sábado, 11 de agosto de 2012

at dusk niley- capitulo 52


Me intranquilizó  tener  que darle  la  razón.  Si  no  hubiera  probado  la
sangre de Erich y hubiera sentido toda aquella maldad yo misma, tal vez
no le habría creído. Sin embargo, había visto la sed de mal en la mente de
Erich y sospechaba que Nick  decía la verdad, al  menos acerca de ese
tema.
—Todavía me cuesta hacerme a la idea.
—Ya lo sé. Sé que debe de ser duro para ti.
—Dime lo que he de saber.
Nick guardó silencio y temí que no fuera a responderme. Sin embargo, 
justo cuando estaba a punto de darme por vencida, empezó a hablar.
—Al principio te mentí por la misma razón por la que tú me mentiste a 
mí. Cruz Negra es un secreto que he guardado con celo toda mi vida, algo
con lo que me comprometió mi madre al nacer. —Nick hablaba con voz
distante,  absorto  en  sus  recuerdos—.  Me  enseñaron  a  pelear,  me
inculcaron disciplina y me enviaron a cumplir mi misión en cuanto fui lo
bastante mayor para sujetar una estaca.
Recordé que Nick me había contado en el pasado que su madre era
una mujer muy severa, y que él a veces tenía la sensación de que no
tomaba sus propias decisiones. Por fin comprendí lo que realmente había
querido  decirme. Solo  tenía  cinco  años  y se había  llevado  un arma al
fugarse de casa.
—Al principio creí que eras una de las alumnas humanas de la escuela.
Cuando me dijiste lo de tus padres, pensé que habrían asesinado a los
verdaderos y que te habrían adoptado. Supuse que no sabías qué eran en
realidad. —Nuestras miradas se encontraron a través de la vidriera. Su
sonrisa era descorazonadora—. Me dije que debía mantenerme alejado de
ti por tu propio bien, pero no pude. Era como si formaras parte de mí casi
desde el  instante en que te vi.  La Cruz Negra me habría dicho que te
apartara a un lado, pero estaba harto de apartar a la gente de mí. Por una
vez en mi vida quería estar con alguien sin preocuparme de cómo podría
afectar eso a la Cruz Negra, por una vez quería vivir como una persona
normal.  Después de la primera conversación que tuvimos... ¿Te puedes
creer que pensé que eras una chica muy guapa y normal?
Era lo más gracioso y lo más triste que había oído en mi vida.
—Para que vuelvas a fiarte.
—No me importa... lo que eres. Ya te lo dije, y lo dije en serio.  —Se 
volvió hacia el escaparate, y la preocupación se perfiló en su silueta—.
Tengo que decirte muchas cosas, pero el autobús está a punto de salir...
Mierda, tal vez podría coger el siguiente...
—¡No! —Apreté una de las manos contra la vidriera. Aunque seguía sin
saber cómo iba a poder volver a confiar en Nick , sabía que jamás podría
hacerle daño y mucho menos quedarme de brazos cruzados mientras la
señora Bethany y mis padres tenían intención de matarlo—. Nick ,  los
demás están muy cerca. No esperes. Vete, rápido.

Nick debería haber salido corriendo de allí  en ese preciso momento.
Sin embargo, se me quedó mirando a través de la vidriera y poco a poco
abrió la mano al otro lado de modo que ambas quedaron encaradas contra
el  mismo vidrio,  dedo con dedo,  palma con palma.  Nos  acercamos al
cristal  y  nuestros  rostros  quedaron  a  apenas  unos  centímetros  de
distancia. A pesar de la vidriera que nos separaba, fue tan íntimo como
otras veces en que nos habíamos besado.
—Ven conmigo —dijo en voz baja.
—¿Qué?  —parpadeé,  incapaz  de  comprender  lo  que  me  pedía—. 
¿Quieres decir que... huya contigo? ¿De verdad? ¿Como me dijiste  que
hiciera el primer día?
—Para poder hablar contigo sobre todo lo que ha sucedido y... Para que
podamos despedirnos como es debido en vez de... —Nick tragó saliva y
comprendí  que  estaba  tan  angustiado  y  asustado  como  yo—.  Tengo
suficiente dinero para comprar dos billetes que nos sacarían de la ciudad.
Luego  puedo conseguir  más  dinero para  enviarte  a  casa  si  es  lo  que
quieres. Podemos irnos ahora mismo.  Cruza la calle y sube al  autobús.
Saldremos juntos de aquí.
—¿Vas a entregarme a la Cruz Negra?
—¿Qué? ¡No! —Nick no parecía habérselo planteado si quiera—. En lo 
que a cualquier humano concierne, eres humana. Cuidaré de ti si vienes
conmigo.
—Dime una cosa antes de que te conteste —le pedí, muy lentamente.
Nick pareció receloso.
—De acuerdo, pregunta.
—Dijiste que me querías. ¿Lo dijiste en serio?
Si  me había mentido sobre todo lo  demás,  incluso sobre su nombre, 
creía poder soportarlo, siempre que supiera aquello.
Soltó el aire que había estado conteniendo en algo que no fue ni una 
risa ni un sollozo.
—Dios, sí, Miley , te quiero con toda mi alma. Aunque no vuelva a verte 
nunca más, aunque salgamos de aquí y caigamos en una emboscada que
me hubieras preparado con tus padres, siempre te querré.
En medio de todas las mentiras, al menos había algo que era cierto.
—Yo también te quiero —dije—. Tenemos que darnos prisa.

o hemos conseguido —dije, al derrumbarme en el asiento del autobús,
tan cansada que hasta las piernas me temblaban.L
Nick negó con la cabeza.
—Todavía no.
El autobús se puso en marcha con una sacudida y enfiló la carretera 
lentamente. Habíamos sido los últimos pasajeros en subir.  Tres minutos 
más y habríamos perdido la oportunidad de escapar.
—Sé que mis padres son rápidos, pero no creo que puedan atrapar un
autobús en la autopista.
Una mujer mayor, sentada unas cuantas filas por delante de nosotros,
se volvió para mirarnos con evidente curiosidad por saber de qué narices
estábamos hablando. Nick le dedicó la más encantadora de sus sonrisas,
a la que ella respondió con otra, flanqueada por unos hoyuelos, antes de
volver a concentrarse en su novela. A continuación, Nick me tomó de la
mano y me condujo hacia la parte de atrás del autobús, casi vacío, donde
pudiéramos hablar con total libertad sin peligro de que algún pasajero nos
oyera charlar sobre vampiros.
Nick ocupó el asiento de la ventanilla.  Creía que iba a estrecharme
entre  sus  brazos,  pero  permaneció  tenso,  mirando  fijamente  el  cristal
enturbiado por el agua.
—No lo habremos conseguido hasta que crucemos el paso elevado, el
que está a casi cinco kilómetros del pueblo.
No sabía de qué estaba hablando. Estaba claro que Nick había hecho
un reconocimiento táctico de la zona mucho más profundo que el mío.
—¿Qué crees  que  harían?  ¿Plantarse  en medio de la  carretera  para
parar el autobús?
—La señora Bethany no es tonta —contestó, sin apartar la vista de la
ventanilla.  Las  luces  de la  carretera  que íbamos pasando  proyectaban
sobre él  una suave luz  azulada,  que se desvanecía al  dejarlas  atrás  y
volvían a recluirnos entre las sombras—. Sí, puede que me hayan seguido
hasta el pueblo, pero también puede que hayan adivinado que iba a tomar
un autobús y, si es así, su expedición de caza estará esperándome en ese
paso a nivel. Irrumpirán en el autobús, me sacarán a la fuerza y que la poli
se las apañe luego para explicar lo sucedido a los pasajeros.

—¡Como van a hacer una cosa así!
—¿Para detener a un cazador de la Cruz Negra? Ya puedes apostarte lo 
que quieras.
—Si  estás  con  esa  Cruz  Negra,  ¿por  qué  viniste  a  la  Academia 
Medianoche?
—Me enviaron para que me infiltrara en la escuela. Era mi misión y las 
misiones de la Cruz Negra no se rechazan. O la cumples o mueres en el
intento.
La desanimada convicción con que Nick lo  dijo me preocupó tanto
como todo lo que había oído sobre los vampiros.
—¿Acabáis de descubrir el internado?
—La Cruz Negra conoce la existencia de Medianoche casi desde que se 
fundó. Los lugares a los que acuden los vampiros...
—Perdona, acudimos.
—Da igual. Suelen ser los lugares donde los vampiros apenas atacan. 
Nadie quiere montar escenas o que la gente de los alrededores sospeche,
por eso los vampiros siempre se controlan en esas zonas. No cazan y no
causan problemas. Si los vampiros se comportaran así  siempre, la Cruz
Negra no tendría razón de ser.
—La mayoría de los vampiros no cazan —insistí.
El  autobús  dio  una  sacudida  al  encontrar  un  bache  y  todos  nos 
zarandeamos. Solté un grito ahogado empujada por el miedo.  Nick me
puso una mano en la rodilla para tranquilizarme, pero volvió a mirar por la
ventanilla de inmediato. Ya casi habíamos salido de Riverton y cada vez
quedaba menos para llegar al paso a nivel.
—¿Recuerdas lo que me has dicho en la  tienda de antigüedades? —
murmuró—. Lo de que se lo digan a Erich. Iba a por Raquel.
¿Cómo podía  hacérselo entender?  Intenté  encontrar  un ejemplo  que
sirviera.
—Te gustan las hamburguesas, ¿no?
—Deberíamos hablar seriamente de cuándo es el momento adecuado y 
cuándo no para las charlas triviales. Durante la cena: bien. Cinco minutos
antes de una emboscada de vampiros: mal.
—Escúchame. ¿Te comerías una hamburguesa si  hubiera la posibilidad
de que te diera un puñetazo?
—¿Cómo va a darme un puñetazo una hamburguesa?
—Imagínate que puede. —No era el momento para ponerse quismiquis 
con las metáforas—. ¿Perderías el tiempo intentando hincarle el diente o
preferirías comer otra cosa?
Nick lo pensó un par de segundos.



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