse allí hasta el domingo. Sí, ése era un buen plan, llamaría a Nana en seguida. Se dio la vuelta tan rápido que chocó de frente con su invitada.
—Lo siento, no te había visto.
—No pasa nada. —Aún un poco nerviosa, se puso las manos en los bolsillos—. ¿Has preparado el desayuno?
Ahora que se había vestido, ya se veía capacitada para hablar con él. Se había duchado en un tiempo récord, y se había puesto sus vaqueros favoritos y un jersey ajustado negro, de lana muy fina. Siempre que llevaba ese jersey se sentía muy atractiva, era ceñido donde tenía que serlo y, citando a Marc, su terrible hermano: «Es una de esas prendas que hacen que un hombre se pregunte qué hay debajo». Se había secado el pelo y pintado un poco; si tenía que ir a la guerra, tenía que equiparse, ¿no? Lo único que desestimó antes de salir de la habitación fueron las botas, no quería parecer demasiado arreglada, así que optó por dejarse puestas las zapatillas.
—Nick, ¿quieres que te ayude? —Vio que él se movía por la cocina como si buscara algo.
—Lo siento, estoy buscando mi teléfono móvil, ¿dónde lo habré dejado? —contestó él levantando los cojines del sofá, desplazando así la búsqueda hacia la sala de estar.
—Está aquí, junto a la tostadora. —Miley lo cogió y se lo entregó ante el asombro de su dueño.
—Gracias, he debido de dejarlo ahí cuando preparaba el desayuno. —Nick no estaba acostumbrado a olvidar dónde dejaba las cosas, siempre sabía dónde estaba todo y nunca era desordenado.
Pero esa mañana no era él mismo; no había logrado recuperarse de la visita de Miley al cuarto de baño. No sabía si ella se había dado cuenta, pero ver cómo sus ojos le recorrían la espalda le había provocado una reacción más que evidente y, al contar sólo con la protección de una toalla, había decidido salir de allí corriendo.
Miley tenía los ojos negros. Nick no conocía a nadie más con ese color de ojos. Eran impresionantes, y cada vez que él se topaba con esa mirada, su infrautilizado corazón daba un vuelco; tenía la sensación de que ella podía ver todos sus secretos. Pero si el único problema fueran sus ojos, quizá podría evitar reaccionar ante su presencia. Por desgracia, esa sonrisa tan pícara y esa melena rebelde que se empeñaba en taparle la cara, también le resultaban muy difíciles de resistir. Miley no se parecía en nada a las mujeres que a él solían gustarle. Más bien era todo lo contrario; no muy alta, delgada y con las piernas más increíbles que había visto jamás. Llevaba el pelo a la altura de los hombros y su color, un castaño cobrizo, distaba mucho del de las rubias con las que él acostumbraba a salir. Nick no lograba identificar qué era lo que tanto lo atraía de ella, pero sabía que no iba a hacer nada al respecto. Llamaría a Michael, saldrían y así Miley podría conocer a más gente y ya no dependería tanto de él. Con lo simpática que era, seguro que pronto tendría muchos más amigos que él.

What A Feeling- Capitulo 5



—Sí. —Al ver que él no decía nada más, ella añadió—: Pesa mucho, pero es muy fácil de arrastrar, ¿ves? —Dio un empujoncito a la maleta. Si no mantenía la mente ocupada, no lograría calmar a los búfalos.
—No te preocupes. Yo la llevo. —Nick cogió el asa—. Pero antes que nada, bienvenida a la capital del imperio británico. —Y agachándose, le dio un beso en cada mejilla.
Miley se quedó inmóvil. Aquellos dos besos fueron una tontería, los típicos besos con los que se saluda a alguien en las bodas, o cuando hace tiempo que no se ve a un amigo, o cuando felicitas a una amiga por su cumpleaños. Una tontería. Pero los búfalos volvieron a descarriarse. Olía muy bien.
—Gracias —respondió ella fingiendo no haberse inmutado—. Y gracias por venir a buscarme. No hacía falta que te molestaras.
—Claro que hacía falta. ¿Acaso quieres que Guillermo me mate la próxima vez que nos veamos? —añadió él con una sonrisa—. Además, no es ninguna molestia. Vamos, seguro que estás cansada.


Salieron de la terminal y se dirigieron hacia el coche de Nick. Como en todos los aeropuertos de las grandes ciudades, había muchísima gente, muchos coches y mucho tráfico. Tardaron más de media hora en salir de aquel caos y en todo ese rato Nick le estuvo preguntando cómo había ido el vuelo y si ya se había recuperado del todo del accidente.
—La verdad es que sí —contestó Miley—. Fue una tontería, pero con dos dedos rotos y el tobillo dislocado tuve que hacer mucho reposo, y eso casi me vuelve loca.
—¿Ya no lees? —preguntó él.
—¿Perdona?
—Te he preguntado si ya no lees. Me acuerdo que de pequeña siempre llevabas un libro entre las manos.
Miley se quedó perpleja y tardó unos segundos en contestar.
—Sí, aún leo. Mucho. —Se sonrojó. ¿Cómo podía ser que se acordara de eso?—. Demasiado, según mi madre.
—¿Demasiado? —Nick levantó una ceja sin apartar la vista del tráfico.
—Sí, bueno, ya sabes. —Levantó las manos como para justificarse—. Mi madre cree que debería salir más. ¿Falta mucho? —preguntó de repente, no porque tuviera prisa por llegar, sino porque quería cambiar de tema. No iba a contarle que uno de los motivos por los que leía tanto era porque tenía casi todas las noches libres.
—No demasiado. Mi apartamento está muy cerca de Covent Garden. Por desgracia, ahora es una zona muy turística, y muy cara, pero a mi abuela y a mí nos gustó mucho y decidí alquilarlo.
—¿Tu abuela sigue viva?
—Claro que sí. Estoy convencido de que Nana ha hecho un pacto con el diablo y que nos enterrará a todos. —Tomó la siguiente salida y entró en la ciudad—. ¿Conoces a Nana?
—No, pero me acuerdo de que cuando éramos pequeños solías hablar de ella, y como mis abuelos ya han muerto creí que... ya sabes.
—Siento lo de tus abuelos. Guillermo siempre me ha mantenido al tanto de las cosas que sucedían en vuestra la familia. A él le afectó mucho la muerte de tu abuelo.
—Sí, tenían una relación muy especial. —Miley fijó la vista en el paisaje. Siempre se emocionaba al hablar de sus abuelos.
Nick se dio cuenta y decidió tratar de animarla.
—Nana vive en Bath. ¿Te gustaría conocerla? —Al ver que ella asentía, añadió—. Si quieres podríamos ir a verla este fin de semana, o el próximo. Seguro que ella estará encantada de conocerte.
—Por mí estupendo, pero no quiero causarte ninguna molestia. Seguro que tú ya tienes planes para el fin de semana, y yo puedo arreglármelas sola.
—No digas tonterías. —Nick pensó en que había quedado con Jack y sus amigos para cenar, pero sabía que a ellos no les importaría que no fuera—. Si mañana no estás cansada, la llamo y vamos. ¿De acuerdo?
Nick le tocó el brazo con la mano para que ella se volviese hacia él.
—De acuerdo —respondió Miley.
—Además, también hay un montón de gente impaciente por conocerte. Todos mis amigos sienten curiosidad por ver a la «hermanita» de Guillermo.
—¿Ah, sí?
—Sí, digamos que tu hermano ha causado sensación en cada una de sus visitas. Pero me temo que no puedo contártelo. Ya sabes, no quiero perder ningún brazo. —Le guiñó un ojo.
Miley se rió y Nick se alegró de que ya no estuviera tan pensativa.
—Sí, tienes razón. Guillermo es un poco... quisquilloso con sus cosas.
—¿Quisquilloso? Yo lo definiría de otro modo, pero como es tu hermano...
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —Nick entró en la calle donde estaba el garaje en el que tenía alquilada plaza para el coche.
—¿Eres tan reservado como Guillermo?
—Peor —respondió sin pensar.
—¿Peor? —Miley se quedó perpleja—. Me acuerdo que de pequeño eras incapaz de guardar un secreto y que nunca te importaba hablar de tus ligues. —Por mucho que eso le doliera a ella.
—Ya, bueno. Ha pasado mucho tiempo y... —Se quedó en silencio un momento—. He cambiado. El Nick que tú recuerdas ya no existe.
¿A qué venía esa frase?, pensó Miley.
—¿No existe?
—No.
Nick aparcó el coche y paró el motor. Miley puso una mano encima de la de él, que aún mantenía sobre el cambio de marchas. Fue como si esa caricia le recordara que no estaba solo. Sacudió la cabeza y, cuando la miró, toda su seriedad había desaparecido.
—No me hagas caso. Estoy cansado. —Abrió la puerta—. ¿Vamos? Mi casa está a dos minutos de aquí. Si te apetece, de camino podemos comprar algo para cenar. Me temo que no he tenido tiempo de llenar la nevera antes de tu llegada.
Miley salió también del coche y cogió el bolso que había dejado en la parte de atrás. Él ya había sacado la maleta y se disponía a arrastrarla.
—No pasa nada. Si quieres, el lunes yo puedo ir a hacer la compra. Como no me vas a dejar pagar ningún alquiler, así podría compensarte.
—No hace falta.
Iban caminando por una calle adoquinada, acompañados por el ruido de las ruedas de la maleta.
—Ya sé que no hace falta. Pero me encanta cocinar, y me sentiré mucho mejor si puedo ayudar en algo.
—De acuerdo. Pero que conste que no hace falta. —Nick se detuvo delante de una puerta de color naranja y empezó a buscar la llave por todos sus bolsillos—. ¿En serio te gusta cocinar?
Miley estaba embobada mirando aquella fachada tan colorida y aquella puerta tan chillona.
—Sí. ¿Ésta es tu casa? —Señaló con el dedo—. ¿Naranja?
—A mí no me mires. Ya estaba así cuando la alquilé. Cuando te acostumbras no está tan mal. Los repartidores la encuentran con facilidad. —Ladeó un poco el labio superior para sonreír.
—No, si me gusta, me gusta mucho. Es sólo que me extraña que a ti te guste. Pareces tan serio; de pequeño creo recordar que eras «naranja», pero ahora definitivamente no, aunque no sé qué color eres... verde quizá. Siempre me ha gustado relacionar a las personas con colores. —Miley empezó a sonrojarse al acabar la frase.
—¿Verde? ¿Se puede saber por qué ya no soy naranja? —Nick encontró la llave y satisfecho con ese pequeño triunfo, la sacó del bolsillo y abrió la puerta—. Dejo la maleta y mientras tú te instalas iré a comprar unos bocadillos aquí al lado. ¿Te parece bien?
—Perfecto. —Miley lo miró a los ojos y sintió un gran alivio al no tener que contestar a su pregunta sobre los colores—. ¿Seguro que no tienes ningún plan para esta noche? Yo puedo quedarme aquí sola. La verdad es que estoy tan cansada que me dormiré en seguida.
—Seguro. Vamos, no te preocupes. —Casi sin ser consciente de lo que hacía le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Además, quiero que me cuentes toda esa teoría tuya de los colores.
El alivio había durado muy poco.

What A Feeling- Capitulo 4




Londres, tres semanas más tarde

Nick se pasó toda la mañana revisando los últimos detalles de la edición de esa semana. The Whiteboard, la revista en la que trabajaba, empezaba a funcionar.
Había nacido como una pequeña publicación semanal independiente que contenía tanto artículos políticos como de economía o sociedad. Pertenecía a un grupo editorial especializado en periódicos y con The Whiteboard querían abrir una nueva línea de negocio. En un principio, no habían escatimado recursos, pero si no tenían beneficios pronto, tampoco dudarían en cerrarla. El director era Sam Abbot, uno de los mejores periodistas y editores del Reino Unido. Nick llevaba años «soportándolo»; de hecho, se habían hecho amigos años atrás, cuando Sam lo rescató y le ofreció trabajo en el periódico que entonces dirigía. Cuando tomó las riendas de la revista, no dudó en confiarle a Nick el cargo de editor jefe. Al principio, a Nick le había entusiasmado la idea. Ahora seguía entusiasmándole, pero a menudo tenía la sensación de que toda su existencia se centraba en esa revista, y si algo le había enseñado su abuela era que la vida era mucho más que trabajo.
Tenía la sensación de que se le olvidaba algo, pero no lograba averiguar qué era; ¿llamar a su abuela? No, había hablado con ella el día anterior, y quedaron en llamarse el sábado. ¿Encontrarse con Jack en el gimnasio? Tampoco. Abrió la agenda del ordenador. ¡¡Mierda!! A las seis de la tarde, la hermana de Guillermo llegaba al aeropuerto. ¿Qué hora era? Las cinco y media. Se levantó de un salto, cogió el abrigo y echó a correr. ¡Vaya desastre! Era imposible que llegara a tiempo, el primer día y ya iba a quedar mal con Miley. ¡Típico de él! Rezó para que el avión llegara con retraso, pero con la suerte que tenía últimamente, seguro que incluso se adelantaría.


Miley se despidió de sus padres y de su hermano mayor —por enésima vez— delante del control de pasaportes. Por suerte, sus otros hermanos no habían podido ir al aeropuerto, porque si llegan a estar todos allí, tal vez no habría subido al avión. Cuando por fin se sentó en su asiento, 22B, pasillo, sacó la libreta y un bolígrafo de su bolso. Siempre viajaba con una de esas libretas negras. Bueno, la verdad era que siempre llevaba una en el bolso. A pesar de haber estudiado diseño gráfico y de ser una enamorada de las nuevas tecnologías, creía que anotar sus pensamientos, o lo que era lo mismo, sus neuras, en una libreta era mucho más romántico.
En ese momento podría llenar todas las páginas con las preguntas y los miedos que la inundaban. Una parte de ella sabía que aceptar ese trabajo en Londres, aunque fuera sólo por seis meses, era lo mejor que podía hacer; en Barcelona no tenía nada, y era una oportunidad única de mejorar su currículum. Pero había otra parte de ella que tenía miedo de los cambios; tenía miedo de no hacer bien ese trabajo, tenía miedo de haberse equivocado y, sobre todo, tenía miedo de reencontrarse con Nick. ¿Y si era aún más encantador que de adolescente y ella perdía la cabeza por él de nuevo? Empezó a escribir todo eso, y cuando la voz del piloto anunció que en diez minutos iban a aterrizar, se dio cuenta de que la cosa no era tan grave; no iba a pasar nada.
Seguro que aprendería mucho en el trabajo, haría nuevos amigos y conocería a fondo una ciudad que siempre le había encantado. Si las cosas no iban bien, siempre podía regresar. Total, Londres y Barcelona estaban a dos horas de avión, y había un montón de vuelos cada día. Esos seis meses no tenían por qué cambiar su vida en absoluto.


Miley descendió del avión sin prisa, nunca había logrado entender a esa gente que baja corriendo, aun a sabiendas de que todos van a tener que detenerse en el control de pasaportes. Llegó a la cinta y vio que su maleta todavía no estaba entre las afortunadas, pero por suerte no tardó demasiado en aparecer y a eso de las seis y media ya estaba plantada, esperando en mitad del aeropuerto. Su hermano le había dicho que Nick iría a buscarla. Ella le dijo que no era necesario, que era perfectamente capaz de coger un taxi o un autobús y llegar sola al piso de él, pero Guillermo le había recordado que Nick era su mejor amigo, y que de ningún modo iba a permitir que su hermana tuviera que hacer todo ese periplo sola. Así que Miley empezó a observar a todos los hombres de unos treinta años que veía por allí. No, o Nick había cambiado mucho desde las Navidades o aún no había llegado. Ella hacía trece años que no le veía, pero su hermano había estado con él en Roma unos días antes de las fiestas navideñas. Sólo de pensar en esa fotografía de los dos juntos, Miley se sonrojó. Debería estar prohibido que el primer chico que te gusta y te ignora se convierta en uno de los hombres más atractivos que conoces. Pero en fin, seguro que sólo era fotogénico.


Nick llegó a Heathrow exactamente a las siete. Una hora tarde. No sólo había encontrado tráfico, sino que además había tenido que pelearse por una plaza de aparcamiento. Se había puesto tan nervioso, que hasta había empezado a sudar, cosa que en Londres, en esa época del año, era casi imposible. Para ver si lograba calmarse un poco, se quitó la corbata, que sólo llevaba los días que tenía reunión, se desabrochó dos botones de la camisa y corrió hacia la terminal.


Miley llevaba media hora allí de pie, sin rastro de Nick, y al final decidió sentarse; le dolía un poco la espalda de arrastrar la maleta. Además, así podría buscar el móvil para llamarlo y decirle que ya había llegado. Tal vez estuviera esperándola en otra terminal. Pero al llegar al banco que había junto a una de las puertas automáticas se quedó paralizada. ¿Aquel chico que se pasaba las manos por el pelo e intentaba recuperar la respiración era Nick? Imposible. Su teoría de la fotogenia se desmoronó por completo y Miley tuvo que hacer un esfuerzo por recordarse que tenía veintiséis años, no trece.
—¿Nick?
Él se dio la vuelta y a Miley se le cortó la respiración.
—¿Miley? ¿Eres tú?
Ella tardó unos segundos en contestar. Su mente no paraba de repetirle: tranquila, imagina que estás hablando con Guillermo. Pero le fue imposible. Miley siempre había pensado que, si volvía a verlo, sentiría como un revoloteo de mariposas en el estómago, pero en eso también se había equivocado. ¿Mariposas? Era como tener una estampida de búfalos en su interior. Se acordaba de que Nick tenía los ojos verdes, pero se había olvidado de lo impactantes que eran, con esas vetas doradas en el iris. Era mucho más alto que ella, seguro que llegaba al metro noventa, como Guillermo, y tenía los hombros más anchos que había visto nunca, al menos tan de cerca. Se acordó de que su hermano le había dicho que Nick practicaba remo y en ese instante dio gracias al inventor de ese extraño deporte; Nick tenía los brazos y la espalda más sexys del mundo. Miley decidió que lo mejor sería apartar la mirada de aquellos pectorales, pero eso tampoco ayudó mucho, pues el estómago y las piernas eran igual de impresionantes. Hizo un esfuerzo por controlar la estampida que corría desbocada por su interior y levantó la vista. Nick seguía pasándose la mano por el pelo y le consoló ver que éste continuaba igual; todavía lo tenía de aquel color castaño miel, como entonces, cuando, al llevarlo demasiado largo, un mechón rebelde le caía sobre los ojos. Ahora lo llevaba corto, pero ese mechón seguía incordiándole. Sonrió, y cuando él le devolvió la sonrisa se acordó de que tenía que contestarle:
—Sí, soy yo. —Vio que él la miraba de un modo extraño—. ¿Estás bien? Pareces acalorado.
—Sí, claro. —Nick tomó aliento—. Estoy bien, es sólo que he venido corriendo —respondió, aunque en realidad quería decir «Acabo de descubrir que la hermana de mi mejor amigo es la mujer más sexy que he visto en años»—. Siento haber llegado tarde.
—No te preocupes. —Miley se encogió de hombros—. Supongo que aquí el tráfico es igual de horrible que en Barcelona.
—Peor. —Nick sonrió, y se tranquilizó al ver que ella no estaba enfadada—. ¿Esta maleta es todo tu equipaje? —le preguntó señalando su maleta azul.

What A Feeling- Capitulo 3


Así que, tres meses después de «la catástrofe», ahí estaba; aún un poco coja, pero a punto de subirse a un avión hacia Londres.
—Miley, ¿se puede saber en qué piensas? —preguntó Guillermo chasqueando los dedos delante de sus narices—. ¿Quieres tomarte un café o prefieres pasar ya el control?
—Perdona —respondió aturdida—. ¿Tengo tiempo de tomar un café? —Miró el reloj.
—Sí, si nos damos prisa —apuntó su madre, que ya caminaba hacia la cafetería.
Su padre la rodeó con el brazo:
—Ya verás como este trabajo en Inglaterra te irá muy bien, y Nick cuidará de ti. Aún me acuerdo de cuando solía venir por casa todos los veranos. ¿Y tú?
—No, no mucho. —Miley no creyó necesario informar a su padre, que era incapaz de guardar un secreto, de que de pequeña había estado pendiente de todos sus movimientos.
—Pues yo sí me acuerdo. —Su madre se añadió a la conversación mientras pedían al camarero que les trajera unos cafés—. Me dio mucha pena que se fuera a vivir a Inglaterra con su padre y su abuela. Guillermo, ¿qué le dijiste a Nick cuando lo llamaste?
Miley miró a su hermano, muy interesada por escuchar la respuesta a esa pregunta.
—La verdad; que Miley se había roto una pierna y que cuando se recuperara quería dar una nueva orientación a su carrera profesional. Dado que él es el editor jefe de la revista en la que trabaja, pensé que podría ayudarla. Y así ha sido, ¿no?
Pagaron la cuenta y Miley, con lágrimas en los ojos, se despidió de ellos. Si en ese instante se le hubiera ocurrido una excusa para poder quedarse, habría recurrido a ella sin dudarlo, pero todo su cerebro estaba centrado en lo que la esperaba al llegar a Heathrow: un nuevo empleo, una nueva oportunidad, una nueva ciudad, y volver a ver a Nick.
El empleo le venía genial, siempre había deseado trabajar en una revista y seguro que podría aprender mucho. La oportunidad; haría todo lo que estuviera en sus manos, y más aún, para no desaprovecharla. La ciudad; Londres siempre le había encantado y estaba ansiosa por vivir allí durante seis meses, en principio, lo que iba a durar su contrato en la capital británica. Nick... bueno..., seguro que después de trece años, una ya ha superado la tontería del primer chico que le gusta, ¿no? Tan malo no podía ser. Al cabo de unas tres horas se dio cuenta de que era aún peor.


A Nick no le extrañó que Guillermo lo llamara un jueves a la una de la madrugada. Ellos dos solían hablar mucho y, como Guillermo viajaba tanto, a menudo lo hacían a horas raras. Lo que sí le extrañó fue el motivo de su llamada: Miley.
Hacía trece años que no la veía. Era la hermana preferida de Guillermo y siempre que Nick estaba con ella se sentía incómodo, era como si pudiera leerle el pensamiento.
Al principio de vivir en Inglaterra, incluso había llegado a echarla de menos. Vaya tontería. La recordaba pequeña, delgada, con los ojos más grandes y más oscuros que había visto nunca, y muy tremenda. Era un caos, se caía continuamente, se olvidaba de las cosas y tenía una conversación imposible de seguir, al menos cuando estaba con él.
Siempre se acordaría del día en que él cumplió diecisiete años. Sus padres se estaban peleando, como de costumbre, y optó por ir a casa de Guillermo. Ya no se le pasaba por la cabeza llamar antes, sabía que allí siempre era bien recibido, así que cogió sus cosas y se fue para allá. Era verano, y cuando llegó a la casa sólo encontró a Miley. Estaba en el jardín, leyendo un libro, como siempre; levantó la vista y lo miró a los ojos. Él nunca supo que fue lo que ella vio en ellos, pero su cara cambió de golpe y se puso de pie.
—Nick, ¿estás bien? —preguntó levantando una ceja por encima de las gafas. Por aquel entonces llevaba todavía las gafas.
—Sí, claro —carraspeó él—. ¿Dónde está Guille? —¿Cómo podía ser que una niña de trece años pudiese ponerlo tan nervioso?
—En la playa —contestó ella acercándosele—. Todos están allí.
—¿Y tú qué haces aquí? —Él se apartó y se sentó en el escalón que separaba la casa del jardín.
—Yo, bueno. —Miley se sonrojó—. Estaba leyendo y... no me gusta leer en la playa; el viento, la arena, el sol. —Parecía como si se estuviera justificando—. Además, la playa no se moverá, mañana seguirá allí mismo, y yo necesitaba saber cómo acababa el libro.
—¿Qué libro es? —preguntó él.
—Charlie y la fábrica de chocolate. ¿Lo has leído?
—No, creo que no. ¿Es el de los niños que ganan el sorteo de las chocolatinas?
—Sí.
—Pues no, no lo he leído.
Ella volvía a estar a su lado, y lo miraba de una manera extraña.
—¿Qué?
—Acabo de acordarme de una cosa —dijo Miley sin apartarse.
Él la miró extrañado.
—Hoy es tu cumpleaños.
—¿Y?
—Nada. Felicidades.
Miley se acercó a él para darle un beso en la mejilla, pero Nick giró la cabeza para que sus labios encontraran los de ella. Siendo sincero consigo mismo, todavía no tenía ni idea de por qué lo había hecho; tal vez una parte de él quería sentir que alguien lo quería, que para alguien, él era especial. Fue una tontería, pero aún se acordaba del vuelco que le dio el corazón al sentir los inexpertos labios de ella bajo los suyos. Fue una leve caricia y Miley en seguida se apartó. Nick se sonrojó de la cabeza a los pies.
Él sabía que en aquella familia se besaban a la más mínima y nunca había entendido el porqué. La verdad era que al principio esa costumbre lo incomodaba un poco; en su casa nunca se besaban, ni siquiera se abrazaban. Mientras que los Martí eran muy cariñosos. Con los años, ya se había acostumbrado; ya no le sorprendía ver a Elizabeth y a Eduardo dándose un beso, ni que Álex y Guillermo se abrazaran después de insultarse, pero aun así nunca lograría acostumbrarse a ser él el que recibiera esas muestras de cariño. Cada vez que la madre de Guille le abrazaba, no sabía dónde poner las manos y cuando se apartaba tenía miedo de que todos notaran que él no sabía hacerlo, que no sabía ser cariñoso. Pero el beso de Miley lo sacudió, tuvo ganas de llorar y aún entonces, trece años después, se acordaba de lo dulce que había sido ese momento.
—Gracias —consiguió responder él—. Eres la primera persona que me felicita.
—Me alegro —dijo ella—. ¿Vas a ir a la playa o prefieres esperar aquí? —Miley volvió a coger el libro y siguió leyendo.
—Esperaré aquí. ¿Te molesto? —preguntó él tumbándose en la hamaca que había en el jardín.
—No —contestó ella sin levantar la vista.
Él se quedó mirándola. Era curioso, había salido de su casa con ganas de matar a alguien y, tras hablar con ella unos minutos, ya se había olvidado de sus padres, de sus gritos, de su tristeza.
—Ya está —exclamó Miley sacándolo de su ensimismamiento. No sabía si habían pasado diez minutos o dos horas.
—¿El qué?
—El libro. Lo he terminado. —Se levantó y se acercó a la hamaca en la que él estaba tumbado—. Toma, te lo regalo. —Ella le dio el libro y al ver que él la miraba sorprendido, añadió—: ¿Es tu cumpleaños, no? —Lo besó en la mejilla y se fue.
Con el recuerdo de ese beso tan inocente, se durmió y no se despertó hasta que el bruto de Guillermo lo duchó por completo con el agua helada de la manguera para felicitarlo.
A partir de ese verano las cosas cambiaron mucho. Sus padres iniciaron ya los trámites definitivos del divorcio, y la vida de Nick se convirtió en un infierno hasta que por fin se fue a vivir a Inglaterra, con su abuela. Toda la familia Martí se despidió de él, lo abrazaron y le dijeron que siempre sería bien recibido. Nunca volvió a esa casa, ni tampoco a ese pueblo, pero él y Guillermo habían seguido siendo amigos; de hecho, Guillermo era su mejor amigo. Y Charlie y la fábrica de chocolate estaba guardado en el primer cajón del escritorio de su despacho.
Hacía años que no se acordaba de ese beso ni de ese verano, ¿por qué diablos lo había hecho ahora?
Bueno, tampoco tenía demasiada importancia, Miley no llegaría hasta dentro de unas semanas y seguro que ella ni lo recordaba. La trataría como si fuera su hermana, lástima que no tuviese ninguna; la ayudaría en el trabajo y se esforzaría para que se sintiese a gusto durante los meses que pasara en Londres. Después de lo bien que esa familia se había portado con él, era lo mínimo que podía hacer.

What A Feeling- Capitulo 2



Barcelona, aeropuerto de El Prat.
Unos seis meses antes.

Miley estaba muy nerviosa. Aún no sabía cómo se había dejado convencer; apenas hacía una semana que le habían quitado la escayola de la pierna, tenía el inglés muy olvidado, y eso de instalarse en casa de Nick era una locura. ¡Hacía años que no lo veía! Era el mejor amigo de su hermano mayor y, por desgracia, el primer chico del que ella se había enamorado. Bueno, eso quizá era exagerar un poco. Cuando Miley era pequeña y Nick era el complicado amigo de Guillermo, se había quedado atontada con él. Sí, ésa era la palabra, atontada. Por suerte él nunca se dio cuenta, así que ahora podía ahorrarse la vergüenza.
—Miley, ¿estás segura de que lo llevas todo? —preguntó su madre por enésima vez.
—Sí, estoy segura. Y si me olvido algo ya me lo mandarás, Londres está aquí al lado —respondió ella sin saber muy bien qué era lo que le estaba preguntando.
—Estoy seguro de que esta experiencia te irá bien —comentó su padre mientras cargaba las maletas en la cinta para facturarlas—. Ya era hora de que dieras un cambio a tu vida.
—Ya —replicó Miley ausente.
Unos meses atrás, pocos días después de Reyes, Miley se cayó por la escalera y se rompió la pierna por varios sitios. La historia no tenía demasiado glamur; estaba sola en su piso de Barcelona, un piso pequeño por el que pagaba un alquiler altísimo, cuando decidió ir a por las cajas de la mudanza que aún tenía por desembalar. Hacía casi un año que vivía allí y todavía no estaba del todo instalada. Las cajas que le faltaban por ordenar estaban en un trastero, en el desván; un trastero que el portero del edificio le había cedido, muy amablemente, por un tiempo limitado. Bajaba cargada con las mantas y los abrigos y, como era habitual en alguien tan torpe como ella, tropezó por la escalera. Cuando se vio allí, en el suelo, con las mantas a su alrededor y sin su teléfono móvil encima, se echó a llorar. No sólo porque la pierna le dolía mucho, muchísimo, sino porque estaba sola, cansada y hacía tiempo que nada le salía bien.
Por suerte, antes de que perdiera por completo los nervios, apareció su vecina, la señora Güell, con Boby, su perro. Le dijo que, al oír todo ese ruido, había decidido salir al pasillo para ver qué pasaba y claro, no iba a dejar a Boby solo dentro de su piso, porque cuando se quedaba solo se estresaba y luego no había modo de que dejara de ladrar durante horas. La señora Güell era la típica vecina cotilla con incontinencia verbal, pero cuando vio los ojos de Miley llenos de lágrimas, se calló y se puso manos a la obra; en pocos minutos llegó una ambulancia.
En el hospital la historia empeoró. Le hicieron un montón de radiografías, y un médico de urgencias, no demasiado amable y nada parecido a George Clooney, le comunicó que se había roto dos dedos de un pie y un tobillo. No es que fuera muy grave, y como le habían dado suficientes analgésicos como para atontar a un caballo, a Miley no le interesó en absoluto esa lección de medicina. Lo único que quería saber era en qué se traducía todo eso y la respuesta no le gustó: tenían que enyesarla desde la punta del pie hasta la rodilla y, como mínimo, iba a tardar unos dos meses en recuperarse del todo. Fantástico, seguro que a su jefe le iba a encantar.
Cuando ya estuvo enyesada, la instalaron en una camilla en la sala de urgencias, en uno de esos cubículos que están rodeados de cortinas por todos lados, y le preguntaron si quería llamar a alguien. Tuvo que hacer cinco intentos antes de que uno de sus hermanos contestara. Tener familia numerosa para eso. Seguro que todos, incluidos sus padres, estaban en las rebajas. En fin, apoyó la cabeza en la almohada y se resignó a esperar a que Guillermo, el afortunado que había contestado a su llamada, fuera a buscarla. Tal vez pudiese dormir un rato, pero ni siquiera en eso tuvo suerte. A los pocos minutos, entró una enfermera. Si al médico no podía confundírsele con George Clonney, esa enfermera, en cambio, sí que parecía sacada de Alguien voló sobre el nido del cuco.
—Abra la boca..., señorita.... Martí. —Fueron las primeras palabras que le dijo mientras miraba su nombre en la carpeta y le entregaba un vaso minúsculo con una pastilla intragable dentro y una botella de agua.
—Miley, haz lo que te dice la enfermera.
—¡Guille!
La sargento de hierro aprovechó ese descuido, le lanzó la pastilla dentro de la garganta y le dio la botella de agua.
—Beba despacio. Muy bien, señorita Martí. —La enfermera salió del box de urgencias y la dejó a solas con su hermano. A ver si por fin lograba escapar de allí.
—¡Eres un traidor! Llevo más de dos meses sin ver a mi hermano mayor y, si no fuera por la pierna, ahora mismo me levantaría de esta camilla y te haría tragar la muleta. ¡No te rías! Aún no te he perdonado que no vinieras a casa en Navidad. ¡Incluso las familias que no se soportan se ven en esas fechas! ¡Te he dicho que no te rías!
—Lo siento, peque, pero si pudieras verte creo que también tú te reirías. ¿Necesitas algo más, aparte de huir de aquí?
Guille se agachó, le dio un beso en la frente y se dirigió a administración para llevar a cabo los trámites de su liberación.
Tras salir del hospital, Guillermo la llevó a casa de sus padres, en Arenys, un pueblo cercano a Barcelona con unas preciosas vistas al mar y las mejores cerezas del país, o eso decía siempre su padre. Durante el trayecto, Miley lloró y se durmió, pero antes, Guillermo tuvo que confesarle lo que había hecho durante esos dos meses en que no se habían visto, y justificar por enésima vez no haber ido de sus padres en Navidad. Guillermo trabajaba en una multinacional y, aunque él se negara a reconocerlo, era un adicto al trabajo y a los aviones. Cuando llegaron a la casa, toda su familia estaba allí.


La familia Martí era difícil de definir; si no se formaba parte de ella, no se lograba entenderla, y si sí, tampoco. Eran agotadores; siempre se peleaban y se abrazaban y se telefoneaban por cualquier tontería. Los padres, Elizabeth y Eduardo, las dos Es, como los llamaban sus incorregibles hijos, llevaban juntos toda la vida, y aún parecían ser novios. Eduardo Martí estaba totalmente convencido de que podía controlar el destino y que, por lo tanto, a sus hijos nunca les ocurriría nada malo; y que, además, y ésa era la parte más complicada, ellos siempre harían lo que él quisiera. Elizabeth, la matriarca, una mezcla curiosa entre una mamma italiana y una intelectual francesa, había educado a seis fieras, siete si contaba a su marido, con la más estricta suavidad. Era dulce e implacable, e imposible de engañar; todos lo habían intentado sin éxito.
Sus seis hijos también eran únicos, en más de un sentido. Guillermo era el primogénito, tenía treinta años y era duro, serio y estricto, el mayor a todos los efectos. Álex y Marc eran mellizos, lo que implicaba que nadie sabía nombrarlos por separado. A sus veintiocho años aún discutían sobre quién era el segundo y quién era el tercero en la cadena de mando. Miley, Agui, tenía veintiséis años y, hasta el momento, una vida un poco desastrosa. Helena y Martina eran «las niñas», y con sus respectivos veinticuatro y veintidós años, tenían una vida social muy ocupada.


La mañana siguiente a «la catástrofe», que era como Miley llamaba a su caída por la escalera, todas sus pesadillas se hicieron realidad: perdió su empleo, pues su jefe no podía permitirse tener de baja a una diseñadora gráfica que ni siquiera estaba oficialmente contratada; Andrea, su mejor amiga, había ligado por enésima vez, mientras que a ella sólo la llamaba su vecina; y su hermano mayor, Guillermo, se había pasado al bando enemigo, o lo que es lo mismo, se había aliado con sus padres para convencerla de que tenía que reorientar su vida.
Los primeros días, Miley se negó a escucharlos, pero luego vio que tenían algo de razón; una chica de veintiséis años, una edad fantástica, tenía que saber cuál era su objetivo en la vida, o al menos tener una vaga idea. No bastaba con que hubiera alquilado un piso en el Eixample y que tuviera un trabajo más o menos estable (más menos que más). Tenía que tener un plan, una meta. Tal vez estuvieran en lo cierto, tal vez había llegado el momento de dar un volantazo a su vida.

viernes, 28 de septiembre de 2012

What A Feeling- Capitulo 1




Miley, no podía dejar de llorar. No era un llanto exagerado ni desgarrador, simplemente no podía dejar de llorar. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas en silencio y ella iba secándoselas de vez en cuando con el pañuelo de papel que tan amablemente le había dado la azafata. En el último año de su vida se había subido a dos aviones; el primero, casi seis meses atrás, la llevó a Londres, donde perdió su corazón y recuperó su carrera profesional; el segundo la devolvía ahora a Barcelona, con un pedazo menos de alma, el corazón hecho añicos y enfadada como nunca antes lo había estado.
Bueno, ella ya era mayorcita, y sabía a lo que se arriesgaba enamorándose de un hombre tan complicado como Nick.
—Tome otro pañuelo —le ofreció la azafata con una sonrisa—. Dentro de media hora llegaremos a Barcelona.
La azafata se fue y Miley, tras secarse las lágrimas, intentó serenarse. Al menos no tenía a nadie sentado a su lado y podía regodearse en lo estúpida que había sido e intentar encontrar el modo de salir adelante. De eso sí estaba segura, en los últimos seis meses, a pesar del daño que le hubiera hecho Nick, había visto que su carrera valía la pena y que era buena en su trabajo, e iba a luchar por establecerse en Barcelona. Antes de irse a Londres, había entrado en una dinámica absurda de trabajos sin sentido y casi se había rendido. Pero ahora ya no, ahora sabía que era una buena profesional y no iba a permitir que ningún mequetrefe, con apellido ilustre o sin él, le dijera lo contrario.
Hubo un momento en el aeropuerto, antes de embarcar, en que creyó ver a Nick corriendo por uno de los pasillos. Permaneció sentada para ser de las últimas en embarcar, con la esperanza de que, como en las series de la tele, él apareciera y le dijera que la quería y que no cogiera aquel avión. Pero no. No apareció, y Miley pudo partir sin ningún tipo de problema. Una vez sentada, no podía dejar de recordar la última «conversación» que habían tenido. La tenía grabada en su mente. Y tampoco podía quitarse de la cabeza que ella le había confesado sus sentimientos, mientras que, si era sincera, tenía que reconocer que él nunca había dicho nada. Se había convencido de que Nick se lo decía con sus ojos, con sus caricias, pero en realidad nunca había dicho que sintiera nada por ella, y ahora eso resultaba más que evidente.
Los altavoces del avión anunciaron que iban a aterrizar y Miley incorporó el respaldo del asiento. Con la mano escayolada le costaba un poco moverse, pero estaba tan cansada y tan enfadada que apenas se acordaba del yeso que cubría su muñeca izquierda. A esas alturas, que una moto la hubiese atropellado unos días atrás parecía una tontería. No había llamado a nadie, no sabía qué decirles, así que cuando saliera del avión y recogiera su maleta, tendría que tomar un taxi. Tal vez lo mejor sería llamar a Guillermo; si su hermano mayor estaba en la ciudad, seguro que iría a buscarla y le daría ánimos. El problema era que a Guillermo no podría ocultarle la verdad, nunca había podido esconderle nada, y seguro que en cuanto la viera se daría cuenta de que algo muy grave le había pasado. Bueno, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para verlo. Se peinó un poco con la mano que no tenía escayolada y decidió que sí, que llamaría a Guillermo, se instalaría en su piso de Barcelona, buscaría un trabajo que le gustara y se olvidaría de Nick Trevelyan.
Los tres primeros objetivos eran fáciles, el cuarto tal vez le costara un poco más, pero estaba segura de que lo lograría.
El avión aterrizó y Miley bajó de él mucho más serena que al entrar. Esas casi dos horas, y los kilómetros que separaban Londres de Barcelona, le habían servido para asimilar lo que había pasado, y para darse cuenta de lo que quería a partir de entonces. Su maleta fue de las primeras en salir, y Miley la cogió pensando que era una señal del destino, de que su vida empezaba a mejorar. A continuación, llamó a su hermano. Guillermo, tras un pequeño interrogatorio, le dijo que tardaría unos veinte minutos en llegar al aeropuerto.
Arrastró la maleta hasta una cafetería situada justo al lado de la puerta de «Llegadas» y se sentó. Cuando se acercó el camarero, le pidió un té y le resbaló otra lágrima. Si cada vez que hacía algo que le recordaba a Nick empezaba a llorar, iba a tener un problema. Enfadada, se secó esa lágrima y le dijo al camarero que anulara el té y le trajera una agua con gas. Con él nunca había bebido agua con gas.
Se quedó observando a la gente que llegaba y cómo eran recibidos por quienes los esperaban. Había unos cuantos hombres y mujeres de negocios cuya única bienvenida eran unos fríos carteles con sus nombres; un par de chicos que seguro que iban a Barcelona a estudiar y de los que al parecer se habían olvidado; una señora mayor a la que recibió su nieta con un fuerte abrazo; y sus preferidos, un hombre al que recibió su mujer, o eso creyó Miley, con un beso de película. A ella nunca le había pasado eso. Ese día había llegado sola y llorando, una imagen nada alentadora, y seis meses atrás, cuando aterrizó en Londres, Nick...
—Miley, peque. —La voz de Guillermo la sacó de su ensimismamiento—. ¿Qué te ha pasado? —le preguntó su hermano mirando la escayola. Luego se centró en los ojos enrojecidos de Miley y se detuvo en los puntos que aún llevaba en la ceja.
—Nada —contestó ella, y con la mano buena se frotó la cara.
Guillermo se sentó a su lado, la abrazó y ella lloró durante unos minutos. Después se apartó y lo miró a los ojos.
—Gracias por venir.
—De nada. —Él parecía muy preocupado—. ¿Vas a contarme lo que te ha pasado? ¿Por qué llevas esta escayola y esos puntos en la ceja?
—Luego. Ahora sólo quiero llegar a casa y ducharme. —Después de todo lo que había pasado, Miley sólo deseaba meterse debajo del agua para ver si así desaparecía el dolor—. ¿Te importa que hablemos más tarde?
—No, no me importa. Sólo dime una cosa. —Él le cogió la maleta y empezó a caminar hacia la salida—. ¿Te lo ha hecho Nick?
—El yeso y los puntos, no... —Se le entrecortó la voz—. Lo demás...
—Entiendo —dijo Guillermo, pero en realidad pensó que, tan pronto como le viera, iba a matar a ese infeliz—. No te preocupes. Cuando te sientas mejor ya me lo contarás.
Miley supo entonces que iba a sentirse mejor, que iba a recuperarse del accidente, que iba a encontrar un trabajo estupendo y que iba a olvidar a Nick. Y si cuando él descubriera la verdad iba a buscarla, se encontraría con una Miley muy distinta de la que había echado de su vida sin pestañear.
Hola hermosas, bueno como verán me presento con nueva novela, espero que les guste y sea mucho de su agrado, bueno solo eso, y les recomiendo que la lean querrán fusilarme, así que no se la pierdan se pondrá más interesante, y ya no se que mas decir, bueno cuídense mucho

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Next Station-One Shot Niley




Poco a poco el vagón del tren se había ido vaciando de gente hasta quedar solamente ella y el hombre sentado a su lado. Lo miro a través del reflejo de la ventana cuando el tren atravesó un oscuro túnel y las luces parpadeaban.
Tenía muy buen aspecto. Incluso sentado le sacaba una cabeza y eso que ella media 1´75cm, no era precisamente bajita. Llevaba una camiseta negra sin mangas que se pegaba a su piel y marcaba su figura. Sus mejillas se calentaron a medida que se preguntaba cómo se sentiría la piel de él bajo su toque.
El tren se detuvo en una iluminada estación y desapareció el reflejo. Tragó saliva nerviosa y espero que alguien subiera a bordo del vagón, pero nadie lo hizo.
En cuanto en tren entro en los oscuros túneles subterráneos, sus ojos se clavaron en su reflejo. Esta vez ella miro sus brazos. Eran musculosos, pero no excesivamente, sin embargo lo que llamó su curiosidad fue el tatuaje. Normalmente, no le gustaban los hombres tatuados pero ese en particular hizo que su cuerpo se estremeciese. La idea de trazar la tinta con su lengua la hizo la boca agua.
Avergonzada por sus pensamientos, bajo la mirada a sus manos para darse un respiro. Su imaginación echo a volar y su cuerpo respondió. Como le gustaría que esas manos grandes explorasen su carne, amasaran, pellizcasen y tirasen de sus pezones, acariciándolos. Ella se agarraría de su cuello y pasaría sus manos por su ancha espalda repetidamente…
Su fantasía fue interrumpida cuando le oyó carraspear ruidosamente. Ella aparto la mirada rápidamente sintiendo las mejillas y el cuello rojos de vergüenza.
El tren se detuvo en la siguiente estación y después de unos minutos continuo su camino sin viajeros nuevos. Volvieron a sumergirse en la penumbra cuando la máquina entró en otro oscuro túnel. Sólo la luz del propio vagón los iluminaba y de nuevo pudo volver a mirar el reflejo del hombre en la ventana. Sus ojos eran de color cafe oscuro, pelo corto estaba desordenado, dejando caer un flequillo suelto sobre el ojo derecho que hacía que su cuerpo se calentase hasta la médula.
Empezó ligeramente cuando sus ojos se encontraron. Él la miro descaradamente a través del cristal. Sus ojos la miraban con regocijo y esperanzados. El principio de una sonrisa empezó en los labios de él. Ruborizándose profundamente, ella no fue capaz de apartar la mirada, así que sonrió nerviosa.
El tren se detuvo en otra estación, y perdieron de vista el uno del otro, por lo que ella saltó en su asiento cuando el tren empezó a moverse y sintió la mano de él en su rodilla.
Su respiración fue creciendo profundamente mientras él le acariciaba la pierna, siguiendo poco a poco un camino sinuoso hasta su muslo. El líquido se juntaba entre sus piernas y reprimió un temblor cuando él llego a la cara interna de sus muslos. Sorprendida de su propia audacia, abrió las piernas un poco más. Las caricias de él se volvieron más intensas y quedo sin aliento cuando accidentalmente toco sus mojadas bragas.
El comenzó a jugar con el elástico de su ropa interior y ella tuvo que morderse el labio inferior, tratando de parar el gemido que tenía en la garganta, listo para salir.
Él curioseo suavemente el camino hacía su coño resbaladizo. Su pulgar apretó contra su clítoris mientras el tren se detenía en otra estación. Ninguno de los dos hablo o se movió. Era como si tener la mano de él dentro de su falda y ropa interior fuera lo más normal en un paseo nocturno por el metro.
Con una sacudida el tren continúo su camino. Él tomo ventaja del movimiento de vehículo para rodar un dedo en su goteante entrada. Ella gimió y sintió el calor subiendo a sus mejillas mientras miraba alrededor.
Sin embargo, no le hizo retroceder. En cambio, miro a su reflejo en la ventana y se sorprendió al ver que él la miraba con una intensa  concentración. Al darse cuenta de que ella miraba al cristal, él miro hacia arriba y sonrió maliciosamente a su reflejo antes de empujar con el índice dentro de su coño empapado.
Ella gimió con fuerza y empujo hacía delante. Con una gran sonrisa, llena de maliciosa lujuria, él apretó dentro otro dedo. Sin darse cuenta, ella comenzó a mover su cuerpo contra los dedos, instándolo a empujar más profundo, más rápido, más duro.
De repente sus dedos dejaron de moverse. Ella abrió los ojos y gimió de frustración. El tren se había detenido en la siguiente estación. No podía ver su reflejo, por lo que apretó sus muslos atrapando la mano entre ellas. Sintió que los dedos se introducían dentro de ella y se mordió el labio inferior, evitando de nuevo un gemido y la desesperada necesidad de que él la follase.
El tren comenzó a moverse de nuevo y ella se sobresalto cuando la habló al oído.
—¿Te gustaría sentarte en mi regazo?
Ella bajó la mirada hacía su regazo. Podía ver claramente el contorno de su dura polla esperando a que su coño la tragara. Asintió con la cabeza. Se puso de pie y rápidamente se deshizo de sus empapadas bragas. Mientras que las guardaba en su bolsillo, escuchó bajar la cremallera de sus pantalones. De espaldas a él, permitió que la guiase en su regazo. Otro gemido escapo de ella cuando su dura carne la penetro. Inmediatamente, empezó a mecer su cuerpo contra él. Una de sus manos se deslizo bajo su falda y rozó su clítoris, con la otra acariciaba sus pechos.
—Tengo hambre de sus pechos, cariño. Quiero chuparlos y lamerlos hasta que me ruegues que pare, —la susurro mientras apretaba sus pezones.
Él habló en su oído, su voz ronca y profunda contribuía a su placer.
—¿Te das cuenta que alguien puede vernos, Miley? ¿Es probable que haya cámaras en el vagón grabando como golpeo en tu caliente coño? ¿Qué cada vez que paramos en una estación corremos el riesgo de que nos pillen?
Ella gimió y él aumentó el ritmo, el temor a ser atrapados alimentando su ardor.
—Córrete para mi, Miley, déjame sentir tu apretado coño ordeñando mi polla.
Ella jadeó antes sus crudas palabras, pero no dejo de moverse contra él. Froto su cuerpo más fuerte hasta que pudo sentir que estaba al borde del abismo.
El tren se detuvo, las luces resplandecieron, otra estación. Ella reprimió un grito de frustración cuando la mano que estaba en su clítoris se para en su cintura, deteniendo su oscilante cuerpo. Un guardia de seguridad paseaba por el vagón asegurándose que todo estaba en orden. Asintió con la cabeza hacia ellos y siguió con su camino. Cuando el tren comenzó a moverse él le cogió la cara entre las manos y apretó sus labios contra los suyos. Ella se derritió en su beso.
El mundo se redujo a su boca sobre la de ella, su cuerpo apretado contra el suyo, a su polla llenándola y estirándola con placer, sus caderas oscilando con fuerza contra su carne, la mano debajo de su falda otra vez con los dedos en su clítoris.
Cuando el anunció de la llegada de la siguiente estación salió de los altavoces, su cuerpo temblaba y su vagina se contrajo en espasmos. Su gritó de placer se ahogo dentro de su boca una vez más, cuando él la atrapo. Ella rió contra sus labios cuando sintió que su liberación estallaba dentro de ella.
Aún temblando cuando el tren entró en la última estación, ella se puso discretamente otra vez su ropa interior. Se puso de pie sobre sus temblorosas piernas y espero a Nick. Cuando él estuvo listo la cogió por la cintura y la ayudo a bajar del tren. —Feliz aniversario, cariño—susurro ella mientras caminaban cogidos de la mano por la estación.
Con una perruna sonrisa, Nick beso la parte superior de su cabeza. —Nena, eres única haciendo que mis fantasías se hagan realidad.
 FIN