sábado, 29 de septiembre de 2012

What A Feeling- Capitulo 5



—Sí. —Al ver que él no decía nada más, ella añadió—: Pesa mucho, pero es muy fácil de arrastrar, ¿ves? —Dio un empujoncito a la maleta. Si no mantenía la mente ocupada, no lograría calmar a los búfalos.
—No te preocupes. Yo la llevo. —Nick cogió el asa—. Pero antes que nada, bienvenida a la capital del imperio británico. —Y agachándose, le dio un beso en cada mejilla.
Miley se quedó inmóvil. Aquellos dos besos fueron una tontería, los típicos besos con los que se saluda a alguien en las bodas, o cuando hace tiempo que no se ve a un amigo, o cuando felicitas a una amiga por su cumpleaños. Una tontería. Pero los búfalos volvieron a descarriarse. Olía muy bien.
—Gracias —respondió ella fingiendo no haberse inmutado—. Y gracias por venir a buscarme. No hacía falta que te molestaras.
—Claro que hacía falta. ¿Acaso quieres que Guillermo me mate la próxima vez que nos veamos? —añadió él con una sonrisa—. Además, no es ninguna molestia. Vamos, seguro que estás cansada.


Salieron de la terminal y se dirigieron hacia el coche de Nick. Como en todos los aeropuertos de las grandes ciudades, había muchísima gente, muchos coches y mucho tráfico. Tardaron más de media hora en salir de aquel caos y en todo ese rato Nick le estuvo preguntando cómo había ido el vuelo y si ya se había recuperado del todo del accidente.
—La verdad es que sí —contestó Miley—. Fue una tontería, pero con dos dedos rotos y el tobillo dislocado tuve que hacer mucho reposo, y eso casi me vuelve loca.
—¿Ya no lees? —preguntó él.
—¿Perdona?
—Te he preguntado si ya no lees. Me acuerdo que de pequeña siempre llevabas un libro entre las manos.
Miley se quedó perpleja y tardó unos segundos en contestar.
—Sí, aún leo. Mucho. —Se sonrojó. ¿Cómo podía ser que se acordara de eso?—. Demasiado, según mi madre.
—¿Demasiado? —Nick levantó una ceja sin apartar la vista del tráfico.
—Sí, bueno, ya sabes. —Levantó las manos como para justificarse—. Mi madre cree que debería salir más. ¿Falta mucho? —preguntó de repente, no porque tuviera prisa por llegar, sino porque quería cambiar de tema. No iba a contarle que uno de los motivos por los que leía tanto era porque tenía casi todas las noches libres.
—No demasiado. Mi apartamento está muy cerca de Covent Garden. Por desgracia, ahora es una zona muy turística, y muy cara, pero a mi abuela y a mí nos gustó mucho y decidí alquilarlo.
—¿Tu abuela sigue viva?
—Claro que sí. Estoy convencido de que Nana ha hecho un pacto con el diablo y que nos enterrará a todos. —Tomó la siguiente salida y entró en la ciudad—. ¿Conoces a Nana?
—No, pero me acuerdo de que cuando éramos pequeños solías hablar de ella, y como mis abuelos ya han muerto creí que... ya sabes.
—Siento lo de tus abuelos. Guillermo siempre me ha mantenido al tanto de las cosas que sucedían en vuestra la familia. A él le afectó mucho la muerte de tu abuelo.
—Sí, tenían una relación muy especial. —Miley fijó la vista en el paisaje. Siempre se emocionaba al hablar de sus abuelos.
Nick se dio cuenta y decidió tratar de animarla.
—Nana vive en Bath. ¿Te gustaría conocerla? —Al ver que ella asentía, añadió—. Si quieres podríamos ir a verla este fin de semana, o el próximo. Seguro que ella estará encantada de conocerte.
—Por mí estupendo, pero no quiero causarte ninguna molestia. Seguro que tú ya tienes planes para el fin de semana, y yo puedo arreglármelas sola.
—No digas tonterías. —Nick pensó en que había quedado con Jack y sus amigos para cenar, pero sabía que a ellos no les importaría que no fuera—. Si mañana no estás cansada, la llamo y vamos. ¿De acuerdo?
Nick le tocó el brazo con la mano para que ella se volviese hacia él.
—De acuerdo —respondió Miley.
—Además, también hay un montón de gente impaciente por conocerte. Todos mis amigos sienten curiosidad por ver a la «hermanita» de Guillermo.
—¿Ah, sí?
—Sí, digamos que tu hermano ha causado sensación en cada una de sus visitas. Pero me temo que no puedo contártelo. Ya sabes, no quiero perder ningún brazo. —Le guiñó un ojo.
Miley se rió y Nick se alegró de que ya no estuviera tan pensativa.
—Sí, tienes razón. Guillermo es un poco... quisquilloso con sus cosas.
—¿Quisquilloso? Yo lo definiría de otro modo, pero como es tu hermano...
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —Nick entró en la calle donde estaba el garaje en el que tenía alquilada plaza para el coche.
—¿Eres tan reservado como Guillermo?
—Peor —respondió sin pensar.
—¿Peor? —Miley se quedó perpleja—. Me acuerdo que de pequeño eras incapaz de guardar un secreto y que nunca te importaba hablar de tus ligues. —Por mucho que eso le doliera a ella.
—Ya, bueno. Ha pasado mucho tiempo y... —Se quedó en silencio un momento—. He cambiado. El Nick que tú recuerdas ya no existe.
¿A qué venía esa frase?, pensó Miley.
—¿No existe?
—No.
Nick aparcó el coche y paró el motor. Miley puso una mano encima de la de él, que aún mantenía sobre el cambio de marchas. Fue como si esa caricia le recordara que no estaba solo. Sacudió la cabeza y, cuando la miró, toda su seriedad había desaparecido.
—No me hagas caso. Estoy cansado. —Abrió la puerta—. ¿Vamos? Mi casa está a dos minutos de aquí. Si te apetece, de camino podemos comprar algo para cenar. Me temo que no he tenido tiempo de llenar la nevera antes de tu llegada.
Miley salió también del coche y cogió el bolso que había dejado en la parte de atrás. Él ya había sacado la maleta y se disponía a arrastrarla.
—No pasa nada. Si quieres, el lunes yo puedo ir a hacer la compra. Como no me vas a dejar pagar ningún alquiler, así podría compensarte.
—No hace falta.
Iban caminando por una calle adoquinada, acompañados por el ruido de las ruedas de la maleta.
—Ya sé que no hace falta. Pero me encanta cocinar, y me sentiré mucho mejor si puedo ayudar en algo.
—De acuerdo. Pero que conste que no hace falta. —Nick se detuvo delante de una puerta de color naranja y empezó a buscar la llave por todos sus bolsillos—. ¿En serio te gusta cocinar?
Miley estaba embobada mirando aquella fachada tan colorida y aquella puerta tan chillona.
—Sí. ¿Ésta es tu casa? —Señaló con el dedo—. ¿Naranja?
—A mí no me mires. Ya estaba así cuando la alquilé. Cuando te acostumbras no está tan mal. Los repartidores la encuentran con facilidad. —Ladeó un poco el labio superior para sonreír.
—No, si me gusta, me gusta mucho. Es sólo que me extraña que a ti te guste. Pareces tan serio; de pequeño creo recordar que eras «naranja», pero ahora definitivamente no, aunque no sé qué color eres... verde quizá. Siempre me ha gustado relacionar a las personas con colores. —Miley empezó a sonrojarse al acabar la frase.
—¿Verde? ¿Se puede saber por qué ya no soy naranja? —Nick encontró la llave y satisfecho con ese pequeño triunfo, la sacó del bolsillo y abrió la puerta—. Dejo la maleta y mientras tú te instalas iré a comprar unos bocadillos aquí al lado. ¿Te parece bien?
—Perfecto. —Miley lo miró a los ojos y sintió un gran alivio al no tener que contestar a su pregunta sobre los colores—. ¿Seguro que no tienes ningún plan para esta noche? Yo puedo quedarme aquí sola. La verdad es que estoy tan cansada que me dormiré en seguida.
—Seguro. Vamos, no te preocupes. —Casi sin ser consciente de lo que hacía le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Además, quiero que me cuentes toda esa teoría tuya de los colores.
El alivio había durado muy poco.

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