Nick
le sintió remontar el placer cuando volvió a exhalar entrecortadamente y le
recorrió la espalda con caricias ansiosas. Le sentía tan bien entre sus brazos,
inocente y tímida, aunque receptiva a su toque. Por un momento su corazón se
llenó de añoranza soñando en que quizás podría volver a tenerla así nuevamente.
La siguió montando hasta llevarla a otro devastador orgasmo. Ella se aferró a
su cuerpo con fuerza al dejarse invadir por el intenso placer, pero él aún no
acaba con ella. No cedería a su propio placer hasta tenerla agotada de tantos
orgasmos.
Le rodeó la cintura con una mano y la otra la pasó por debajo de su espalda
para sostenerla cuando se sentó con ella a horcajadas de él. La instó a
sujetarse de sus hombros y con las manos en su estrecha cintura la elevó y bajó
sobre su erección repetidas veces. Su cabello castaño ahora se escapaba a
mechones de su otrora impecable moño, dándole un aura salvaje y sexual a su
angelical rostro. Ella inclinó su cabeza hacia atrás aún embelesada por el intenso
placer que le proporcionaba. Todo él era una contradicción inescudriñable,
siempre le vio casi como un animal indómito y rabioso que atacaba sólo porque
sí, sin embargo ahora todo en él hablaba de pasión, paciencia y suavidad.
Se mantuvieron así, haciendo el amor sentados en la cama hasta que después de
un nuevo orgasmo de ella él se rindió a su propio placer y se dejó invadir por
las pulsaciones que contraían su miembro obligándolo a expulsar su semen dentro
de ella.
Volvió a recostarla en la cama y cubrió su agotado cuerpo con sus sábanas
negras. Ella premió su preocupación con una débil sonrisa antes de cerrar los
ojos y entregarse a un sueño profundo. Nick le observó por unos minutos antes
de rendirse al sueño también, se veía extremadamente hermosa entre todo el
desastre de su asquerosa vida. Sí tan sólo pudiese tener una mujer así para él,
pero no. No se atrevería a mirar tan alto.
A la mañana siguiente Miley se despertó desorientada al encontrarse aún en la
habitación de Nick. Claro que no había planeado pasar sus buenas horas en la
cama con él, mucho menos quedar tan agotada como para perder la noción del
tiempo y quedarse toda la noche. Se levantó en silencio y se vistió rápidamente
con la esperanza de no despertarlo. ¿Qué le diría? ¿Gracias por darme mis
primeros orgasmos y espero hagas un buen uso del dinero que bien te ganaste?
Era mejor así, irse en silencio y cada uno de vuelta a lo suyo.
Se vistió el abrigo y con una última mirada a su primer amante, le dejó a un
solitario despertar.
Nick despertó con la alarma del despertador, ya eran las siete de la mañana y
si no se levantaba pronto volvería a llegar tarde a la escuela. Abrió los ojos
y los clavó en el techo cuando recordó lo ocurrido anoche, miró a su lado casi
rogando que ella siguiera ahí, pero estaba solo en la cama. Se sentó
restregándose el rostro con las manos y miró alrededor de la habitación para
clavar los ojos en el montón de billetes sobre su cajonera.
La verdad lo golpeó.
Él sólo había sido un medio para un propósito.
Se levantó de la cama y se metió al agua fría. Mientras el chorro lavaba de su
cuerpo las señales del sexo, pensaba en la tontería que había hecho. Golpeó
duramente las lozas de la ducha odiándose a sí mismo por dejarla tomar su
dignidad. Por unos cuantos polvos había convertido su cuerpo en un objeto a
adquirir. Había vendido su orgullo y respecto por no resistir la tentación de
una piel tersa y ojos suplicantes.
Se vistió maldiciendo y montó su moto para irse a la escuela. Al llegar ahí,
aún en contra de su voluntad la buscó con la mirada, pero no la vio. Maldición,
ahora viviría preocupado por toparse con ella en cualquier segundo. Se regaño a
sí mismo por la estupidez de sus acciones y pensamientos. Se había
enorgullecido por entumecer tanto sus emociones que nada ni nadie le importaba
y de la noche a la mañana una estúpida chiquilla le había arrebatado de toda
cordura.
Caminó en silencio al interior del edificio en dirección al sector de los
casilleros y se detuvo frente al que sabía le correspondía a ella. Mirando
hacia los lados se cercioró de que nadie lo observaba y desde su bolsillo
extrajo un sobre que deslizó por entre las ranuras. Se volvió por el pasillo y
subió las escaleras en dirección a la clase a la que ya iba tarde. Cuando entró
el salón el profesor no se molestó en llamarle la atención, sino que
simplemente evitó encontrarse con su mirada y continuó hablando.
Miley no había asistido a clases el día anterior. Se había sentido incómoda y
tensa, sin saber asimilar correctamente lo ocurrido la otra noche. Si bien ella
había ido hacia él, ahora estaba confundida respecto a lo ocurrido entre ellos,
pues siempre creyó que sería insignificante y carente de emoción alguna. Ella
estaba enamorada de su novio y acudió a Nick sólo porque pensaba que de esa
manera podría proyectarse con Steven. Sin embargo, lo vivido en la cama de
aquel chico había sido todo lo opuesto a lo que esperaba. Él había sido tan
apasionado, gentil y generoso con sus caricias que le había regalado una
experiencia inolvidable. Ahora le parecía casi imposible volver a verle como un
chico cualquiera, cada vez que se lo topara no podría evitar recordar su rostro
contrayéndose de placer segundos antes de correrse dentro de ella.
Miley se giró sobre la cama y hundió el rostro en la almohada para ahogar un
agudo chillido. ¡Demonios! No se suponía que fuese tan atractivo desnudo ni
mucho menos que fuese tan hábil en la cama. Sintió que el rostro se le encendía
con el recuerdo de sí misma perdida en la neblina del placer. ¿Cómo es que termino
metida en esto? Ah, sí, ella y sus brillantes ideas…
Bueno, por mucho que se muriera de la vergüenza por volver a verlo debía ir a
clases hoy porque no podía perderse del examen de lengua, así que evitando
darle más vueltas al asunto se bajó de la cama en dirección al baño.
Al llegar a la escuela se encontró con Susan, su mejor amiga, quien la estaba
esperando en la entrada ansiosa por contarle acerca de su cita con el mejor
amigo de Steven. La escuchó parlotear mientras iban a los casilleros a sacar sus
libros y casi inmediatamente al abrir el suyo, Miley notó un sobre cerrado que
se deslizó hasta el piso. Se agachó con seño fruncido y casi lo vuelve a dejar
caer cuando vio lo que contenía. No había necesidad de contarlo para saber que
él no se había quedado con un centavo.
¡Mierda! Esto lo complicaba todo. En su plan perfecto el pago más que una
transacción significaba que lo ocurrido no tenía nada que ver con afectos, pero
ahora que él lo había rechazado se temía que tal vez se acercara a ella en
busca de algo más. ¿Cómo diablos les explicaría a sus amigas si la veían
hablando con Nick? Se moriría de la vergüenza y no habría forma de excusarse.
Tenía que obligarle a tomar el dinero, era la única forma de mantener esto como
algo intrascendental para ambos.
—¿Qué es eso, Miley? —le preguntó Susan curiosa.
—No es nada, sólo unos documentos.
—¿Segura? Te pusiste pálida.
—En serio, olvídalo —le sonrió y tomando sus libros se encaminaron al salón.
A la tarde, ya estaba casi terminando el tiempo de almuerzo cuando Miley
levantó la mirada de su plato para encontrarse con Nick comiendo en un
solitario rincón. El chico mantenía los ojos bajos inmerso en quizás qué
pensamiento. Le dio pena verlo solo, aunque supuso que él lo prefería así de
todos modos, puesto que no acabas viéndote así de temible si lo que quieres es
fraternizar. Sus amigas reían y echaban bromas mientras que ella
disimuladamente seguía mirándole de vez en cuando. En uno de esos momentos él
levantó su oscura mirada y la clavó directamente en ella. Miley se sobresaltó
con la intensidad de sus ojos, aunque era una mirada vacía, como si ella fuese
una extraña con la que sólo cruzaba su mirada por accidente. Eso, por estúpido
que pareciera, le dolió.
Esperó a que sus amigas terminaran de comer y cuando el timbre sonó
indicándoles que debían volver a clases, se demoró intencionalmente para poder
acercarse a él sin que ellas la vieran. Se paró incómoda junto a su mesa y
mirando hacia otro lado, como si no estuviera realmente hablando con él, dijo
en voz baja:
—¿Por qué no tomaste el dinero?
—No lo necesito —le respondió sin levantar la mirada, aún masticando su
emparedado.
—Sabes que no es cierto.
—Disculpa, pero ¿cuándo empezó eso a ser de tu incumbencia? —levantó los ojos y
la miró molesto.
Miley se dio cuenta de que este no era el chico con el que había estado la otra
noche, sino el antisocial rabioso de siempre.
Nick se puso de pie, elevándose sus buenos centímetros por la cabeza de ella y
pasó por su lado con la bandeja en las manos, ahora ignorándola. Cuando se
volteaba, accidentalmente chocó con una chica que Miley creyó reconoció como la
chica nueva.
Toda de negro igual que él, parecía salida de una película de vampiros. Vestía
unos ajustados pantalones negros con ribetes de encaje y un corsé rojo sangre
que hacía juego con sus uñas. El cabello morado desarreglado remataba su estilo
gótico.
La chica le sonrió ampliamente y quedó mirándolo como a una cena apetitosa. Nick
en vez de alejarse como lo hacía con todo el mundo, le sonrió de vuelta y se
disculpó por la torpeza. Miley sintió que los ojos se le salían de rabia cuando
los vio irse conversando, ¿cómo se atrevía este imbécil a dejarla con la
palabra en la boca? ¡Más encima por ese espantajo! Miró hacia abajo a su
impecable jeans de diseñador y camiseta ajustada a juego, no había manera que
encontrara a esa ridícula más atractiva que ella.
Salió del comedor echando humo hasta que de pronto recobró la cordura. ¿Qué
demonios le importaba con quién hiciera amistad? Vamos, ella misma había fijado
las reglas. Lo ocurrido sólo había sido un acuerdo con el fin de proyectar su
relación con Steven, no debía dejarse llevar por la impresión que Nick había
causado en ella la otra vez. Sacudió la cabeza y volvió a caminar con decisión,
no se dejaría dominar por sus emociones.
Nick se sintió triunfador cuando se alejaba de Miley con esta chica. Eso le
demostraría que, al igual que ella, lo ocurrido no había significado nada para
él y que no necesitaba su maldito dinero.
Christy parecía una chica agradable y rápidamente se dieron cuenta de lo mucho
que tenían en común. Está sí sería la chica adecuada por la cual desarrollar
emociones, del mismo estrato socioeconómico, familia desequilibrada y actitud
rebelde, no podían ser más compatibles si lo desearan. Sin embargo, por alguna
extraña razón, no dejaba de pensar en Miley y como le gustaría que fuesen igual
de compatibles.
Los días pasaron lentamente, Miley le ofreció el dinero nuevamente en un par de
ocasiones más, el que él rechazó de las maneras más irrespetuosas y ofensivas
para Miley, tanto así, que tras el último intento no volvió a siquiera fijar su
mirada en él. Aunque extrañamente cada vez que se topaban en un pasillo ella
estaba hablando de su novio y lo maravilloso que era, cosa que le hacía hervir
las tripas a Nick. Igual él no perdía oportunidad de pasearse abrazado de
Christy frente a Miley, esperando que ella se molestara al verlos.
Había estado saliendo con la chica estos días y realmente le gustaba, pero no
podía dejar de sentir celos de Miley y su ridículo novio. Ella le gustaba más
que cualquier otra chica y no dudaría en estar con ella si así lo decidiera Miley,
pero no iba a rogarle. Dios sabe que él no rogaba por nada, así que si ella no
dejaba su estúpida actitud de chica popular no tenían nada más que hablar al
respecto.
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espero que recuerden este one shot, este es uno que olvide terminarlo, lo siento, dedicado a Mariale, espero que te gusta
viernes, 12 de octubre de 2012
Niley One Shot -mi visita esperada parte 3
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one shot niley
lunes, 8 de octubre de 2012
What A Feeling- Capitulo 22
Miley estaba tan estupefacta que no podía pronunciar
ni una sola palabra. Esa mañana no esperaba que él le propusiera matrimonio, ni
que le declarara su amor incondicional, pero tampoco contaba con que dijera que
todo había sido un error y que lo mejor era olvidarlo. Según él, sólo se habían
acostado porque estaban medio borrachos y porque en los últimos días se habían
visto demasiado. ¡Menuda estupidez!
Cuando Nick dijo «tenemos que hablar», Miley ya
supuso que le soltaría el rollo «seamos sólo amigos», y acertó. Pero utilizar
el alcohol y la proximidad física para justificar haberse acostado con ella era
el colmo.
Después de lo de la noche anterior, Miley creía que
su relación iría hacia adelante, que los dos seguirían hablando cada noche
hasta las tantas, que seguirían compartiendo cenas, cines, paseos... pero que
ahora todo eso iría acompañado de besos, caricias y sentimientos. Se había
imaginado que, durante el tiempo que estuviera trabajando en Londres, se
enamorarían y que luego ya encontrarían la manera de continuar con su relación.
Si pasados esos meses su relación se rompía, o si ambos decidían no seguir con
ella, lo superaría. Le dolería, pero lo superaría. Sin embargo, ver que él ni
siquiera estaba dispuesto a intentarlo, que prefería pasar página y no
arriesgarse, le dolía mucho más de lo que había imaginado. Tenía ganas de
gritarle, de insultarlo, de decirle que era un cobarde. Pero no hizo nada. Si
él no estaba dispuesto a darle una oportunidad, su relación estaba condenada
desde el principio, y ella no sabía cómo decirle que se equivocaba.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó Nick al finalizar su
discurso.
—Sí. —Miley apenas lo había escuchado.
—¿Sí?
—Claro. Seguro que tienes razón. Al fin y al cabo,
así nos ahorramos problemas. Quién sabe, a lo mejor terminarías enamorándote de
mí, y eso sería catastrófico.
Nick levantó las cejas e iba a decir algo, pero Miley
lo interrumpió:
—Tranquilo, estaba siendo sarcástica. Ya sé que eso
es imposible. Tan imposible como que yo me enamore de ti. Vaya tontería. Mira,
no te preocupes, ya está olvidado. A partir de ahora, haremos tal como tú has
dicho; tú seguirás con tu vida y yo con la mía. Es eso lo que quieres, ¿no?
—Sí —respondió Nick muy inseguro.
—De acuerdo. —Miley se frotó los ojos. No estaba
dispuesta a derramar ni una sola lágrima delante de él—. Me voy a dormir.
Buenas noches.
—Buenas noches.
Miley cerró el libro que estaba leyendo antes de que
él llegara y se dirigió hacia su habitación. Estaba ya a punto de entrar cuando
oyó que Nick la llamaba.
—¿Miley?
—¿Sí?
—Mañana estaré fuera todo el día, he quedado con
Sam.
Eso era mentira. Sam tenía un compromiso con su
familia, y Nick más bien se pasaría todo el día en el gimnasio, o en casa de
Jack. Vio la cara de Miley y apretó los puños con fuerza para controlar las
ganas que tenía de levantarse, correr hacia ella y abrazarla. Había conseguido
decir todo lo que quería, y seguía creyendo que era lo mejor, pero al verla, lo
único que deseaba hacer era besarla hasta que los dos perdieran el sentido. Así
que decidió que debía distanciarse un poco, a ver si así conseguía recuperar su
autocontrol.
—No hay problema. Yo también tengo planes.
—¿Qué planes? —no pudo evitar preguntar Nick.
—Nada en especial. He quedado con Anthony para ir a
pasear por Hyde Park y luego iremos a almorzar —respondió Miley mientras rezaba
para que Anthony estuviera libre y pudiera convertir esa mentira en verdad.
—Ah, bueno. —Nick tuvo que hacer un esfuerzo para no
gritarle y decirle que no quería que fuera a pasear a Hyde Park con Anthony,
que ese paseo le pertenecía a él y que ella no tenía derecho a sustituir el
recuerdo de ese día que ellos dos habían compartido en ese parque por uno nuevo
con otro hombre. Pero no dijo nada de eso—. Espero que lo paséis bien. Dile a
Anthony que lo veré el miércoles.
—Claro. —Miley lo miró a los ojos una vez más y
luego se volvió hacia la puerta de su habitación—. Buenas noches.
Y cerró sin esperar a que él respondiera.
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What A Feeling
What A Feeling- Capitulo 21
Sam Abbot era un hombre de unos sesenta años,
excéntrico, brillante y quizá lo más parecido que tenía Nick a un ángel de la
guarda. Se habían conocido cuando éste trabajaba como becario en un periódico
local y Sam fue allí para estrangular al que se había atrevido a escribir un
artículo satírico comparando el parlamento británico con la caza del zorro.
Pero cuando Sam conoció a su víctima, decidió que era mejor utilizar a «aquel
muchacho descarado» para otros fines, y le ofreció un trabajo como periodista
en uno de los periódicos de mayor tirada de Londres. Desde entonces, cada vez
que Nick se metía en un lío por no saber cerrar el pico o por no entender el
sentido del humor británico, Sam lo ayudaba, y cada vez que Sam quería obtener
la mejor noticia, el mejor enfoque o disfrutar de una partida de snooker,
llamaba a Nick.
—¿Piensas entrar o vas a quedarte ahí pasmado?
—preguntó Sam frunciendo el cejo.
—Lo siento. —Nick tuvo que hacer un esfuerzo para no
sonrojarse. Tenía que hablar con Miley esa misma noche—. ¿Es ésa la revista?
—La
misma. —Sam se frotó la cara con las manos—. Están los dos artículos que íbamos
a publicar esta semana. Míralo tú mismo. —Le ofreció la revista.
Nick
le echó un vistazo y, pasados unos minutos, la tiró encima de la mesa.
—Tienes razón. ¿Qué vamos a hacer?
—Varias cosas. Primero, vamos a averiguar quién
demonios nos ha robado esos textos, y segundo, tenemos que encontrar el modo de
publicar el ejemplar de esta semana sin ellos. ¿Tienes alguna idea?
—Sobre quién ha robado los artículos, no, pero creo
que sé cómo podemos publicar el ejemplar del miércoles sin problema. Hay un par
de piezas que descarté en números anteriores y que podríamos utilizar en éste.
—Perfecto.
—¿Y sobre el robo? —Nick aún no se podía creer qué
alguien les hubiera robado los artículos.
—Tenemos que pensar algo. Tenemos que averiguar qué
ha pasado antes de que se repita. Tengo la sensación de que esto no va a ser un
caso aislado.
—¿Por qué lo dices?
—Porque me duele la pierna.
Nick lo miró estupefacto.
—No me mires así. Desde que me rompí la pierna, cada
vez que tengo un mal presentimiento me duele. Y nunca falla.
Nick sonrió aliviado. Tal vez la pierna de Sam
fallara esa vez.
Sam y Nick se pasaron casi todo el día repasando los
nuevos artículos y decidieron que, de momento, ellos dos serían los únicos que
tendrían copias de los archivos.
—Deberíamos irnos —dijo Sam mirando el reloj—.
Silvia y las niñas querían ir a cenar a un restaurante y mañana tenemos un
compromiso fuera de la ciudad, así que...
—Tranquilo. Yo también debería irme ya. —Nick se
quitó las gafas y se dispuso a apagar el ordenador.
—¿Cómo van las cosas con esa chica, con la hermana
de Guillermo?
—Miley.
—¿Quién?
—Miley. La hermana de Guillermo se llama Miley.
—Ah. Bueno, pues, ¿cómo van las cosas con Miley?
—Sam empezaba a sonreír de un modo extraño. Nunca había visto a Nick ponerse
tan nervioso por una simple pregunta.
—Bien. —Cogió la chaqueta, e iba a despedirse cuando
Sam insistió.
—¿Sólo bien?
—Sí, bien. Normal.
Sam conocía demasiado bien a Nick como para saber
que no le estaba diciendo la verdad y que, además, no tenía intención de
hacerlo. Así que optó por no insistir; ya encontraría el momento adecuado para
volver a intentarlo.
—Me alegro. —Apagó la luz de la sala y los dos se
encaminaron hacia el ascensor.
Bajaron en silencio, pensativos.
—Nos vemos el lunes. —Sam se despidió con una
sonrisa.
Algo preocupaba a Nick, y estaba dispuesto a
apostarse su mejor taco de billar a que era esa chica con la que tenía una
relación «normal».
Nick decidió regresar a su apartamento caminando.
Así tenía más tiempo para pensar en lo que iba a decirle a Miley cuando la
viera. No debería haberse acostado con ella. Él siempre había tenido claro que
no quería tener una relación con nadie, que con su trabajo y sus amigos ya
tenía más que suficiente. Y acostarse con Miley había sido un error, un error.
Ella era dulce, lista, divertida... perfecta. Pero no para él. Sí, tenían que
olvidar lo que había pasado y ser sólo amigos. Ojalá ella pensara lo mismo.
Miley vio la cara de Nick al entrar en el
apartamento y supo que algo iba mal.
—Hola. ¿Habéis averiguado algo sobre el robo?
—No, nada. —Colgó la chaqueta y se sentó en el sofá
como si no pudiera dar ni un paso más. Se lo veía muy cansado—. Miley, tenemos
que hablar.
—Esa frase nunca me ha gustado.
—¿Cuál?
—«Tenemos que hablar.» Cuando la dicen mis padres
significa que he hecho algo muy malo, cuando la dice Guillermo, que me he
metido en un lío, y cuando la dice una de las niñas, mis hermanas, que quieren
pedirme dinero o ropa prestada. Y si lo dicen los gemelos, significa que ellos
se han metido en un lío y quieren que yo los ayude a salir de él.
—Bueno, yo no quiero que me prestes dinero ni
ninguna de tus faldas.
—Ya, pero seguro que estoy metida en un lío.
Ambos sonrieron, pero a Nick la sonrisa no le llegó
a los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó Miley.
—Tenemos que hablar de lo de anoche.
—Esto va de mal en peor —murmuró ella sin que él la
oyese.
—¿Por qué no te sientas? —Nick dio unas palmadas en
el sofá y, cuando ella se sentó, continuó—: Lo de anoche no debería haber
sucedido nunca.
—¿Ah, no? —Miley no podía creer lo que estaba
oyendo, pero justo cuando iba a contestarle, vio que él se disponía a continuar
y optó por dejarlo acabar antes de decir nada.
—Lo de anoche, aunque fue fantástico, no debería
haber sucedido nunca. Los dos habíamos bebido demasiado y perdimos la cabeza.
Pero tú estás en mi casa, y yo debería haber sido capaz de controlar mis
impulsos y no abusar así de tu confianza.
Miley tuvo que morderse la lengua para no
interrumpirlo; ya volvía a sonar como un personaje de una novela de Jane
Austen. Para ella, la noche había sido fantástica, y la única queja que tenía
era que él lo lamentara.
—De hecho, intenté detenerme, pero bueno, tú...
Bueno, ahora eso ya no tiene importancia. Tú eres la hermana de mi mejor amigo
y yo no quiero perder su amistad, ni la tuya, por nada del mundo. Creo que lo
mejor que podríamos hacer es olvidarlo y pasar página, ¿no crees?
Cómo Miley no contestó, Nick continuó:
—Yo valoro mucho nuestra amistad —repitió.
—Y yo. —Miley decidió interrumpirlo. Si de la boca
de Nick salía la palabra «amigos» una vez más, iba a matarlo—. No te preocupes,
ya está olvidado.
—¿En serio? —Nick parecía tan aliviado que a ella le
entraron ganas de abofetearlo—. Me quitas un gran peso de encima, creí que te
enfadarías.
—¿Enfadarme? ¿Por qué? —Levantó las cejas para dar
más credibilidad a su actuación—. ¿Por no declararme tu amor eterno tras una
noche juntos? Una noche de la que apenas recuerdo nada, por cierto.
Ante ese cínico comentario, Nick retrocedió un poco.
Una cosa era que ella estuviera de acuerdo con él en lo de ser sólo amigos, y
otra muy distinta que no fuera capaz de acordarse de lo fantástico que había
sido todo entre ellos. Porque lo había sido, ¿no?
—Ya, bueno. Me alegro de que hayamos aclarado las
cosas. —Nick tenía miedo de mirarla a los ojos, pero sabía que tenía que
hacerlo. Sólo así lograría asegurarse de que ella no estaba fingiendo esa
indiferencia—. Miley.
—¿Sí?
—Creo que lo que pasó anoche fue porque en estas
últimas semanas hemos pasado demasiado tiempo juntos. Ya sabes, aquí, en el
trabajo, los fines de semana. Los dos bebimos demasiado y bueno, tú estabas
aquí, y yo...
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What A Feeling
What A Feeling- Capitulo 20
La respuesta era muy sencilla; no podía saberlo. Y,
por el momento, Nick no estaba dispuesto a arriesgarse. Así que sólo le quedaba
una opción: seguir solo. Se abrazó a Miley. Ella aún estaba dormida, y Nick
aprovechó cada instante para acariciar su piel y grabar en su memoria cada
detalle, porque cuando se despertara, le diría que esa noche maravillosa había
sido sólo una noche de sexo sin compromiso, y que él no sentía nada por ella.
En resumen, iba a mentirle.
Cuando Miley abrió los ojos, se dio cuenta de dos
cosas: una, le dolían partes de su cuerpo que no recordaba que tuviese, y dos,
el culpable de eso ya no estaba a su lado. Se desperezó un poco y cerró de
nuevo los ojos para recordar los besos y las caricias de la noche. Hasta
entonces, Miley creía que esos ataques de pasión sólo ocurrían en las películas
y en esas novelas que a ella tanto le gustaba leer, y por primera vez en su
vida se alegraba de poder decir que la realidad, en ocasiones, supera a la
ficción. Dios, ese hombre debería llevar la señal de «peligro, inflamable»
pegada a la frente. Pero a pesar de lo mucho, mucho, que le había gustado lo
que habían hecho juntos, Miley no podía dejar de sentir que faltaba algo; algo
que hacía que no hubiera sido perfecto. Había una frase que se le había quedado
grabada en la mente: «Yo no puedo hacer esto. No contigo». Le dolía que Nick lo
hubiera dicho, y no podía fingir que no sabía lo que quería decir. Él nunca
había ocultado que, por el momento, no quería tener ninguna relación estable
con nadie, que lo único que quería y podía ofrecer a una mujer era una relación
física. Miley sabía perfectamente lo que él había querido decir con esa maldita
frase. Nick sólo estaba dispuesto a involucrar su cuerpo, y mientras su corazón
no siguiera el mismo camino, lo único que podían compartir era sexo; y ella no
estaba dispuesta a conformarse con eso.
Miley se dio cuenta de que quedarse allí tumbada,
intentando imaginar lo que iba a suceder, no llevaba a ninguna parte, así que
se desperezó por última vez y fue a ducharse. No sabía cómo iba a encontrar a Nick
después de lo de la noche pasada, pero sí sabía que necesitaba tener la cabeza
despejada antes de hablar con él.
Nick oyó el agua de la ducha y repasó todo lo que
tenía intención de decirle a Miley. Asumiría toda la responsabilidad de lo
sucedido y le recordaría que ella era la hermana de su mejor amigo y, como tal,
no podían tener una aventura. Sí, una aventura era todo lo que estaba dispuesto
a ofrecerle. Él sabía que era insultante, y de hecho contaba con que ella se
sintiera tan ofendida que nunca más quisiera saber nada de él. Eso era mucho
mejor que correr el riesgo de tener una relación normal y acabar enamorándose
o, lo que era aún peor, acabar como su padre. En cualquier caso, tampoco quería
llegar a ese punto, lo que pretendía era convencer a Miley de que lo de la
anoche anterior había sido una locura, que no volvería a repetirse, y que lo
mejor que podían hacer era olvidarlo. Ellos tenían que trabajar y vivir juntos.
Por muy peligroso que pareciera, Nick no estaba dispuesto a permitir que ella
se fuera de su apartamento. Se decía a sí mismo que era porque se lo debía a
toda su familia, pero una pequeña parte de él sabía que eso era sólo una
excusa. Conveniente, sí, pero una excusa al fin y al cabo.
—Nick, ¿piensas contestar?
—¿Qué? —preguntó él, que ni siquiera se había dado
cuenta de que Miley había entrado en la cocina—. ¿Qué pasa?
—El teléfono, ¿piensas contestar?
—Claro. —Se dio la vuelta y abrió su móvil—.
Trevelyan. —Siempre contestaba así cuando lo llamaban del trabajo—. De acuerdo.
Voy para allá.
Tras esta escueta conversación, se dio la vuelta y
se dirigió hacia la puerta.
—Nick, ¿quién era? ¿Pasa algo? ¿Por qué te llaman de
la revista un sábado por la mañana? —preguntó Miley preocupada.
Entonces, Nick pareció acordarse de que ella estaba
de pie a su lado y se volvió para mirarla.
—Era Sam, el director de la revista —respondió él
poniéndose la chaqueta—. Al parecer, en la edición de esta semana de la revista
The Scope aparecen dos de
los artículos que nosotros teníamos preparados para nuestro número.
Miley no entendía nada, y eso debió de reflejarse en
su rostro, porque Nick añadió:
—El mismo artículo exactamente. No el mismo tema, ni
el mismo enfoque. El mismo artículo. Nos lo han robado.
—¿Robado? —Levantó las manos asombrada—. ¿Por qué?
—No lo sé. Supongo que en The
Scope no deben de estar muy contentos con
la competencia. No sé, pero tengo que ir a la revista para hablar con Sam y
decidir qué hacemos al respecto.
Al ver que él no la invitaba a acompañarlo y que ya
tenía un pie fuera del apartamento, Miley se lo preguntó directamente:
—¿Quieres que te acompañe?
—¿Para qué?
Esa respuesta, acompañada de la frialdad que
empañaba su mirada, le dejó claro que lo de la noche no había cambiado su
relación.
—Para nada —respondió, intentando disimular su
decepción—. Llamaré a alguien para salir a dar una vuelta.
—Como quieras. Hablamos luego, ¿te parece? —Y cerró
la puerta sin esperar a que ella respondiera.
¿Hablar?
De acuerdo, hablarían, pero después de las
inexistentes muestras de afecto de esa mañana, Miley sabía que era una
conversación que no iba a gustarle demasiado. Era evidente que el día no iba a
ser para nada como ella se lo había imaginado antes de ducharse.
Nick salió del piso a toda prisa. No sólo porque
quisiera llegar pronto a la revista para hablar con Sam, sino también porque
necesitaba huir de Miley. Sólo la había visto durante unos segundos y todo su
estudiado discurso había desaparecido de su mente. Tenía que alejarse de ella,
tal vez así se tranquilizaría y se olvidaría de lo bien que se había sentido en
sus brazos. Si de algo estaba seguro era de que él no quería tener ninguna
relación con nadie; era demasiado complicado, demasiado arriesgado. Su trabajo
lo llenaba por completo y, en cuanto al sexo, no era demasiado difícil
conseguirlo cuando le apetecía.
«¿Y el amor?», le susurró una voz rebelde dentro de
su cabeza. El amor había acabado con su padre, y le había demostrado a él que
para lo único que sirve es para hacer desgraciado a quien lo siente y a todos
los que lo rodean. No, Nick no quería saber nada del amor. Por eso, lo mejor
para todos era cortar de raíz lo que había entre él y Miley. Si ella fuera una
de esas mujeres a las que les bastaba con la relación física y un par de cenas
al mes, tal vez podrían seguir así durante los casi cinco meses más que ella
iba a estar en Londres, pero él sabía que Miley no era de ésas. El día en que
se enamorase lo haría por completo, y a ese hombre le entregaría su cuerpo, su
vida y su corazón; pero Nick no estaba preparado para hacer lo mismo. Sin
embargo, al imaginarse a Miley con otro hombre, un impulso asesino lo invadió
de golpe. Por suerte, en ese momento llegó a la puerta de entrada de la revista
y no tuvo tiempo de analizarlo.
Entró en la sala de reuniones y vio que Sam estaba
leyendo The Scope.
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What A Feeling
What A Feeling- Capitulo 19
—Aparta y déjame entrar en mi habitación —refunfuñó Nick
pasándose nerviosamente las manos por el pelo y sin mirarla a la cara.
—¿Se puede saber qué te pasa? Nos hemos besado y...
yo... bueno, a mí... me ha gustado. Mucho. —Ella intentó acariciarle la
mejilla, pero él se apartó como si le hubiera quemado.
—Miley, apártate, me quiero acostar. Estoy cansado,
y lo que ha pasado abajo es sólo una muestra más que evidente de lo mucho que
necesito dormir, así que apártate y vete a la cama. Mañana será otro día y los
dos nos habremos olvidado de esta tontería. —Levantó la ceja y, con una mano,
intentó que se hiciera a un lado.
—No. No pienso moverme hasta que me contestes una
pregunta. —A Miley empezaba a temblarle la voz. Quizá todo lo que había sentido
mientras se besaban estaba sólo en su imaginación. Pero no, ella había notado
cómo a Nick le latía el corazón, cómo se le aceleraba el pulso, así que tenía
que saberlo—. ¿Por qué sientes haberme besado?
Entonces él la miró, se mesó el cabello por enésima
vez, respiró profundamente y contestó:
—Lo siento porque ha sido un error, una tontería. El
cansancio, la cena, el vino, esa camisa roja. Un error. Yo no puedo hacer esto.
No contigo.
—No ha sido ningún error. —Y diciéndolo, le rodeó el
cuello con los brazos y volvió a besarlo. Él se resistió unos segundos, pero en
seguida respondió al beso con todas sus fuerzas.
—Miley, para. Si no paras tú, yo ya no podré
hacerlo.
Nick dijo esas palabras mientras, con una mano, le
desabrochaba los botones de la camisa, y con la otra abría la puerta de su
habitación.
—¿Y quién te ha pedido que lo hagas?
Ella le lamió el cuello y empezó a levantarle la
camiseta. Una pequeña parte de su cerebro le dijo que al día siguiente se
arrepentiría, pero con los labios de él recorriéndole la clavícula, descartó
esos pensamientos por completo.
Nick sabía que aquello no estaba bien, que Miley se
merecía mucho más de lo que él estaba dispuesto a darle en esos momentos, pero
Dios, había intentado ser noble y ella se lo había puesto muy difícil. Debería
apartarla, encerrarse en su habitación y no salir de allí hasta que supiera si
estaba dispuesto a arriesgar su corazón por Miley. Sin embargo, ahora, lo único
en lo que podía pensar era en que su cuerpo la necesitaba; necesitaba sentir
que ella le deseaba, sentir cómo sus manos le recorrían el cuerpo, cómo ella le
entregaba un poco de su alma. Dios, qué egoísta era. Tenía que apartarla sin
perder un instante, mientras aún tuviera fuerzas.
—Miley,
princesa. —Le cogió las manos y las apartó de su abdomen, pero ella se soltó y
las colocó encima de su entrepierna—. No puedo.
—¿No puedes qué? —Le besó la mandíbula.
—Esto... —Nick la miró a los ojos, y al ver el calor
que brillaba en ellos, se rindió—. Bésame.
Y ella lo hizo.
Los dos se buscaron frenéticamente, con sus labios,
sus manos, su piel. Era como si no pudieran respirar el uno sin el otro. Se
desnudaron en segundos, sin delicadeza, con prisa, sin importarles nada más a
ninguno de los dos.
Cuando estuvieron desnudos, Nick se detuvo un
segundo para observarla.
—Eres preciosa. Ven aquí. —Cogió una caja de
preservativos sin abrir—. ¿Estás segura? —preguntó una última vez antes de
tumbarse a su lado.
—Cierra la boca —fue la única respuesta que obtuvo
antes de que Miley se sentara encima de él y lo besara.
Nick no pudo aguantar más; llevaba cinco semanas en
un estado de permanente excitación y al sentir su piel desnuda junto a la de
él, su cuerpo tomó el control, entró dentro de ella y perdió la poca cordura
que le quedaba.
—Nick —gimió Miley, sorprendida, y con una mano
buscó la de él.
—Me gusta que me llames así. Sólo tú me llamas así.
—Nick entrelazó sus dedos con los de ella y le acercó los nudillos a los
labios.
Quería decir algo más, pero no sabía qué. Sabía que
lo que estaba sintiendo no era sólo placer, aunque fuera el mayor que había
experimentado nunca; sabía que era algo más, pero no lograba identificarlo, de
modo que optó por no decir nada.
Los dos se movían al unísono, diciéndose con sus
cuerpos aquello que llevaban semanas sintiendo, y cuando ninguno de los dos
pudo soportarlo más, ambos se abandonaron por completo.
Cuando dejaron de temblar, Miley se acurrucó encima
de Nick y le besó el hueco del cuello. Nick no dejaba de acariciarle el pelo
mientras intentaba recuperar la respiración.
«Debería soltarla», pensó Nick, pero no podía.
Acababa de tener el mayor orgasmo de su vida y aún estaba excitado. Eso no era
normal, o al menos no para él. No podía parar, no podía dejar de moverse,
quería, necesitaba volver a sentir cómo ella lo envolvía en su calor una vez
más. Intentó obligarse a apartarse, pero cuando casi había reunido las fuerzas
necesarias para hacerlo, Miley volvió a mover las caderas, dándole permiso para
volver a perder el control. Esta vez intentó ser más delicado, se dijo que la
acariciaría, que la besaría... pero se equivocó. En cuanto ella le lamió el
lóbulo de lo oreja, todo su cuerpo se prendió fuego, y juntos se precipitaron
de nuevo hacia el límite.
Pasados unos minutos, se dio cuenta de que con dos
veces tampoco tenía bastante; tal vez nunca lo tuviera. Miley se había dormido
abrazada a él y, con mucho cuidado, la colocó a su lado y se levantó para ir al
baño. Regresó en seguida y se quedó mirándola.
Había sido un error. Los dos llevaban semanas
atormentándose con miradas furtivas y caricias inocentes, y esa noche el vino
había destruido las pocas defensas que a ambos les quedaban. De todos modos, Nick
era lo bastante honesto como para reconocer que había sido la mejor noche de
toda su vida. Por mucho que quisiera engañarse y justificar su comportamiento
por el nivel de alcohol en su sangre o por el cansancio acumulado, nada podía
ocultar lo que había sentido al acostarse con Miley. Él había estado con
bastantes mujeres, no podía decirse que fuera un semental ni un mujeriego, pero
tampoco había sido un monje, y nunca, nunca, había sentido tanto placer como
esa noche con ella. ¿Cómo podía saber si era algo más? ¿Cómo podía saber si
valía la pena arriesgarse? ¿Que no acabaría como su padre?
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What A Feeling
What A Feeling- Capitulo 18
—Eres un traidor —farfulló Anthony, pero sin
enfadarse, pues seguía sonriendo—. Te advierto que si esa boca empieza a
largar, yo les contaré a todos lo de la sueca.
Jack meditó durante medio segundo y luego, con una
sonrisa de oreja a oreja, dijo:
—De acuerdo, cuéntaselo. Ya sabes que no soy
vergonzoso.
—Sabía que podía contar contigo, Jack. Vamos,
empieza a hablar y no te olvides ningún detalle. —Miley volvió a servirse vino,
e hizo lo mismo con la copa de Nick.
—Mierda. —Anthony cogió la servilleta para cubrirse
la cara y no ver ni oír cómo todos sus amigos se reían de él.
Así pasaron un par de horas más, riendo y bebiendo,
hasta que Anthony, viendo que el restaurante estaba ya vacío, les advirtió.
—Chicos, esta gente tiene que cerrar.
—Sí,
ya es muy tarde. Miley, deberíamos irnos. Debes de estar cansada y a mí me iría
bien dormir. Mañana tengo que revisar unos documentos... No todos podemos
disfrutar de un sábado sin trabajo.
—Nick,
eres un pesado —lo interrumpió Jack—, pero sigo queriéndote. Largaos, nos vemos
el lunes en el trabajo. Miley, como siempre, ha sido un placer.
—Eh,
no te olvides de darme dos besos —gritó Anthony acercándose a ella—. Me encanta
esa costumbre española, creo que voy a apropiarme de ella.
Miley le dio un beso en cada mejilla y empezó a
ponerse el abrigo.
A las despedidas de Jack y Anthony siguieron las de
los demás. Todos fueron muy cariñosos e intentaron sobornarla de varias maneras
para que antes de irse desvelara algún chisme sobre Nick. Ella se despidió con
una sonrisa y les prometió que en la próxima cena les contaría algo realmente
«inspirador».
«Por
fin solos», pensó Nick. La cena había sido muy agradable. Desde el primer día, Miley
había conectado muy bien con todos sus amigos, y ellos parecían adorarla.
Especialmente Anthony, que esa noche la había estado mirando con mucho interés,
tanto que había llegado a ponerlo nervioso. No era que a él le importara, pero
¿era necesario que cada dos palabras la piropeara y que no parase de darle
palmaditas en
la mano? ¿Y a qué había venido eso de los dos besos?
Al día siguiente mismo hablaría con Miley para advertirle que Anthony, aunque
era uno de sus mejores amigos, no era de fiar.
Iban caminando en silencio, hasta que ella
interrumpió sus pensamientos.
—Nick, ¿te preocupa algo? Estás muy callado.
—No, no estoy preocupado. ¿Tú estás contenta? —Tras
un silencio añadió—: Lo pareces.
Miley sonrió, no paraba de hacerlo.
—Sí, lo estoy. Estoy contenta, feliz. Hace dos
meses, estaba hecha un lío, no tenía trabajo, mi mejor amiga estaba más
preocupada por su último ligue que por mí, y tenía miedo de qué pasaría al
venir a Londres. Temía verte de nuevo y no saber hacer mi trabajo, y volver a
enamorarme de... —Al darse cuenta de lo relajada que se sentía por culpa del
vino, cerró la boca de golpe.
—¿A enamorarte de quién? —Nick le cogió la mano que ella no había parado
de mover mientras hablaba sin control. Estaban delante del portal, y Miley lo
miraba perpleja. Notaba cómo el corazón le retumbaba en los oídos y cómo se le
erizaban los pelos de la nuca.
—De nadie. Tonterías, ya sabes. Hemos bebido
demasiado —susurró ella, pero Nick seguía mirándola fijamente. Le había soltado
la mano, pero ahora todo su cuerpo la tenía atrapada contra el portal. No la
tocaba, sus manos estaban apoyadas en la pared a ambos lados de la cabeza de Miley.
—No hemos bebido tanto, lo sabes perfectamente.
—Soltó el aliento—. Mira, esto ya está durando demasiado. Si seguimos así,
tarde o temprano voy a volverme loco, de modo que deberíamos hacer algo al
respecto.
Los ojos de Nick estaban fijos en ella, eran más
oscuros, más intensos que nunca. Miley pensó que iba a besarla, quería que la
besara, pero él permanecía quieto, a sólo unos milímetros de ella, sin hacer
nada, mirándola como nunca nadie la había mirado; entonces se atrevió a
preguntar:
—No sé a qué te refieres —mintió ella—. ¿De qué
estás hablando?
—De esto.
En ese momento, Nick bajó la cabeza. Sus labios
rozaron los de ella y, antes de besarla, dijo:
—Necesito tocarte. —Le rozó el pelo con las manos—.
Te necesito.
Empezó de un modo tierno, lento, como una caricia, y
Miley notó cómo se le derretían las rodillas. Era tan dulce. Nick le besó los
párpados, las mejillas, e inició un camino de besos por sus pómulos, su
mandíbula, hasta la comisura de sus labios.
—Me encanta tu olor. Me vuelve loco, hueles a... no
sé, pero me dan ganas de besarte todo el cuerpo. —Entonces posó la boca justo
detrás de su oreja y, lentamente, se dirigió hacia sus labios. Miley no sabía
qué hacer, evidentemente la habían besado antes, pero no así; aquello era un
ataque a todos sus sentidos. Tenía los ojos cerrados, esperando sentir sus
labios de nuevo, cuando Nick susurró.
—Abre la boca, Miley, separa los labios y bésame.
Ella obedeció, y en ese momento supo que estaba
perdida y absolutamente loca por aquel hombre. Cuando sus lenguas se tocaron,
los dos perdieron el control. Nick apartó las manos de la pared y las colocó
encima de sus hombros, sólo unos segundos; a continuación empezaron a
deslizarse y recorrerle el cuerpo, hasta pararse en sus caderas. El único
propósito de Nick era sentirla, tenía que estar más cerca de ella; le separó
las piernas para así poder colocarse en medio. Miley tampoco permanecía quieta.
Empezó a acariciarle la nuca, el pecho, necesitaba tocarlo, lamerlo, o si no
explotaría. Pero cuando empezaron a jadear, Nick se paró. ¿Qué estaba haciendo?
¡A su edad, en medio de la calle y con Miley! Seguro que se estaba volviendo
loco.
—Lo siento, no sé qué me ha pasado. —Fue lo primero
que dijo, a la vez que sacaba las llaves para abrir la puerta.
—¿Que lo sientes? ¿Estás loco? ¿Por qué lo sientes?
Yo no.
Nick, que subía los peldaños de dos en dos, negó a
la puerta de su apartamento en un tiempo récord. Miley intentaba seguirle.
—¡Malditos tacones! ¡Nick, para un segundo!
Nada,
seguía haciéndose el sordo. Abrió la puerta, lanzó las llaves encima de la
mesita que había junto a la entrada y, cuando iba a entrar en su cuarto, Miley
logró interceptarlo.
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What A Feeling
What A Feeling- Capitulo 17
Hacía ya cinco semanas que había llegado a Londres; cinco semanas desde que
trabajaba en The Whiteboard, cinco
semanas viviendo con Nick; cinco semanas increíbles. Al principio, había creído
que se le pasaría, que ella y Nick sólo serían amigos. Nada más lejos de la
realidad.
Durante esas cinco semanas, habían compartido muchas
cosas. Cada noche, después de cenar, se quedaban hablando, recordando sus
aventuras de cuando eran pequeños, o contándose cosas que ninguno de los dos
había contado nunca antes a nadie. Luego, cada mañana, iban a trabajar juntos,
y a la hora de salir, si Nick tenía que quedarse hasta más tarde, la llamaba
para que se fuera con Jack o con otro de sus compañeros. Nunca dejaba que se
marchase sola. Los fines de semana eran aún «peor». Nick la había llevado al
teatro, a cenar con sus amigos, al cine. Le abría las puertas de los taxis, le
decía lo guapa que estaba y, de vez en cuando, le daba la mano o le acariciaba
la mejilla. Pero nada más. Si seguía así, Miley iba a volverse completamente
loca.
Trabajar en el mismo sitio y compartir piso ya era
de por sí difícil de sobrellevar, pero si a eso le sumaba lo encantador que
estaba cuando salían por ahí juntos, la cosa rozaba ya la tortura.
Miley recordaba como especialmente «dolorosa» la
noche del pasado sábado, cuando Nick la sorprendió con dos entradas para la
ópera. La Royal Opera House estaba muy cerca de su piso, y era un edificio
precioso que justo acababan de restaurar. Conseguir entradas para cualquiera de
los espectáculos que allí se ofrecían no sólo era muy difícil, sino también
carísimo. Cuando le preguntó cómo las había obtenido, Nick se limitó a
responder que eso no era asunto suyo y que lo único que ella tenía que hacer
era disfrutar del concierto. Miley no se acordaba de cómo se había vestido ella
esa noche, pero nunca olvidaría lo atractivo que estaba él, con su traje oscuro
y sus gafas. Nick era miope y siempre llevaba lentillas, pero esa noche estaba
demasiado cansado como para ponérselas, por lo que optó por llevar las gafas;
la alternativa habría sido no ver nada. Durante el concierto, él le susurraba
al oído sus comentarios. De todos es sabido lo educados que son los ingleses, y
hasta qué extremos son capaces de llegar para no molestar a los demás, pero
saber eso no evitaba que a Miley se le pusiera la piel de gallina cada vez que
él se le acercaba.
Lo peor de todo fue cuando, al finalizar la ópera,
fueron a tomar una copa con sus amigos. Jack, Amanda, su hermana Rachel,
Anthony y Monica estaban en un local a unas cuantas manzanas, y de camino hacia
allí, Nick la rodeó con el brazo; según él, para evitar que se cayera con los
tacones que llevaba, pero Miley no acabó de tragarse esa excusa. Casi cada día
llevaba zapatos de tacón, y él no se preocupaba tanto. Tan pronto como cruzaron
la puerta del local, Nick la soltó, respiró hondo (cosa que hacía cada vez más
a menudo) y fue a charlar con Jack. Miley se acercó a Amanda para hacer lo
mismo, pero Anthony la interceptó, se sentó a su lado y, con sus bromas y
piropos, logró que se sonrojara. Era incorregible; incluso la convenció para
que bailara con él un par de canciones. Lástima que al final de la segunda Nick
decidió que había llegado el momento de regresar a casa y, sin ningún tacto,
tiró de ella hacia la salida.
Todas las noches, antes de dormirse, Miley intentaba
pasar revista al día para ver si lograba averiguar lo que de verdad pretendía Nick:
había veces en que llegaba a la conclusión de que él sólo quería que fueran
amigos, ¿por qué si no le habría estado hablando de la guapa periodista que
había conocido unos meses atrás en París? Pero había otras noches en las que
estaba convencida de que él también quería algo más, ¿a qué venían si no esas
caricias y esas miradas? ¿O ese instinto de protección que al parecer tenía
hacia ella?
—¿Te apetece ir a cenar hoy con mis amigos?
—preguntó Nick, sacándola así de su ensimismamiento.
Era viernes y seguro que los amigos de Nick habían
reservado en algún sitio genial.
—Claro. —«A lo mejor esta noche lograré saber qué
sientes por mí», pensó Miley—. Si a ti te apetece, por mí ningún problema.
—Perfecto —respondió Nick, y se sacó el móvil del
bolsillo para llamar a Jack y confirmarle su asistencia. Era curioso, sus
amigos ya daban por sentado que él y Miley iban juntos a todos lados.
La cena era en un restaurante de Covent Garden, muy
cerca de su casa; un sitio precioso, de esos donde los camareros van todos
vestidos de negro. Esa noche, Jack y los demás parecían empeñados en vaciar la
bodega del restaurante, y en que Miley les contara los trapos sucios de la
infancia de Nick.
—Vamos, Miley, cuéntanos algo muy vergonzoso
—suplicó Anthony por enésima vez mientras volvía a llenarle la copa.
—Miley —la interrumpió Nick—, antes de hacerlo
piensa en todas las cosas que yo sé de ti y que empezaré a contar. Sí, creo que
comenzaré por aquel fin de año en que...
Miley le tapó la boca con las manos. El vino se le
estaba subiendo a la cabeza.
—No te atreverás.
Nick se calló de golpe al notar las manos de Miley
sobre sus labios. Ver cómo ella le sonreía era más de lo que podía aguantar;
abrió un poco la boca, y cuando su lengua rozó los dedos de su carcelera, Miley
lo soltó de inmediato. A él también le estaba afectando la bebida, porque de
haber tenido sus facultades intactas, nunca le habría lamido los dedos.
—Está bien, no lo contaré. Pero a cambio de mi
silencio, debes prometerme que no te dejarás convencer por estos canallas y que
no te creerás nada de lo que te expliquen. —Guiñó un ojo a sus amigos y,
afortunadamente, la conversación se dirigió hacia otros temas.
—Bueno, Miley, ya que no vas a contarnos ningún
trapo sucio de Nick, ¿por qué no nos explicas algo más sobre ti? —propuso
Anthony mirándola a los ojos—. Aún no me creo eso de que no tienes novio. ¿Es
que todos los hombres de Barcelona están ciegos?
Miley se sonrojó, bebió un poquito más de vino y
respondió:
—No son sólo los de Barcelona. Tampoco puede decirse
que aquí hagan cola ante mi puerta.
—Eso es porque no miras en la dirección adecuada
—replicó Anthony al instante.
—Ya, seguro que eso se lo dices a todas —dijo ella
sonriéndole.
—¡Pues claro! —soltó Anthony, riéndose de sí mismo.
—Todos deberíamos seguir tu ejemplo, Anthony
—intervino Jack cuando también dejó de reírse—. Menos en aquel caso en que tuve
que pedirle a aquella mujer policía que no te arrestara.
—¿Qué? ¿Casi lo arrestan? —Miley miró entusiasmada a
Jack—. Cuéntamelo.
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