domingo, 6 de noviembre de 2011

Fire in Two Hearts--cap--17

-A España. A un lugar llamado San Esteban. Llevaba la dirección de mis empresas desde el yate anclado en ese puerto y aprendí a sobrevivir solo, olvidando mi vida pasada en Atenas.
-¡Deberías haber venido a buscarme! -exclamó ella, propinándole un puñetazo en el hombro.
-Lo hice, cada noche, en mis sueños -confesó él palpando su vientre. No llevaba nada debajo de la camiseta.
-Eso no bastaba.
-Pero ahora tenemos un montón de tiempo para reencontrarnos -dijo él, penetrándola, sin preliminares.
Ella sollozó de placer porque estaba preparada para recibirlo, volvió la cabeza y lanzó la boca desesperadamente sobre sus labios. Rodaron por la cama apasionadamente. Cuando el rapto de deseo se colmó y ambos recuperaron la calma, Nick se puso en pie con el cuerpo de ella aún colgado de su cuello y, así abrazados, se abrieron paso hasta la ducha, donde iniciaron una nueva contienda amorosa.
Luego, Miley desapareció prudentemente en dirección a la habitación de invitados, dejándolo solo. Nick se desperezó e hizo un último esfuerzo para superar su letargo amoroso antes de vestirse. Después de recoger la caja de terciopelo negro, se dirigió al encuentro de su tormentosa esposa. Si ella volvía a atacar sus defensas, no irían a ninguna parte, se prometió.

ENTRÓ en la habitación, golpeando ligeramente la puerta para advertir de su presencia. Miley se miró en el espejo, dudando si lo que veía en él le gustaba o no. Había elegido un vestido de seda de color verde jade que se ajustaba a su cuerpo sensualmente, sin ser demasiado descarado, al menos eso esperaba. Las sandalias de tacón alto eran del mismo color. ¿Habría conseguido dejar atrás a la muchacha provocativa sin hacer demasiadas concesiones a las ideas tradicionales de la alta sociedad griega sobre materia de buen gusto?
-¿Qué opinas? -le preguntó a Nick con un leve rastro de ansiedad pintada en sus bonitos ojos.
El no contestó y ella se dio la vuelta para mirarlo. Lo que vio fue un hombre que podría satisfacer las fantasías más elevadas de cualquier mujer. Había descartado el típico traje oscuro a favor de una chaqueta blanca, pantalones negros de seda y una pajarita negra. Su apariencia era tan formidable, que Miley sintió cómo el centro de su feminidad volvía a emitir las pulsaciones que preceden al clímax. Sus ojos negros la miraron de arriba abajo con expresión posesiva.
-Estás impresionante -dijo él por fin-. Perfecta.
«Y tú también», pensó Miley mientras Nick se acercaba con la caja de terciopelo negro que ella reconoció de inmediato con un súbito temblor nervioso.
-Ya... ya has ido por ellas -balbució.
-¿Te refieres a las reliquias familiares? -repuso él en tono de guasa-. Como ves, aquí están -añadió pulsando suavemente el botón de apertura. Durante un instante, permitió que ella admirara las joyas de esmeraldas engarzadas con diamantes sobre platino que tanto le habían gustado antes de que Demi osara denigrarla: «¿Te ha regalado esas antiguallas? Mi madre siempre se ha negado a ponérselas. Pero, incluso así, son demasiado elegantes para ti».
Los largos dedos de Nick sostuvieron el collar en alto.
Date la vuelta -ordenó.
-Yo... -musitó ella, incapaz de volver a tocar esas preciadas joyas-. No las quiero, te las he devuelto porque...
-Llevamos dos días dándonos una segunda oportunidad -afirmó él con expresión sardónica- y esto forma parte de nuestra reconciliación. Te las devuelvo. Van maravillosamente con ese vestido, ¿no crees?
-Sí, pero... ,
El collar brillaba entre sus dedos e Miley lo interrogó con los ojos de forma precavida. El contacto visual con él la hizo sentirse perezosa y estuvo a punto de pedirle que volvieran a la cama y olvidaran la fiesta.



-¿No crees que llevar esas joyas hoy sería como abofetear a tu familia en plena cara antes de que tengan tiempo de asumir que he regresado? Quizá sería mejor esperar un poco...
-Nada de esperas. El hecho es que has vuelto y, cuanto antes lo comprendan, mejor. Tú eres mi preciosa esposa, yo te regalé estas joyas y quiero que las luzcas. Así que date la vuelta.. .
Ella obedeció, dejándose convencer por sus palabras. El collar se acopló a su cuello como si lo hubieran hecho a medida. Él presionó los labios contra su nuca, le dio la vuelta para admirar el efecto y quedo deslumbrado. Después, alargó una mano, tomó el brazalete que hacía juego con el collar y lo encajó en su esbelta muñeca. A continuación le llegó el turno al anillo, que él colocó en su dedo anular, junto al anillo de boda, con una mirada intencionada.
Miley se estremeció de deseo cuando él le tocó con maestría los lóbulos de las orejas para quitarle los sencillos aros de oro y sustituirlos por los impresionantes pendientes de esmeraldas y diamantes que completaban el magnífico conjunto. Él estaba muy cerca y emanaba un aroma irresistible. Miley apenas pudo contener las ganas de besarlo, desnudarlo y regresar a la cama. Pero cambió de opinión y se dirigió hacia el espejo con un suspiro. No tuvo más remedio que dar la razón a Nick nadie podría negar que las esmeraldas y los diamantes combinaban perfectamente con el color verde jade del vestido. Buscó la mirada de él en el espejo.
-Sigo pensando que llevar estas joyas hoy es como abofetear a tu familia.
Él pasó un dedo sensual por encima del collar.
-Creo que al regreso de la fiesta voy a pasarlo estupendamente -dijo con tono insinuante, fantaseando con imágenes de su mujer completamente enjoyada, pero sin ropa. Le dio un ligero beso sobre el hombro y ella se estremeció. Él suspiró.
-¿A quién pertenecieron estas joyas antes? -preguntó Miley con curiosidad.
Nick la miró con expresión burlona y sonrisa perezosa.
-Las esmeraldas fueron propiedad de un pirata venezolano que solía llevar una de ellas en un diente.
Miley rió a carcajadas al oír la extravagante leyenda que acababa de inventarse su esposo.
-¡Debía tener una dentadura impresionante!
-Era un gigante moreno con un parche negro en el ojo derecho -prosiguió él dando rienda suelta a su imaginación, antes de lanzarse a besarla en la boca.
Acababa de arruinar el efecto de la barra de labios, pero a ella no le importó porque ese beso logró contrarrestar la ansiedad que sentía con respecto a la próxima reunión familiar, dejando bien sentado que .lo único que realmente importaba era la relación entre ellos dos. Ya tendría tiempo de retocarse el sutil maquillaje en el coche. Salieron de la habitación de la mano, bajaron las escaleras y se encontraron a Monique en el vestíbulo, preciosa con su vestido azul cielo, bordado con hilo de plata.
-¡Mamá! -exclamó Miley-. ¡Estás estupenda!



Los nervios retornaron cuando el coche aparcó delante de unos soberbios jardines, iluminados para dar la bienvenida a los invitados. Monique renunció a la silla de ruedas y prefirió apoyarse en el andador. Al parecer, esa noche todo el mundo anteponía la dignidad y el orgullo al sentido común. Miley deseó sentirse tan ilusionada como su madre ante la perspectiva de gozar de una buena fiesta, pero se sentía inquieta, y la mano de Nick sobre su espalda apenas añadía una leve seguridad a su angustia. La entrada estaba llena de gente y tuvieron que entrar en la casa muy lentamente. Nick le presentó al matrimonio Santorini y a su hija Gabriela, la futura esposa de Troy, que era una muchacha preciosa de cabello negro y ojos oscuros. Aunque los tres le dieron una calurosa bienvenida, ninguno de ellos pudo evitar mirarla con curiosidad. Troy se parecía mucho a su hermano mayor, pero Miley presintió una cierta renuencia en su primera mirada. -Encantado de verte por aquí de nuevo, Miley -dijo, besándola suavemente en la mejilla-. Ya era hora. Esas palabras afectuosas le sentaron de maravilla y la prepararon para verse de nuevo, cara a cara, con la madre de Nick. Thea saludó brevemente a su nuera con expresión tensa e incómoda y luego se dirigió amablemente hacia Monique, interesándose por los detalles del accidente y por su salud. -Ya ves –anunció Nick , en voz baja, pero triunfante-. No ha sido tan terrible. -Estoy segura de que has tenido que prevenirles y rogarles encarecidamente que no se atrevieran a tratarme con desprecio -puntualizó ella. Pero toda la sencillez de los primeros saludos se esfumó cuando entraron en el gran salón de la casa y más de cien rostros se volvieron para estudiarla con curiosidad. Algunos mostraron sorpresa y otros bajaron la vista y apartaron los ojos inmediatamente. Miley perdió los nervios. Era evidente que Nick había advertido a su familia, pero no al resto de los invitados, reflexionó con inquietud. No era tonta y se daba cuenta de que, en esos momentos, decenas de lenguas murmuraban cotilleos de todo tipo sobre ella. La situación se había vuelto insoportable, se dijo, mientras sentía cómo se le encogía el alma. Pero la soberbia de su carácter ganó la batalla y alzó la barbilla para demostrarles a todos que no tenía miedo. «Malditos seáis», decían sus brillantes ojos verdes con terca rebeldía. Su madre se puso al lado de Nick. Se la veía impresionada por la aviesa atención que todos los invitados prestaban a su hija. -¿Somos las estrellas de la fiesta, Nick? -preguntó. Él le apretó la mano calurosamente y luego rodeó con firmeza la cintura de su esposa, miró con autoridad de un extremo al otro del salón y, mágicamente, consiguió que todos los cotilleo s cesaran. Miley se sorprendió de su poderosa influencia sobre toda aquella gente, debía de ser algo que Nick había aprendido durante los últimos tres años. Nunca había demostrado semejante dominio durante su ya lejano y difícil año de convivencia. La gente pareció olvidar la presencia de Miley de inmediato y retornó las conversaciones que su inesperada aparición había interrumpido. Nick las condujo hasta un sofá, pero se negaron a sentarse. Ninguna de las dos estaba dispuesta a claudicar sentándose. Un camarero les ofreció una bandeja de copas de champán, que Nick se encargó de repartir. Miley tomó un sorbo con timidez, sintiéndose ligeramente mareada. -¿Te encuentras bien? -preguntó nick. -Sí -mintió ella, sin poder engañarlo. -Te pido disculpas por todo esto. Debería haberme imaginado que tu presencia iba a causar una sensación. Me conformé con avisar a la familia, pero me equivoqué. Al parecer, toda la alta sociedad ateniense se acuerda de ti perfectamente. Lo que no me esperaba es que se atrevieran a mostrarse tan...



-¿Groseros? -concluyó Miley, dispuesta a pelearse más tarde con su marido por tan nefasto error.
-¡Miley! -gritó una voz cantarina que la hizo sonreír.
Mandy Herakleides se abría paso entre la multitud para ir a saludarla y llevaba con ella a su imponente abuelo y a otro hombre que debía ser su reciente marido.
-¡Lo que ven mis ojos es demasiado bueno para ser cierto! -exclamó Mandy al llegar hasta ellos.
Miley se sintió feliz al ver ese rostro tan son- riente. Intercambiaron besos, mientras Nick  saludaba al abuelo de Mandy, su tío Theron, y se lo presentaba a Monique. Luego, Mandy se abrazó al otro hombre.
-Este es mi encantador inglés -dijo, provocando una mueca risueña en el rostro de Ethan Hayes.
La tensión que acababan de vivir empezó a disiparse mientras todos ellos cambiaban de sitio para hacer una ronda completa de saludos. Theron Herakleides, hermanastro de la madre de Nick, besó a Miley en ambas mejillas y dijo:
-Me alegro muchísimo de volver a verte.
En ese momento, otra persona se unió al alegre grupo. Era Demi, la preciosa hermana de Nick, vestida con un impresionante traje largo de gasa color rojo vivo que resaltaba su estupenda figura. Miró a Miley con la misma contenida frialdad de su madre y ella buscó la cálida seguridad de la mano de Nick. Demi era la hermana pequeña de la familia Petronades y había sido mimada hasta el extremo de que siempre se salía con la suya. Invariablemente había tratado a Miley como si esta fuera una rival dispuesta a arrebatarle el cariño de su hermano mayor. Y aún estaba por ver si Gabriela, la bella novia de Troy, iba a recibir el mismo tipo de trato. Sin embargo, Miley se había propuesto mostrarse accesible y simpática, por si Demi había madurado a lo largo de los tres años que llevaban sin verse.
Nick comprendía la postura de su hermana. Había amado con locura a su padre desde la más tierna infancia y su inesperada pérdida la había dejado dolorosamente aturdida. Cuando, a los pocos meses, Nick se había casado, ella había sentido que la doble pérdida le resultaba insoportable y, desde entonces, había tratado a Miley como a la peor de todas sus enemigas.
-Bienvenida a casa -dijo Demi con educación, pero tensa, besándola en las dos mejillas. Al ver las joyas, enrojeció de vergüenza.
«Ahí tenemos a la culpable», pensó Nick. Mandy también se había dado cuenta del súbito rubor de Demi, que aún mantenía la vista fija en las esmeraldas.
-i Que joyas tan delicadas! -exclamó Mandy-. ¿Son nuevas o antiguas?
-Nuevas -repuso Nick con abierta satisfacción-. Las encargué yo mismo para regalárselas a Miley en cuanto nos casamos. Y por lo que sé, ella solo se las ha puesto una vez, ¿no es así, agapi mou?

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